La serofobia provoca Sida, no previene: El testimonio de un joven diagnosticado con VIH en 2021


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(Foto: María Lucía Expósito)

Hace unos meses salía del hospital con la prueba en mis manos que confirmaba que era paciente positivo al VIH (Virus de Inmunodeficiencia Humana).

No sabría relatar lo que sentí en ese momento, todo lo que pasaba por mi cabeza. Era como si lo hubiese sabido siempre, o como si me lo esperara. Una premonición. De alguna manera sabía que en algún momento de mi vida lo tendría. Parecía que siempre hubiera estado listo para recibir la noticia.

He escuchado historias de personas que, al enterarse, quisieron acabar con sus vidas o que el impacto de la noticia los hizo reaccionar de manera que provocaron su propia muerte años después con malas decisiones.

Las personas siempre te alertan: «Ten cuidado, dicen, usa siempre condón, no tengas relaciones con alguien que no conozcas y mucho menos si recorren rumores de que es una persona seropositiva».

La sociedad te prepara para ir creciendo dentro de un marco de serofobia sin darte cuenta, pensando que no te tocará a ti, que es cosa de otros.

Recuerdo la primera vez que sentí miedo por contraer el VIH. Había estado con algunos chicos y realmente el condón nunca había sido prioridad, a pesar de que siempre me lo estuvieran repitiendo. Pensaba que, si alguno tenía algo, yo me enteraría.

Eso no me daba mucha paz. En mi mente maquinaba pensamientos que prácticamente me encerraban en una burbuja de tristeza, pero que al pasar los días olvidaba y volvía a tener relaciones desprotegidas. Todo el ciclo de temor daba marcha atrás.

Siempre tenía amistades que decían que se harían pruebas rápidas y que era mejor saber si tenían algo para tratarse, pero yo prefería pensar que todo fluía con tranquilidad y que no pasaba nada. Realmente así era. Nunca imaginé lo pasaría tan solo un tiempo después.

La desinformación, al día de hoy, empeora la situación. Generalmente se sigue estigmatizando a las personas seropositivas como cuerpos «leprosos» a los que hay que mantener fuera del «campamento» por su impureza física y/o moral. Así lo percibía yo y eso me daba más miedo.

Mucho tiempo después decidí hacerme una prueba y todo salió en orden. Pensaba que me había librado, al menos por esta vez, y que debía protegerme más.

Pasaron los años, y a pesar de esos cuidados, en algún momento debí descuidarme.

Comencé a enfermarme constantemente y deduje que tendría las defensas bajas, así que un amigo me sugirió hacerme unos análisis. Accedí, pero nunca pensé que podría tratarse del VIH.

Cuando me hice la prueba y me dieron el resultado, todos esperaban que me tirara en el suelo a llorar como hacen todos. Eso dijo la propia enfermera.

Realmente me impactó cuando me dijo «todo está bien, pero tenemos que repetirte la prueba de VIH». Quedé en silencio, pero sabía que había salido positiva. Le dije que, si así era, que solo me lo dijera. Yo no me lo tomaría mal. Así fue.

Salí de aquel lugar sin decir una palabra. Solo quería caminar, y aunque estaba asustado por todo lo que vendría, recuerdo que mantuve la cabeza serena y pensé que todo iba a estar bien.

No quería que más nadie lo supiera. Aunque no tenía ningún problema en contarlo, estaba algo influenciado por alguien que insistía en que había que mantenerlo en secreto.

Sabía que muchas más personas lo tenían, pero tampoco iban por ahí diciendo que estaban «enfermas» aunque fueran indetectables. Y muchas veces no porque no quisieran, sino porque de cierta forma estaban influenciadas por el miedo a decir que somos seropositivos y el rechazo que esto pudiera ocasionar.

A esa hora tuve que empezar a buscar información sobre el tema y ver qué cosas debía de hacer y qué no. De qué forma podía llevar una vida tan normal como la de las otras personas a mí alrededor.

Un mes después de tener los resultados, comencé a recibir el tratamiento. Ya no era como en años anteriores, cuando para darte tratamiento había que esperar a que estuvieras un «poco deteriorado», por así decirlo. Ahora en cuanto sales positivo te comienzan a administrar los antirretrovirales y estabilizan todo el desorden que el virus provoca en nuestros cuerpos. 

Cuando decidí hablarlo con un amigo por primera vez, me contó lo difícil que era en épocas anteriores ser positivo a una prueba de VIH en Cuba. Atravesabas un proceso nada agradable.

Mi amigo me relató que, un tiempo atrás, las personas seropositivas tenían que ir a un sanatorio creado por el gobierno cubano con el fin de manejar, controlar y evitar la propagación del virus.

Las historias de las personas que estuvieron allí son realmente tristes. Por suerte esos lugares han desaparecido casi por completo en la actualidad. 

A pesar de todo lo libre que me sentí al enfrentarme a esta nueva enfermedad, sigue el temor de contarle a mis padres, que no viven conmigo, pero no sabrán cómo reaccionar. Por eso decidí firmar este testimonio como Abel Martínez, que no es mi nombre, incluso entendiendo que visibilizarnos es el camino para ofrecerle verdadera resistencia al Sida.

Cuando hablé con la doctora le pedí de favor que nunca llegara ningún resultado a mi dirección principal. Ella me explicó que podía estar tranquilo, que todo sería de forma anónima y que nadie tenía por qué saberlo a menos que yo tomara la decisión, cuando estuviera preparado para contarlo.

Hay que reconocer que las circunstancias han cambiado mucho. Antes todo el mundo se enteraba y aquello era prácticamente un escándalo, más si vivías en un pueblo pequeño.  Ahora, tanto los medicamentos como la atención, son totalmente diferentes.

Ya no hay que tomar 6 pastillas como hace algunos años. Ahora estamos a la par en el mundo y tenemos medicamentos de última línea. Una pastilla al día, compuesta por 3 antirretrovirales que frenan la multiplicación del virus, un tratamiento mucho más avanzado.

Sin embargo, queda mucho camino por recorrer. En nuestro país la serofobia sigue presente. Se ha llevado posiblemente muchas vidas. Está discusión sigue pendiente.

El VIH deberíamos normalizarlo como una enfermedad más, tan común como las otras que no cargan con prejuicios estigmatizantes. El silencio nunca será una actitud natural. Solo nos hace más daño.

Decontruyamos todo aquello que nos encierra y nos aparta. Vivamos al máximo nuestras vidas. Es lo que nos queda y lo que nadie nunca podrá arrebatarnos si decidimos tomar las riendas y afrontar los desafíos.

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