La jamonada de las tribunas: Un asunto de mierda


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(Ilustración: Polari)

Cuando estudiaba en la Vocacional, teníamos que participar en «tribunas antimperialistas» que se organizaban por toda Cuba para exigir la liberación de los Cinco Héroes.

En aquel entonces ya habíamos cerrado el capítulo de Elián y, aunque los líderes políticos seguían insistiendo en su afán de demostrar la bravura y el pundonor que caracteriza al pueblo antillano, probablemente la cúpula comprendía que no podían someter a toda la ciudadanía al desgaste de suelas de zapato y a la rotura de sandalias en marchas interminables. Las actividades multitudinarias se volvieron más esporádicas y solamente tenían lugar una vez al mes.

Curiosamente todos los becados nos alegrábamos de asistir a las concentraciones de masas. Después nos transportaban a casas y comenzaba el pase de fin de semana. Casi siempre la administración del preuniversitario, en la víspera, reforzaba el menú de la cena con una ración de carne o de embutido para que los estudiantes gritaran consignas con más energía. Toda la culpa de lo que narraré a continuación, la tuvo una jamonada conflictiva.

Las bocinas ronroneaban canciones en inglés para despertar a los dormilones. El concierto de música grabada era un privilegio mañanero y un símbolo de estatus para los becados de 12 grado. A los principiantes les aturdían los sentidos golpeando una cachiporra con una cuchara y vociferando «¡De pieeee!», pero a los de 12 grado había que respetarlos.

Algunos desayunaron aquel día en el comedor. Otros prefirieron tomar un poco de leche de la reserva personal que guardaban en la taquilla. Nos instalamos en los buses con los maletines, según nuestra zona de residencia.

La guagua, modelo conocido popularmente como «aspirina», se incorporó a una caravana guiada por un policía de tránsito sobre una moto rimbombante. Y cuando casi estábamos llegando al municipio Playa, donde tendría lugar la actividad político-ideológica, ocurrió la primera «baja».

Daniel le pidió al chofer de la guagua que detuviera la marcha porque necesitaba «orinar». Todo indica que el orine de Daniel era espeso, fibroso y oscuro, con tonalidades castañas, porque el muchachito fue sorprendido in fraganti en posición de cuclillas detrás de una llanta de camión.

Ya en la tribuna, nos entibiamos con los primeros rayos de sol. Nos apilamos como una colmena, vistiendo el uniforme azul que, a la distancia, nos hacía parecer como un océano sobre la tierra.

De repente, percibí un olor intenso a cloaca desbordada y me asusté al observar que en medio de aquella marea de uniformes azules quedaba abierto un espacio. En el centro, aislada, con los ojos lagrimeando, una adolescente se moría de vergüenza porque no pudo resistir el embate de las tripas y la mierda chorreaba a lo largo de sus muslos. Más allá de la empatía que sentí por la muchacha, a mi cerebro empezó a llegar un mensaje punzante de advertencia, enviado por mis intestinos: «¡Coño, yo también!»

Para mí el simple acto de la deposición constituye toda una ceremonia religiosa que comienza con el ritual de desnudarme y acomodarme en el inodoro. Luego me pongo a leer un libro y por último acostumbro a ducharme para eliminar las impurezas. En fin, un ritual de purificación. Por eso he desarrollado una cierta fobia hacia el acto de la deposición en inodoros allende las fronteras de mi casa.

Yo me mantenía aferrado a mis convicciones defecativas y pensé que conseguiría aguantar las ganas hasta llegar a mi hogar. Fernando fue más pragmático. Utilizó a su novia Cossette como embajadora de buena voluntad para que convenciera a un habitante de aquel barrio y les concedieran el privilegio de depositar el licuado en casa ajena.

Se acercaba la hora de regresar y los estudiantes iban acomodándose en sus respectivos buses. Llegué sudado a mi asiento. Yanelis me miró con cara de lástima y me preguntó: «¿Te estás orinando? ¡Tienes una cara de angustia!»

Mi respuesta fue áspera y concisa: «¡Ojalá fuera meao!»

Yanelis se echó a reír, me alcanzó un trozo de papel sanitario, me prometió que harían todo lo posible por impedir que el chofer del bus se marchara y me gritó compungida: «¡Dile a cualquier vecino que te deje cagar en su casa!»

Ni que fuera tan fácil convencer a un desconocido de que te deje cagar en su casa. Me bajé del bus con mis ojos fuera de las órbitas y me dirigí hacia la primera puerta que encontré en la acera. Mientras sonaba el timbre, mis piernas improvisaban una danza tribal. El dueño entreabrió la puerta con un rostro parsimonioso. Se negó a socorrerme con la excusa de que no tenía agua.

Para contrarrestar el efecto del primer fracaso, me lancé como un avión de propulsión a chorro, casi a punto de chorrearme, a través de un pasillo. Encontré un patio interior compartido entre varias viviendas. Un par de hombres jugaban tranquilamente ajedrez. Los ajedrecistas se condolieron de mi situación de «jaque mate», pero no vivían en ninguna de esas casas. Estaban esperando a un amigo que había salido. Uno de ellos me recomendó que hablara con una señora mayor cuya puerta, casualmente, de par en par estaba abierta.

Ya yo no podía aguantar más. El esfínter había resistido estoicamente. Estaba a punto de hacer erupción. Corrí hacia la puerta de la desconocida y di tres manotazos estridentes: «¿Quién vive aquí? ¿Quién es la dueña de esta casa?», pregunté con el volumen de una bocina en un estadio de fútbol. Sin esperar señal de respuesta, irrumpí en la sala como un vikingo. La pobre señora gritó desesperada: «¡Auxilio! ¡Un ladrón! ¡Me están asaltando! ¡Ataja!». Yo, violento, le apunté al pecho con el dedo y dije: «¿¡Dónde está el baño!? ¿¡Dónde está el bañooooo!?»

Entonces la viejuca comprendió el motivo de la invasión y me señaló obedientemente el camino. Expulsé la caca, el recto, el páncreas y la laringe cuando por fin alivié mis penas. Culminada aquella pundonorosa faena, le pedí un millón de disculpas a la ancianita. No recuerdo el nombre de aquella hada madrina, pero le agradeceré hasta la eternidad su comprensión.

Todos los que consumieron la jamonada venenosa vivieron experiencias similares o peores. La escuela siguió utilizando el mismo embutido para alimentar a los becados y se produjeron sucesivos brotes.

Es una bonita historia de aquellos años. Se me ha vuelto, cada vez más poderosamente, una metáfora de todas las tribunas políticas. No hay un discurso solemne que no termine siendo, por tanta sal que le ponen, un asunto de mierda.

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