La mala poesía es lo más parecido a un baño público cerrado en tiempos de carnaval


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Calle Misión, La Habana Vieja (Foto: María Lucía Expósito)

Este texto es altamente especulativo. Todo lo que se escriba acerca de la poesía es pura especulación. Y la mala poesía, ¿existe? ¿Cómo la percibimos? ¿Quién dictamina lo que es capaz de generar un verso en cada uno de nosotros?

Al menos una vez en la vida hemos leído lo que podríamos llamar «mala poesía». Lo más usual es pasársela a uno o varios amigos. Alguien más debe verificar si es una cuestión de gusto personal, estético, o es que, sin lugar, a dudas el texto está imposible de asimilar.

¿Cómo descubrir si los versos tienen un vuelo poético en constante aterrizaje forzoso? ¿Depende únicamente del poeta? ¿Hay un mercado para la poesía? ¿La poesía es un sacrificio revolucionario? ¿Es una demanda heroica?

La constitución de un poema, al igual que la Carta Magna de una nación, puede ser llevada a referendo, mas sería sacrílego reconfigurar su estructura axiomática. Hay cosas que no se tocan. Cualquiera, hasta el más imbécil de los ególatras puede, un día o dos, enlazar un verbo crujiente, preciso, con un adjetivo in saecula saeculorum y creerse lo último que trajo el barco.

La única herramienta real para detectar cuándo estamos frente a la mala poesía, es la lectura. Hay que caerle a mordidas a los clásicos griegos, para no mortificarse mucho con los metafísicos ingleses. Hay que cabalgar sin estribo en el barroco español, para saciar los caprichos del romanticismo frenético. Hay que equidistar el istmo entre el romanticismo, el realismo y el naturalismo, para no sembrarnos en la idea de «el arte por el arte» del parnasianismo francés. 

Hay que insistir en la búsqueda universal propuesta por el simbolismo, para no olvidar que todos los grandes poetas, alguna vez, fueron vanguardistas y regentes de su tiempo. Hay que saquear todas las estrofas modernistas y tirar a suerte el próximo verso dadaísta. Hay que intentar fluir con el surrealismo sin volarnos la cabeza y luego buscar amparo en un haiku japonés. Entonces alguien te hablará de los contemporáneos, y de Instagram, Facebook, Twitter, Whatpadd y César Brando. Tú sigue leyendo. 

Si el poema no huele bien, no suena bien y no le hace a uno cómplice directo del ideal que busca, no habrá sanación posible para futuras lecturas del corpus. Hay mucho en juego a la hora de crear un poema. No bastan todos los referentes ni las técnicas tomadas de un viejo libro recomendado en un taller literario. Si se quiere escribir, es necesario alejarse de los talleres literarios. Más calle y menos vicio digital. Más mataperreo e insomnio barato y menos teoría de terceros bandos. 

Un poema no se escribe pensando si es políticamente correcto para nuestra madre, o para el gobierno, ni en qué editorial o revista pueda ser publicado, o si una futura traducción a una lengua lejana le rompa el verbo capital. El poema depende mucho de la urgencia de no vivir cada circunstancia que se nos cruza. Se escribe extirpando la metáfora forzada, el gerundio perfecto, el símil cañonero para paliar lo que no dicta la memoria. Mientras, la mano inquieta huye de los lugares comunes, haciendo verosímil el trance más absurdo. 

Por desgracia, el escenario cubano actual tiene una gran parte de sus poetas enfrentados a una creación poética minada de burocratismo altamente tóxico. Desde hace décadas, la lírica del patio es lo más parecido a una calcomanía donde aparecen Fidel Castro y Milán Kundera jugando a la ruleta rusa con balas de trapo. Miren quién es nuestro actual Ministro de Cultura y el recientemente nombrado rector del Instituto Superior de Arte.

Creer que lo original es transgresor hace del poeta el victimario de un público que busca desesperadamente en sus versos a un activista. Dejar de ser cursi per se no es alcanzar la nomenclatura de un poeta duro y frontal. En todo caso, es de una ingenuidad peligrosa. Hay muchas maneras de ser cheos y la poesía no perdona. El que sustituye una verdad por una obviedad, está casi siempre condenado al fracaso.

Pero algo está claro también. La mala poesía no depende exclusivamente del poeta. Él sabe que es tan solo la manivela que acciona todo el entramado de editores, casas editoriales, lectores. Para cada creación lírica, hay un pedazo de posteridad asegurado, sea el cadalso o el eros.

Cada poema debe ser un estallido. Cada poeta debe ser el mártir por el que se inicia ese estallido. Lo que importa es la Revolución. Que el pensamiento se te vuelva un estropajo y tus manos una tela de araña, que no sepa cómo leerse el poema sin que, en cada esquina, te descojone la razón.

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