La policía cubana padece coulrofobia: Habla Desparpajo, el payaso del Movimiento San Isidro


1,111 Vistas
Luis Manuel Otero Alcántara y el payaso Desparpajo (Fotos: Cortesía de Manuel de la Cruz)

Hay una foto que no me dejará mentir. Tenía unos escasos 2 años, y se me ve llorando en brazos de mi madre, aterrorizado por un payaso que invitaron a la celebración de mi cumpleaños. Padecía de coulrofobia.

Otra foto demuestra que superé ese miedo igual de temprano. Con 5 años se me ve en otra foto junto a mis maestras, en la celebración del fin de curso, disfrazado de clown. ¿Quién le diría a ese niño que la primera vez que estaría en un calabozo sería justamente como payaso?

La pasión actoral apareció muy pronto. Mi papá viajaba al extranjero y yo le pedía que me trajera bombones, fotos, títeres y marionetas. Atributos de payaso nunca le pedí, pues le tenía mucho amor al trajecito rojo y gris que mi tía Mariluz había cosido para mí.

Me pintaba la boca de rojo, al igual que la punta de la nariz, y actuaba para los amiguitos del barrio. Más frecuentemente juntaba dos sillas, tiraba una sábana encima, y me ponía detrás con un títere en cada mano. Ahí, en la sala de la casa, organizaba mi propio Guiñol. Al rato desmontaba todo aquello y me iba con mi público a mataperrear.

La iglesia ayudó mucho a acrecentarme estos entusiasmos. Con 11 años yo había manejado más títeres que carriolas o chivichanas. A esa edad fue también mi estreno actoral, ante más de 50 personas, en una de las celebraciones más icónicas del protestantismo en Cuba, la Escuela Bíblica de Verano.

En algunas iglesias este evento dura 3 días, siempre una vez al año. En otras dura hasta una semana. La iglesia abre sus puertas solo para los niños. La fresa del pastel siempre es la misma: el payaso. Normalmente actúan en el cierre de la programación del día.

Ese año, 10 minutos antes de la función, Omar me invitó a disfrazarme. Yo accedí. No teníamos un guión, solo una idea. Le seguí la rima al loco de Omar. La locura de ambos se fusionó en escena y las carcajadas de los niños fueron nuestra recompensa. A ese payaso, el primer Desparpajo de mi vida, lo llamé Piojito. Si ese día Piojito no hubiese hecho reír, probablemente no sale más a escena. Los nervios, el compromiso de llegar a este difícil público, y la responsabilidad de ser congruente con el personaje, le enseñaron al Manuel de 11 años que ser payaso era cosa seria.

A los 17 años ya tenía más claramente conformado a Piojito. Había leído y visto mucho sobre el tema, y le había creado una personalidad mejor definida.

Durante seis años consecutivos había estado saliendo en escena, junto a un team especial conformado por otros payasos de la iglesia. Hacíamos guión y trabajo de mesa. Poníamos ensayos y muchísima dedicación. Mi payaso era del tipo «augusto», la personalidad más disparatada y extrovertida de todas. Era el payaso torpe, alegre, jodedor.

Se rascaba la cabeza cuando pensaba, cuando reía, cuando lloraba o cuando metía la pata. Además de ese distintivo, el personaje tenía otros dos sellos principales. Cuando entraba en escena por primera vez tropezaba y se caía. Al tratar de ayudar cometía algún disparate. Un día salió de la escena porque se estaba haciendo caca.

Piojito se hizo famoso en su público por ser un payaso solidario y resolutivo que siempre buscaba las maneras más alocadas para resolver un clímax o matar un miedo. Otra cosa curiosa tenía: improvisaba mucho.

Nuestro team se hizo famoso en las Asambleas de Dios. Nos invitaban a actuar en muchas ciudades del país. Otros payasos se nos unían ocasionalmente. Eran payasos célebres de otras localidades que habían visto nuestro trabajo y deseaban compartir escena.

Así llegó diciembre de 2012, y con él la última obra navideña en la que actuó Piojito. Ninguno de mis compañeros sabía que sería la última vez de mi clown. Mis niños ni siquiera lo sospechaban. Pero la persona detrás de la nariz roja, como sostiene la creencia popular sobre los payasos, escondía una depresión muy intensa.

Entre otras cosas, ya había decidido abandonar mis responsabilidades eclesiásticas por crisis de fe y otras cuestiones personales. Ser un payaso pájaro era un agravio para públicos tan sensibles como niños y diaconisas. Al menos eso creía.

Mientras hacía reír esa noche, y después me confesaron que lo logré más que nunca, mi alma estaba destrozada. Yo había estado viviendo en otro personaje. Una doble vida, por complacer a mis padres y por mantener una conducta que me era imposible de sostener.

Mi mente inmadura estaba extenuada y decidí ser yo mismo. Salí del clóset eventualmente, y fui expulsado de la iglesia a las pocas semanas. Piojito no volvió a ver la luz de la escena. Yo tenía entonces 19 años.

Mi vida buscó su propio cauce, y aunque volví episódicamente a la actuación y a la comedia, aquellos bellos años se habían despedido, y yo había sepultado a Piojito en aquel frío diciembre de 2012. Jamás imaginé que pudiese revivirlo; no lo creí posible ni necesario. Luis Manuel Otero Alcántara tuvo en este renacimiento la luz y la culpa. Fue la partera de Desparpajo.

Héctor Luis Valdés Cocho me llevó a conocer a Luisma. Habían leído porciones de «20 poemas a la dictadura cubana», un libro que yo había publicado en Amazon. Queríamos coordinar una tarde de poesía.

Yo me figuraba a Luis Manuel sentado frente a un lienzo, oyendo ópera y tomando un té negro. Pero cuando entré en Damas 955, la famosa sede del Movimiento San Isidro, él estaba descalzo y sin camisa, metiéndose con las tipas del barrio que estaban en su casa para preguntarle cómo quería que le cocinaran la carne. Se reía mucho, pero yo estaba muy nervioso. Yo venía a él como el poeta del Cotorro, y por eso me mostraba serio, porque los poetas tienen que ser serios y conservadores.

Él estaba coordinando una fiesta para niños, a la manera tropelosa en la que Luis Manuel dibuja su agenda y su suerte. Los cuadros de los caramelos estaban listos para ser expuestos, y lo ideal era un despliegue temático de recursos. Libros, cuadernos para colorear, y los dichosos caramelos serían los acompañantes de la fiesta.

«Ponemos globos, y si eso, metemos hasta una piñata», dijo Luisma. Metí entonces mi cuchareta. «Lo ideal sería que tuvieras un payaso». Él me miró como descubriendo América. «¿Tú conoces a algún payaso?» Me tuve que reír. «Sí, asere, yo soy payaso». Se emocionó: «¡¿De verdá?!» Se lo confirmé: «Sí, mi hermano, yo era payaso hace muchos años».

Todos nosotros estábamos ansiosos de que llegara ese lunes 5. Humberto López salió diciendo que la actividad subversiva que estábamos preparando era para el 4 de abril, y yo, frente al televisor, me reí de forma arrogante.

Al Luisma lo arrestaron el día antes mientras compraba los libros para regalar a los niños, pero seguí el caso y me alivié al saber que lo liberaron a las pocas horas. Yo no tenía ni accesorios ni idea de qué hacer ese día, pero comencé a mover mis caracoles y me facilitaron peluca y maquillaje. Cogí temperas y coloreé unos zapatos viejos que tenía.

«Tata, ¡los pintaste con los colores de la bandera cubana!», me dijo mi hermanito de 11 años, claramente alegre. Pedí dinero prestado para coger un carro hasta el Parque del Curita y luego un bicitaxi hasta San Isidro. Venía con mucho peso. En una mochila traía los accesorios del payaso, mis cigarros, llaves y un pomo de agua. Llevaba aparte una bolsa inmensa repleta de trastos. Ahí dentro puse cuanto traste y juguete roto de mi hermano cupo. Eché zapatos rotos también.

Yo no había tenido tiempo suficiente para coordinar un show, pero estaba feliz. Dije: «En esta bolsa echo los caramelos y los libros, junto a la tarequera, y cuando salga por la calle, me voy a equivocar a veces, en vez de dar un libro, doy un zapato roto, y así…»

Los oficiales de la Seguridad del Estado que estaban esquinados en Damas, vestidos de civil, no sospecharon de mí cuando llegué. Entré a casa del Luisma. A pesar de ser lunes, olía a sábado. Me acomodó en el cuartico que tiene en los altos, saqué mis utensilios y empecé a maquillarme. La música alta me apaciguaba los nervios.

Desde el local estatal que colinda con la casa del Luisma, la Seguridad del Estado repetía a Buena Fe y a Alexander Abreu,como una alfombra para esconder la luz disidente de Luis Manuel, sus ideas y sus caramelos. Lo que nunca se plantearon fue qué hacer con un payaso, dónde esconderlo.

Chabely me echó una mano con el maquillaje, pues mi pulso era caótico por el desuso. Me paré, me miré al espejo, y te juro que algo me dio un latigazo en una zona entre el pecho y el estómago.

Estaba disfrutando muchísimo el renacimiento, cuando me percaté que había dejado en casa los zapatos tan cariñosamente decorados. Casi lloro. Pero nada, miré a la derecha, y vi unos zapatos verdes y amarillos, como de piel de cocodrilo. Brillaban. El Luisma calza al menos un 45 o 46, 3 números más que yo, y los payasos siempre hemos usado zapatones exóticos y exagerados. «Dale, sin susto», me dijo, después de esbozar una de las sonrisas más sinceras y tiernas que jamás le vi.

En 5 minutos me informó que la policía había bloqueado la calle, pero salimos a hacer nuestra fiesta. Logré hacer el dichoso cambiaje de caramelos por tarecos e incluso bailé un instante al compás de Habana de Primera.

En la misma esquina arrestaron a Luis Manuel y desaparecieron al payaso. Al menos había 30 personas mirando. Diez minutos después, estaba esposado, «por payaso», como un policía aburrido y gordo me dijo.

Sentado en una patrulla calurosa a las 11 de la mañana, vino a mí otro oficial del Ministerio del Interior. «¿Cómo usted se llama?», me preguntó mientras miraba la cámara de juguete que llevaba al pecho. «Desparpajo», le dije.

Desparpajo, como un «augusto», se quejó exageradamente por lo apretado de las esposas y por el calor intenso de la patrulla. Improvisó como Piojito en su primera salida, solo que la locura carismática y magnánima de Omar tuvo como equivalente la ridiculez e ineptitud de los policías.

Tejió su fama con los hilos del absurdo. Por eso vio ahí poesía Katherine Bisquet, y por eso me gané el odio de la policía política. Pero te juro que yo estaba feliz. Desparpajo tuvo hambre y se quejó, como lo hubiese hecho Piojito, histriónicamente. Para complacerlo lo llevaron al calabozo donde 5 tipos estaban borrachos de asombro. Se corrió la nariz hasta la frente para no embarrársela de frijoles, y luego la devolvió a su estado inicial.

El público amó a Desparpajo y lo mentó en todo tipo de círculos y eventos. Lo amó mucho más cuando supo que jamás abandonó el personaje.

Esta comedia del absurdo no fue aplaudida por la Seguridad del Estado. Su coulrofobia los llevó a expulsarme del centro estudiantil donde impartía clases.

 

Tengo muchas teorías sobre la represión que rodeó al payaso. Quizás vieron en Desparpajo el Piojito perseguido por la policía evangélica y quisieron estar a la altura de la trama. Quizás, alguien de ellos me trucó el destino para aliviarme de otras responsabilidades que podrían aplastar al nacido Desparpajo.

Quizás alguien de ellos quiso que yo me dedicara de a lleno a la poesía o al periodismo, y aquello no fue miedo, sino amor.

Sea como fuere, Desparpajo dedica su estrellato a los destinos escabrosos de la represión política cubana. Piojito, Desparpajo y Manuel de la Cruz pueden unirse en un pensamiento y afirmar que el Señor obra por senderos misteriosos.

Comments (1)

  • Avatar

    Ananda

    |

    Muchas gracias por compartir tanta alegría.

    Reply

Haz un comentario