La serofobia, una discusión aplazada en Cuba


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(Ilustración: Polari)

Cuando tenía dieciocho o diecinueve años y salía al mundo LGBTI+, es decir, a las fiestas clandestinas de Deivis, de William, a las azoteas habaneras, cada persona que conocía tenía «une amigue» que vivía con VIH o había fallecido de Sida.

Vale aclarar, teniendo en cuenta que hay quien no está informado y hay quien finge no estarlo, que el VIH (Virus de Inmunodeficiencia Humana), no es lo mismo que Sida (Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida). El síndrome es la enfermedad que puede derivar del virus, pero no siempre el virus progresa hacia ese estadio.

Dejaba una sensación extraña oír hablar de quienes habían muerto, porque a pesar de la ausencia, se les mencionaba en presente.

Recuerdo cómo el mejor amigo de un mío novio de esa época, se fue consumiendo a causa de una neuropatía, hasta convertirse en un vegetal y más tarde fallecer. Cuando compartí luego con las mujeres trans en el activismo, conocí a algunas que murieron por Sida.

Los medicamentos, las terapias antirretrovirales, la prostitución, las malas condiciones de vida, eran y son un peligroso cóctel molotov que compromete  los precarios estados de salud.

Hubo un duelo que apesadumbró a la comunidad trans y asumí desde el horror. Fue cuando una familia intentó borrar cualquier señal femenina en el cuerpo y en el funeral de una mujer.

Sobre la comunidad LGBTI+, en particular las mujeres trans y los hombres gays, también ha rondado el estigma de la serofobia, desde finales de los ochenta.

El viejo nombre de «enfermedad de las cuatro haches» (homosexuales, heroinómano, hemofílicos y haitianos), como también se le conoció, revelaba, visto desde una perspectiva interseccional, cómo golpeaba con mayor intensidad a las personas negras, pobres y homosexuales, a pesar de que la imagen construida en los medios fuera la de hombres blancos en terapia intensiva.

En Cuba el primer caso de muerte por el Sida, publicado en el periódico Granma, fue el de un diseñador escenográfico teatral que había estado en Nueva York, durante un viaje de negocios en 1982. Sin embargo, quienes lo introdujeron fueron los internacionalistas que habían estado combatiendo en África.

Un dato curioso: en África las mujeres constituyen la población de mayor riesgo.  En cambio, en Cuba, las mujeres trans y los hombres gays son los rostros de la pandemia. Entre las razones que lo explican, se encuentran estar más expuestos a la violencia estructural, los desplazamientos y la discriminación.

La experiencia del sanatorio de Los Cocos como estrategia del sistema de salud cubano para contener el Sida desde 1986, fue contada en los libros del doctor Jorge Pérez Ávila, «Sida. Confesiones de un médico», y en los filmes «Boleto al paraíso», de Gerardo Chijona, y «El acompañante», de Pável Giroud. Sin embargo, existe una historia por contar alrededor de la emergencia del activismo y la promoción de salud como estrategia para enfrentar al Sida en esos reclusorios. En el 2005 todavía quedaban personas en Los Cocos, no sé en la actualidad.

El debate público en Cuba sobre la serofobia y sus efectos sobre las personas que la sufren, continúa desplazado. Es más triste cuando se enuncia desde los privilegios de tener buena salud, por personas con sexualidades no heteronormativas que reproducen la discriminación y vulneración de derechos en torno a las personas seropositivas.

En una reciente entrevista, el actor Billy Porter reconoció que a estas alturas la serie «Pose», en la que tiene un papel protagónico, lo ayudó a reconocer públicamente que vive con VIH. ¿Por qué en Cuba tanta gente sigue predispuesta a reconocerse seropositiva? El silencio no es una actitud natural. 

En Cuba existen grupos como el Proyecto HSH [Hombres que tienen sexo con hombres] y Personas que viven con VIH (PVVIH), que trabajan la prevención de salud, o como la red TransCuba, que surgió hace años con el mismo propósito, aunque luego fue más lejos en su activismo.  

Un amigo norteamericano decía recientemente, en su perfil de Facebook, sentirse afortunado por haber sobrevivido a los amigos que habían fallecido por esa pandemia. Como él, he perdido amigos o simples conocidos, a los que también les debo la sobrevivida.

Hace unos años perdí a dos amigos jóvenes con una semana de distancia entre uno y otro. Fue un duro golpe, de esos que te obligan a reflexionar en medio del dolor sobre la vulnerabilidad ante el virus. Era yo, y no los amigos de los amigos, quien sumaba compañeros muertos.

La serofobia constituye, para finalizar, esa barrera que nos impide crear empatía, reconocer la humanidad en el otro. Obstaculiza que podamos dialogar para desaprender las actitudes estigmatizantes.

Está tan sembrada en nosotros, que incluso si no nos pensamos serofóbicos, hay gestos y criterios que se quedan. Es hora de revisarlos y criticarlos. Abramos la discusión aplazada.

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