La pasión de Javier


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A Javier no le desagrada que le griten “maricón” en las calles. “¡Maricón!”, le espetan los niños, y él se sonríe. “Aquí no puedes estar” le han ordenado una que otra vez. “Cállate maricón” decretó su padre y le asestó un puñetazo en el rostro cuando Javier apenas era un púber. Lo disfruta, no se esconde: “me presento a la sociedad así, con todos mis valores: soy un maricón a plenitud”.


Javier Lorenzo Olivera tiene 44 años y se ha ganado la libertad de vivir solo en un pequeño cuarto en las afueras de Santa Clara. Se conserva como un hombre de constitución enérgica y rostro agradable. Aunque su cuerpo colecciona heridas de homofobia por dentro y por fuera, cree que “maricón” es un calificativo grande, se siente aún pequeño ante él: “la gente homofóbica absorbe tanto aire para gritar la palabra, que la hacen sublime”.

 Javier, vestido “de hombre”.

 

Cuando comenzó en el transformismo no tuvo éxito alguno en las plazas donde se presentaba. Lo tildaban de vulgar y agresivo. Y él lo era. Había sucumbido a la ingestión de pastillas como el parkinsonil, que mezclaba con el alcohol para drogarse como muchos otros durante el período especial en Cuba.

Golpeaba sin motivo a quien lo miraba de reojo. A la sazón, Cinthia, su altergo, su personaje como transformista, terminó perdiendo el público de El Mejunje, en Santa Clara, el centro más inclusivo que existe en Cuba, surgido en la sombra de los años noventa.
No recuerda con exactitud los sucesos de la noche del 19 de enero del 2008, cuando le cambiaron la vida por la fuerza. Le han contado que se había pasado en tragos, que el criminal andaba en busca de alguna justificación para lacerarlo, otros aseguraban sin pruebas que debían de haberle pagado para atizarle aquellas seis puñaladas. Carótida, corazón, intestino, colon, todos estropeados con saña por la navaja de un desconocido que se dio a la fuga y lo dejó rendido y ensangrentado en el patio de El Mejunje.

Al hecho le sucedieron 47 operaciones quirúrgicas, 2 peritonitis, siete veces sus pulmones se llenaron de líquido. Pasó meses con las heridas abiertas, con el abdomen al descubierto. Imaginaba que se lo llevaban de este mundo. Tres meses en terapia intensiva sin articular palabra alguna, siete meses y medio pasando cirugías. A suerte de tortura, lo desesperaba el llanto de los pacientes terminales al lado suyo. Él siguió vivo, a costa de cualquier pronóstico.

Mientras estuvo ingresado pidió muchas cosas, por ejemplo tener un DVD, que le tiñeran el pelo y lo afeitaran. Le daban todo lo que pedía, quizás porque pensaban que iba a morirse en cualquier momento: “estoy agradecido de las puñaladas, si te dijera otra cosa, dejaría de ser Javier. Fue un revés en mi vida. Cuando salí del hospital, el 29 de septiembre del 2009, me había convertido en otra persona. Ya era un ser humano pleno”.
Desde aquel siniestro, Javier no ha vuelto a tener pareja estable. “Mi relación es con Cinthia, ella es todo para mí”.

Orgullo gay

“Nací y me crié en esta casa”, detalla Javier mientras recorre con los ojos el pequeño cuarto en que vive, bien pintado y decorado con flores artificiales. Pequeño, pero agradable. Allí, prácticamente se encuentran hacinadas todas sus pertenencias. Colgados en la pared, muestra con orgullo dos de sus lustrosos vestidos colmados de lentejuelas y plumas. “Mi vida se resume en este pedazo”.

“Mi niñez fue extremadamente dura. Fui abusado físicamente por mi padre toda la vida. Con dieciocho meses de nacido mi hermano tuvo un accidente y mi madre, embarazada, tuvo que entrar en el salón de rayos x. Todos pensaban que yo iba a nacer con problemas, pero no fue así. Desde ese momento, desde el vientre, fui un hijo no deseado”. Cuando salió del closet ante su padre, el 30 de diciembre de 1991, con 16 años, Javier recibió como respuesta un puñetazo en la boca y perdió los dientes delanteros. Ahí supo que debía vivir solo y valerse por sí mismo.
Borracho empedernido y adicto a los juegos de azar, su padre, Juan Arnaldo, golpeaba a diario a Javier y la mamá. Increpaba a María Antonia por las maneras “gráciles” de su varón menor. Javier se escondía cada vez que sentía el portazo de su progenitor a la caída de la tarde.

Un día cualquiera, en vez de dejarse humillar una vez más, después de que Juan Arnaldo la golpeara, María Antonia se rebeló: “si me tocas te voy a matar”, le gritó furibunda mientras tomaba en sus brazos al pequeño Javier totalmente desprovisto de ropa y se abalanzaba a la terminal de ómnibus más cercana. Con diez años, Javier entendió que “manifestarse ante el despotismo con violencia estaba bien”. Y entonces, él también se tornó violento.
Partieron, entonces, hacia Aguada de pasajeros, un campo perteneciente a la provincia de Cienfuegos. Sumidos en la pobreza, la madre y el hijo trataron de ganarse la comida en la colecta de palmiche y vendiendo dulces de coco. “Tienes que regresar con tu padre, muchacho”, le imploraba ella con dolor. La miseria, la precariedad económica, las frustraciones cotidianas de quien no encuentra luz al final del camino habían superado sin remedio al amor de la madre rebelde.

Comenzaba así el purgatorio del Javier adolescente: “pensé que me moría. Me maltrataba a diario por razones tan simples como cocinar, limpiar o lavar mal. No me dejaba jugar. Si era bueno en la escuela era por maricón. Todo por maricon.Me golpeaba por todo. Entonces, empecé a reconocerme y aceptarme como gay. La verdad es que nunca aprendí a dar un beso, ni caricias. Gritaba, no sabía hablar civilizadamente. Toqué fondo cuando mi madre murió de cáncer”.

A principios de los noventa, en pleno período especial, Javier se deslumbraba con un espectáculo de la vedette Rosa Fornés en el teatro de la ciudad. Ambicionó ser como ella, vestir de plumas y telas rutilantes. Esa misma noche hizo de El Mejunje su hogar verdadero.
“Vi hombres bailando con hombres, besándose. Fui feliz por primera vez. Me convertí en una persona más decidida. Los golpes de mi padre ya no me dolían y empecé a lucharme la vida solo”.

Resurección

Cuando Javier subió nuevamente a los escenarios convertido en Cinthia, luego de dos años de rehabilitación, su personaje también parecía haber regresado de la muerte. Aprendió a coexistir con las cicatrices. Empezó a obtener premios en los festivales de transformistas como “mejor conductora”, “mejor vestida”, “mejor baladista” y un “gran premio de actuación”.

Contó su historia en un performance durante un desfile por la no violencia. Se expuso desnudo delante de su público. La gente comenzó a aplaudir y a llorar cuando, por error, el que interpretaba el asesino la hirió en un dedo durante la obra. Fue cuando cantó el tema Me he levantado, de la cantante cubana Ondina Mateo, y rompió la capa que lo cubría para mostrarles a todos la marca de sus heridas. Fue desatar un nudo que le comprimía el alma.

Siempre fue un niño amante de la mujer. “No soy de los gays que dicen nacer en el cuerpo equivocado”. Es “masculino y feliz”. No le importan los que le apuntan, le preocupan los que “no lo señalan porque significa que no lo están viendo”. Eso lo volcó en su personaje. Cinthia es como su mamá, en plenitud, en belleza, en la forma de expresión. “Nos parecíamos mucho físicamente, quizá por eso mi padre me golpeaba. Quise que Cinthia tuviera las maneras de mi madre, que fuera como ella, que se comportara como ella”

La versión transformista de Javier

Con el proyecto Me incluyo, encabezado por Ramón Silverio, fundador de El Mejunje, Javier vio nacer el hijo que nunca pudo tener. Junto a otros transformistas han llegado a hospitales y hasta zonas intrincadas y afectadas por eventos meteorológicos. En un país machista como Cuba, ha recibido la aprobación de campesinos a los que antes les resultaba difícil tolerar una actuación de un hombre vestido con ropajes femeninos.

“A veces pienso que los que no son normales son los heterosexuales homofóbicos por no tener la capacidad para entender que somos seres humanos iguales que ellos, que no nos permiten ser felices”.Sabe que aún existe discriminación negativa ante lo que hace, aunque “ya nos tienen un poco más de respeto”, piensa. Mariela Castro lo dijo en una entrevista: “Cuba no está más civilizada, sino más relajada”.
Javier sueña con encarnar otros personajes además de Cinthia, ser dirigido en una obra de teatro, ayudar a los demás con su experiencia, darle lo que tiene “a la gente pobre”. “Yo creo que vencí a la vida que me ha tocado, porque la muerte, la estoy venciendo desde el vientre de mi madre. Sé que existen personas que han pasado menos y no lo han soportado. Quisiera morir pleno, que no me toque sufrir más”.

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Laura Rodríguez Fuentes

Laura Rodríguez Fuentes

Periodista guajira del centro de Cuba dedicada también a la santería y otras artes paganas. Bohemia, adicta a la vida cultural nocturna, defensora por siempre de todas las personas a quienes tratan de quitarles la voz.

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