La Potajera, ¿qué hago aquí?


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Ilustraciones de Polari

Fue el siete de julio de 2010 a las once menos cinco de la noche cuando llegué al paraíso. En la «memoria de lo follado» guardé ese dato y no cuando mi pene y yo («socio sucio» decía Cabrera Infante) empezamos a descubrirnos. Ni cuándo Pablo aterrizó en la autopista infinita de mi culo.

El verdadero nombre del paraíso es un canto al folclor mariposón, distintivo de esta isla que se niega a ser puritana: «La Potajera» (LP). El Tropicana del mariconaje habanero está custodiado por la Facultad de Artes y Letras y un famoso hospital (vitamina del enfermo y tarea pendiente del estudiantado). ¡Oh, divino tesoro! Ferocidad marginal decorada por fango, mierda, condones, inconfundible olor a leche, perfume más que pestilencia. Donde se gime y no se habla, ahí estaba yo.

Laberinto de pasiones

Cuando estás encima de LP, entiéndase arriba de lo mal hecho, tus putas pupilas se preparan para la oscuridad (¡has vivido tanto entre tinieblas!).

Comencé a explorar el gran set porno tropical: una pinga negroide baboseada por la boquita fresa que se empeña en hacer chic el momento interracial, el cincuentón con su culo de mil batallas que enseña al muchacho de treinta cómo se baila guaguancó intergeneracional y por allá otro falo fatuo se deja chupetear, amasar, hasta que choqué con Claudio (supe su nombre después porque a los «potajeros» o «potajenses» no les importa quién eres), el chino más lindo de aquel Moulin Rouge.

 «¿Qué haces?», preguntó. «Lo mismo que tú», respondí. Pausa breve. Cinco segundos después palpaba su bulto cubierto por un short de nailon rojo. Es posible que empezara a sudar, no recuerdo. Cerca de su pecho, mi respiración se entrecortaba con la suya hasta que empezamos a besarnos y encontré calor en sus lampiñas nalgas. Sutilmente babeó el dedo medio antes de metérmelo mientras me mordisqueaba (sexo sincrónico).  Claudio «El Salvaje» (así lo bauticé) no puso reparos a mis fantasías y con tal libertad pude lengüetear el pingón y cedí a la petición de esperar, hincado, el chorro caliente en mi cara.

Un día lo vi en el Museo Nacional de Bellas Artes como autor principal de una exposición titulada Milk. Desde lejos y entre luces se rió al verme. ¿Acaso fui su musa?

Ilustraciones de Polari

Tráiler para amantes de lo prohibido

No hay filosofía potajera ni jerarquía establecida. Allí somos maricones dispuestos a dar o recibir, a ahogarnos con glandes, a lamer prepucios, a respirar entre los cojones del macho que nos tocó. Allí no puedes gritar, como en casa, porque dolió esa primera punzada. Espera y no temerás ni a curvaturas peneanas, ni al Príncipe Alberto, ni a los centímetros demás. En el mundo real (no el ideal) hay maricones que somos felices cagando rabos y LP se convierte en nuestro oasis sexual, un escupitajo al insulto.

Ya sabemos que todo antidepresivo social es perseguido y mal visto incluso por ese círculo burgués de pajaritos nerd que buscan cualquier excusa para criticar. Mis locas amigas empezaron a llamarme «frijolito» y depravado. Ellas se limitaban el placer mientras yo lo encontraba cada noche. Era cuestión de ANÁLisis.

Con el tiempo supe que en cada ciudad o poblado hay sitios clandestinos, (boc)hornos para hacerse pajas en HD y con sonido envolvente. Saboreé algunos de ellos, pero indiscutiblemente LP es incomparable.

En aquella montaña habanera no encontré el amor pero gocé estrepitosamente. «Solamente una vez», agarrado del marabú y a la espera de la «venida» pregunté: «¿Qué he hecho yo para merecer esto?» Si me burlo de mí mismo, como dice el trovador, ¿qué ha de quedar para ti?

¡Sufre, Almodóvar!

 

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