La marcha LGBTI del 11 de mayo y los derechos de todos


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El ilustrador cubano Miguel Monkc se inspiró en el grito de «Libertad» del periodista Boris González Arenas para diseñar este cartel. (Tomado de Facebook). marcha LGBTI
El ilustrador cubano Miguel Monkc se inspiró en el grito de «Libertad» del periodista Boris González Arenas para diseñar este cartel. (Tomado de Facebook).

El 11 de mayo de 2019 estuve a las 4:00 p.m. en el Parque Central, donde se había convocado la marcha contra la homofobia. Aquella iba a ser una reunión sui generis. Días antes se había suspendido la Conga del Cenesex, la actividad promovida por el Centro Nacional de Educación Sexual, y la comunidad gay cubana organizó esta variante valiéndose, básicamente, de las redes sociales. Desconozco quiénes fueron los gestores de la idea, pero la detención aquella mañana de los activistas Isbel Díaz y Jimmy Roque, así como la de Juana Mora y Adonis Milán cuando se disponían a asistir a la marcha, me permite suponer que tuvieron relevancia en ello.

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Corroborada la convocatoria alternativa, Mariela Castro organizó una fiesta para la misma fecha y casi a la misma hora en el antiguo Vedado Tennis Club, actual Círculo Social Obrero José Antonio Echevarría. La decisión dejaba ver la ojeriza de la hija de Raúl Castro contra aquella convocatoria. La brutalidad policial utilizada para intimidar primero, y luego para poner fin a la marcha independiente, demostraron la conexión orgánica entre la delfina y lo peor del castrismo. En los días siguientes utilizó los canales oficiales para denigrar a perseguidos y golpeados. 

En el parque estaban mis amigos Omara y Ariel Ruiz Urquiola, Oscar Casanella y Eleanne Triff, ambos con su hijo Pablo montado la mayor parte del tiempo en los hombros de su padre; Luz Escobar con sus dos hijas, Iliana Hernández y Maykel González Vivero. Maykel había llegado desde muy temprano y fue quien me proveyó de información acerca de los antecedentes de aquel momento. Había muchísimos periodistas cubanos y extranjeros. También estaba la cantante Haydée Milanés, que tan admirable nos resultaría en los días subsiguientes. Era un ambiente lindo, y a pesar de haber terminado mal, la tensión era menor que en otras marchas de la sociedad civil en las que había participado.  

En los tiempos de #TodosMarchamos y las concentraciones en el costado de la Iglesia de Santa Rita, en Miramar, con activistas y organizaciones de la sociedad civil acompañando a las Damas de Blanco, yo había conocido marchas semejantes. Pude ir en varias ocasiones y la confrontación próxima limitaba el júbilo de los minutos anteriores. Eran, además, marchas en las que cada semana había un herido o faltaba alguien que pasaba a engrosar la lista de presos políticos de la dictadura. Así era difícil estar feliz. 

Asistir a las marchas junto a las Damas de Blanco me permitió reconocer el dispositivo de represión del 11 de mayo. Los rostros autoritarios de la represión eran los mismas. También reconocí el procedimiento de utilizar una guagua de transporte urbano para desembarcar a los militares vestidos de civil, entremezclados con la chusma convocada para la ocasión, así como el empleo de militares vestidos de policía con uniformes impecables por su poco uso. 

Todo eso lo conocía desde aquellos domingos a pocos pasos de Santa Rita y aquí se reprodujo, si no igual, de manera muy semejante. Aquel 11 de mayo pude identificar, además, a autoridades de gobierno locales apoyando la represión. No salieron de la marcha, estaban allí para terminarla como diera lugar, porque hace mucho que el gobierno en nuestro país dejó de ser parte de la ciudadanía. 

La Comisión de Candidaturas, una tumoración del sistema electoral cubano, es la responsable de esta identidad entre represores y representantes. En los tiempos en que promovíamos en #Otro18 una reescritura sana de la Ley Electoral exigimos su cese. No fuimos escuchados.

Si fuera válido el argumento oficial según el cual algunos de los asistentes a la marcha del 11 de mayo no debíamos estar allí, porque la reivindicación de los derechos LGBTI+ no ha estado en el centro de nuestro trabajo, entonces yo tampoco debí participar en los días de #TodosMarchamos en favor de la libertad de los presos políticos. Es parcialmente cierto que mi trabajo no se centra en esas libertades del modo como lo hace, por ejemplo, el de las Damas de Blanco. Pero el argumento niega la solidaridad, que es el derecho de poner la mano sobre el hombro de una víctima, sin haberla conocido jamás, sin conocer siquiera las causas de su movilización ni la índole de sus verdugos. Sin conocer su idioma, sin compartir sus valores. 

Mejor respuesta dio Oscar Casanella, quien sufrió la violencia más severa aquel 11 de mayo hermoso y duro a la vez. Tras escuchar esos argumentos, publicó las fotos de sus participaciones en marchas semejantes en Suiza, a las que asistió en sus días de estudiante de Bioinformática en la Universidad de Lausana. En aquellas nadie cuestionó su presencia por no ser gay ni mucho menos le golpearon — como aquí los militares y su chusma— el vientre y el torso ni le rajaron la frente con un objeto que él no pudo precisar. Todo ese horror a pocos pasos de su hijo y esposa. 

Decidido a exprimir la Revolución en su provecho, el castrismo amasó su enemigo en lo diferente. Los homosexuales sintieron el encono bien temprano. El término gay no se había internacionalizado y la ojeriza había llenado el habla coloquial de calificativos que los denigraban. Eso facilitaba su condena en comparación, por ejemplo, con los negros. La lucha contra el racismo era, en 1959, una demanda internacional; contra la homofobia no. Si el racismo castrista tenía que encubrirse en aquello de que «la Revolución te lo ha dado todo», cuando no «la Revolución te bajó de la mata» (agravios que todavía hoy los opositores negros tragan entre patada y patada), su homofobia no necesitaba encubrirse con generosidad alguna. 

El 11 de mayo fue una de esas fechas en que los gais cubanos devolvieron parte de la crueldad sufrida. No por medio de la venganza, sino de la fiesta, la convocatoria fraterna y el discurso esperanzador. Solo un régimen embotado no puede entender las variables de cambio que se abrieron aquel día. 

La abundante prensa que registró la marcha tuvo ocasión de captar un magnifico conjunto de fotografías. Entre ellas hay una que reproduce mi imagen. Gritaba libertad y uno de mis gritos fue registrado de una manera dramática: estoy rodeado de policías y militares vestidos de civil,  inmovilizado. Mi boca está muy abierta y toda la cara aparece con una tensión al borde del estallido. Muy poco antes de ese momento, había conocido del arresto y los golpes a Oscar Casanella; creo que me lo dijo Iliana Hernández u Omara Isabel Ruiz. Luego sobrevino el arresto de Ariel Ruiz Urquiola y Yasmany Pérez, el joven cuya voz se impuso al despliegue oficial que buscaba concluir la marcha. Por último, escuché a Iliana avisándome de que se la llevaban a ella. Apenas hice un gesto para acercármele, me inmovilizaron inmediatamente. Toda mi frustración e impotencia se transformó en ese grito captado por la cámara: «!Libertad!». 

Uno o dos días después, el diseñador Miguel Monkc me envió un hermoso cartel hecho con mi foto. La instantánea no es un selfi, como no lo son las de Iliana, Oscar, Ariel y Yasmany. No fueron tomadas para registrar un buen recuerdo. Fueron el resultado de detenciones violentas y de la presencia en torno nuestro de fotógrafos profesionales. El mérito de ellas es de los fotógrafos. He estado en calabozos cuyo registro fotográfico tendría ventaja para merecer el Premio Pulitzer, he visto rostros que sonríen o temen con una vaciedad que impacta, y un buen retratista obtendría con ellos un triunfo en su carrera. Pero no han sido fotografiados. Sus rostros y sufrimiento pasan desapercibidos entre el conjunto de presos cubanos. Consentir que una imagen casual se convierta en objeto de vanidad sería irrespetuoso con quienes han sufrido con nosotros, y ninguno de los arrestados aquel día lo ha hecho. 

Conozco a cada uno de los detenidos ese día, y les sobra calidad humana para no pretender más protagonismo que el de su intelecto. Oscar, Iliana, Omara (no fue detenida pero estuvo a nuestro lado todo el tiempo), Ariel y Yasmany. 

Si Cuba es el trozo de tierra más inmediato a cada cubano, la nación actual tiene su centro en el archipiélago de siempre, pero sus fronteras se han dispersado por la superficie terrestre. Eso explica que el 11 de mayo tuviera tanta resonancia. No fue por los «medios del enemigo» que divulgaron un puñado de fotos, sino porque la patria dispersa se reunió en torno a la convocatoria de la comunidad LGBTI+, apoyada por la sociedad civil y la oposición cubana. 

Nadie puede desconocer el protagonismo gay de aquella marcha. Cualquier foto o testimonio de ese día lo haría evidente. Pero la diversidad de la concurrencia y la suerte común que nos cupo a los reprimidos fue la mayor demostración de que, luego de décadas de compartir la más absoluta ausencia de derechos, la rehabilitación de la libertad de unos pasará inevitablemente por el restablecimiento del derecho de todos. 

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