La poesía social de Lisbeth Moya, una «puta mercenaria»


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Lisbeth Moya (Fotos: María Lucía Expósito)

La poesía es un motor de las realidades «otras». Hay una gran parcela de poetas que hacen de la introspección un grito multitudinario, mientras hay otros que se adhieren al grito de muchos, que puede coincidir o no con el suyo, y hacen de la poesía una gran voz coral.

Este es el caso de algunos gigantes poetas cubanos del siglo XX que no pocos críticos literarios han ubicado en la denominada «poesía social», entre 1926 y 1940.    

La poesía no pudo enajenarse de las pujas contemporáneas que rondaron la crisis económica de 1929 y las contradicciones evidentes que existía entre la Unión Soviética y las potencias occidentales. En este, como en muchísimos otros momentos, la poesía cubana tomó partido.

Hubo una producción notable, tanto en cantidad como en calidad, de una poesía que establece vínculos con fenómenos de la ciudadanía.

Sobre este periodo Virgilio López Lemus señala: «La década de 1930 es la del desarrollo de las corrientes poéticas principales, que habían nacido en los años de la de 1920. Tras la caída de Gerardo Machado, la dispersión del poder político y el caos económico más bien estimularon al intimismo; pero la Guerra Civil española y el advertible creciente peligro de la que sería Segunda Guerra Mundial, influyeron sobre la tendencia de combate público de la poesía social».

El poema social entonces se vuelve una herramienta de combate político, un panfleto con estructuras poéticas y discursos varios. Es el caso del poeta Manuel Navarro Luna (1894-1966).

Navarro va a dejar importantes poemarios dentro de la poesía social en Cuba como los son Surco (1927), Pulso y onda (1932), Poemas Mambises (1943). No en vano es un autor bastante visitado en esta etapa, y en gran medida lo es porque aporta un singular discurso alrededor del campesinado cubano.

Navarro se apropió de estructuras orgánicas de la tradición de la poesía cubana que le permitieron ser un poeta próspero y articular una poesía bastante reconocible en su área temática.

Basta solo un fragmento del poema «Siembra» para establecer una prueba sólida de cómo el autor hace gala de su entendimiento de la tradición poética de la isla para crear así, un poema más que válido:

Yo no siembro en mi patria una cruz de cenizas,

pero siembro la ira, porque sé lo que siembro…

Y saludo en la calle a quien yo no conozco,

porque sé lo que siembro…

Sin bandera,

sin rosa,

sin llanto,

sin sueño…

Es que no quiero,

es que no puedo

tener una bandera sólo para mi llanto

ni tener una rosa sólo para mi sueño…

Navarro Luna y sus colegas dejaron un sabor de fuego a la poesía social cubana, que en su sector más amplio abanderó causas de justicia social y, la mayoría de las veces, vino de la mano de activas militancias políticas.

Después que estos gigantes de la poesía social dejaron de existir, empezaron a germinar, aunque no en forma de movimiento, diferentes hacedores del poema social.

Quizás no le dedicaron toda una obra o poemarios enteros, pero sobran los ejemplos para poder deducir que la poesía sigue conectada con los flujos y fenómenos sociales.

Desde 1940 se han escrito muchísimos poemas «sociales» que llegan hasta lo más contemporáneo y se complejizan a niveles insospechados

Entre los autores más jóvenes del poema social, he leído últimamente a la poeta y periodista de izquierda Lisbeth Moya González. En ella, como en sus predecesores, conviven la poesía y la praxis política.

«Tú eres una puta mercenaria»

La Seguridad del Estado ha estructurado su discurso represivo contra la poetisa Lisbeth Moya alrededor de la frase anterior, frase que además de ser machista, es opresiva y misógina, pero como Lisbeth es una figura de resistencia desde la izquierda alternativa y no se va a derrumbar ante una frase, por más violenta que sea, la utiliza para adecuarla orgánicamente a su humor cotidiano y restarle importancia. Esta postura los deja sin herramientas por un momento: «¡Vamos, inventen una frase nueva, que esta no funciona!»

Poco después de este ciclo de violencia, que para la poetisa empezó antes del 11 de julio de 2022, emergen públicamente en sus redes sociales  y espacios alternativos de literatura como «La Manifiesta», textos valiosos dentro de la poesía contemporánea.

Su poesía abraza esa violencia desde un lirismo joven. No pocos poemarios dados a temas sociales no llegan a formar parte del «poema social» sino que se tornan una pataleta existencialista, desde unas herramientas poéticas poco sostenibles que hacen al poema sufrir en una dimensión donde el ego es más grande que el discurso. El poema en Lisbeth dista mucho de esto.  

Sus poemas rugen en la nota precisa del dolor. El lirismo llega para ponerle voz a varias zonas de la sociedad civil muchas veces instrumentalizadas y pocas veces entendidas. Un ejemplo es la figura de la madre. En estos textos no se concibe a la mujer como un sujeto doliente y estático. La madre, y la mujer en general, son figuras de resistencia y lucha:

Palpo el mundo como ellas

y hay muchas manos que aprietan las mías

y tengo una madre con fecha de vencimiento,

que nació en otro siglo

y aun así,

comparte las utopías que me arropan,

porque las tejió ella

desde que me dio su seno,

y hablo de la muerte.

El poema articula a la mujer en el espacio por el que ha luchado, y entiende que hay un sueño de justicia social heredado, en este caso de manera explícita, de su madre. En el segundo de estos 3 poemas se lee, respecto a las madres que sufrieron las injustas condenas a sus hijos por las protestas del 11 de julio:

El país que se cae

es ella por dentro.

La madre es un país en reverso,

es un pueblo que huye a la selva

buscando cualquier amparo.

Quien revise estos poemas notará que, desde la estructura, se abusa de ciertas y determinadas herramientas que no le hacen gracia a quien se presenta con una pretensión estética más apegada a la academia. Se podrá advertir en las líneas de estos textos bastante jóvenes que a veces se peca de una excesiva enumeración. En ciertos versos sobran adjetivos que entorpecen la lectura fluida y no se define una línea estética sólida y marcada.

Otros ojos pudieran advertir más, pero lo que prevalece a mi entender es el manejo de un discurso contundente que será predeciblemente ignorado por todas las instituciones que se dediquen a la poesía en Cuba. Como ya se sabe, no es conveniente que una mujer comunista se posicione, ni desde el periodismo ni desde la poesía, para contradecir el discurso oficial.

Este también es un tipo de violencia que forma parte del ciclo, pero la violencia poética que produce Lisbeth es muy combustible, como en el poema que narra parte de la detención de Leonardo Romero Negrín en el estallido social del 11 de julio. Este poema, que considero el más maduro de los 3, es un ejercicio vital de tornar al miedo poesía. Aquí la violencia y el lirismo se dan un beso lujurioso:

Yo vi a un niño poner su cuerpo como escudo,

para que otro no sufriera el peso del Estado.

Las botas de los policías fueron cosidas por gente que tiene hijos.

El hijo del policía lo espera en casa,

tal vez en posición fetal,

en una cama apacible.

El policía se quita las botas,

para que la vergüenza no lo despierte.

O al menos esa idea me satisface.

Ella consigue, incluso, encontrar el lado más humano del brazo opresor de la policía. Lisbeth acierta en cada verso. Da pasos pequeños que van a construir una imagen apacible dentro del caos con que construye los primeros versos que cito. El poema, justo después, sentencia:

El día que decidimos invadir un cuerpo joven

en nombre de cualquier idea,

perdimos la batalla.

Estos versos son también una elegía de la fe política que alguna vez Lisbeth profesó a la Revolución Cubana. Hay un gran número de jóvenes, y no tan jóvenes, que fueron parte de ese proceso y se les oxidó la fe en alguna parte del camino.

Una mujer comunista en los tiempos venideros no dirá «perdimos», porque entiende que su batalla tiene puntos de encuentro, aunque no sea los que brinda  la oficialidad. Mientras esto ocurra, vivirá la locura de trasmutar la violencia en poesía.

Comments (2)

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    juan Camilo

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    una valiente, de una gran sensibilidad. eXTRAorinaria persona.

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    Camilo Noa

    |

    Me gustó mucho el trabajo de María Lucía, siempre excelente. Me encantaría leer más de la poesía de Lisbeth Moya, ya me encargaré de buscarla.

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