«La Historia tiene dos rostros»: El relato de la joven que no quería ir a la manifestación del 27 de noviembre de 2020


6,377 Vistas
Adriana Fonte Preciado (Foto: María Lucía Expósito)

El 27 de noviembre, cuando pasó todo, era el tricentésimo trigésimo primer día del año en el calendario gregoriano. Ya pasaron más de 50 días después de aquello.

Recuerdo que aquel día, mientras cumplía con mis labores cotidianas, no me despegaba del teléfono. Sentía el efecto de las noches sin dormir. La efervescencia habanera del momento supo colarse en la cama de cada cubano. Algo se cocinaba a lo largo y ancho de la calle 2, en el Vedado.

Yo había decidido no ir. Conozco las filias de la Seguridad del Estado, sabía que aquello sería un criadero de agentes en estado de hipervigilia, pero sentí que las redes sociales me acusaban con cada noticia. La pasividad del lector es, en algún punto, condenatoria. Algo hermoso se gestaba en mis narices y yo lo dejaba pasar.

La incomodidad que se había ido acumulando llegó a su máxima expresión cuando un wasap de mi novio me hacía prometer que, pasara lo que pasara, no saldría de casa. Una foto a las puertas del Ministerio de Cultura fue lo que vi después de aquel mensaje. Luego un video de los que te aprietan el pecho: aplausos, muchos, cientos.

Sentí orgullo, miedo, emoción, ganas de gritar. La náusea fue el menor de los problemas. Me levanté, cogí agua, café. Sin avisar atravesé la calle que une mi casa con el Ministerio. Iba temblando y tratando de entender.

Me quedaban dos cuadras para llegar y algo llamó mi atención: la quietud en los alrededores, ¿enajenación? Pero pronto sentí la turbulencia, comenzaron los policías a atravesarse en mi camino. Un teniente me rozó y sentí, por un instante, que puso su mano en mi hombro. Llamé a mi novio. Ya el factor sorpresa no hacía falta. Me recibió un abrazo y un «sabía que vendrías».

El contén se hizo confortable. Vi pasar las horas, el humo, las canciones. Las barricadas se construían de aplausos. Pude ver, desde la distancia de la admiración, a algunos de los que asistían a ese renacimiento del coraje para exigir.

Una voz se alzó para leer los puntos de una reunión que sería interminable.  Se oyó el himno nacional a capella. Aquellos versos se convirtieron en las notas más sentidas que jamás cantamos.

Salí con un grupo de amigos a comprar algo, intentamos regresar y nos encontramos con un cerco de policías enfrente y un grupo de «respuesta rápida». Eran unos cuantos, todos vestidos de civil.

Un policía hostil enfrentó a mi novio que preguntaba por qué se nos impedía el regreso a un sitio en el que llevábamos horas. Respiramos, dimos media vuelta, seguimos el camino.

Encontramos cercada la siguiente cuadra. Esa vez todos eran civiles o aparentaban serlo, entre ellos estaban varias mujeres. Le pregunté a una de ellas por qué no nos dejaban pasar y me explicó, todo lo amablemente que puede explicarse un autómata, que solo cumplía órdenes. Un amigo señaló al Ministerio de Cultura y preguntó si sabían lo que está ocurriendo a sus espaldas. Respondieron que no. Los sentí avergonzados. Esa sensación no me la quita nadie. Se les notaba la vergüenza de tener que mentirles en la cara a un grupo de jóvenes que, al final, quieren el mismo país que ellos.

Llegamos a Línea y 2. Más de cincuenta jóvenes enfrentados al cerco policial. Con nosotros la cuenta subía. No había luz y estábamos indefensos en la boca del lobo. 

Acordamos subir de cualquier modo. Un amigo de esos que uno siente que conoce de siempre, con una elocuencia escalofriante, logró organizar a la gente. Les pidió que grabaran, que encendieran linternas, que levantaran los brazos en señal de paz.

Corrimos, codo a codo. Corrí del brazo de amigos a los que les dolió más que a mí aquella realidad. Corrimos entre policías que cumplían la orden de echarnos gas pimienta en los ojos. Se arrimó una muchacha que entorpecía mi paso. Mi novio me halaba desde el otro extremo, pero no dejábamos a nadie. Era un «todos para uno».

Atravesamos el cerco. El gas en los ojos dolió menos que el descubrimiento de un país agonizante, un país que da la orden de alejarnos. Los manifestantes nos recibieron con aplausos y con la estricta orden de sentarnos para que la paz se mantuviera entre los manifestantes.

Cantábamos canciones infantiles mientras seguíamos a oscuras porque teníamos miedo. Vi hijos llamando a sus madres para tranquilizarlas, sentí risas nerviosas, frases sueltas y un llamado constante a la serenidad. Hubo más de trescientas personas aguantando el hambre y la sed hasta las tres de la madrugada

Finalmente salieron los treinta que entraron a conversar con el viceministro. Flashes y aplausos reactivaron el ambiente. La misma voz de antes se alzó para leer las conclusiones y una sonrisa escéptica cayó sobre el rostro de muchos. Aquello parecía el cuento de nunca acabar y, como ya dudábamos de todo, pensamos que todo lo que vivimos esa noche corría el riesgo de acabar olvidado.

Para que no se olvide, escribo este relato. Los que estuvimos allí sabemos que algo se encendió para no volverse a apagar, aunque hayan pasado más de 50 días.

La Historia tiene dos rostros. Uno apunta al comienzo, otro al final, y no les está permitido cerrar los ojos.

Comments (9)

  • Avatar

    Roberto González

    |

    Muchacha yo soy un internacionalista cubano de 53 años que vive en MIAMI, estoy orgullo de ud y al mismo tiempo celoso de no haber compartido la suerte de haber estado ese día ahí con ud , tengo una niña de 9 años, si tuviera una de tu edad estaría feliz de tu VALOR de imponerte sobre el temor y haber pasado ese día a ser junto a tus amistades y tu novio a formar parte de la historia reciente y necesaria para fecundar una mejor CUBA sin olvidar nuestras raíces y nuestros héroes, como José Antonio , camilo y Frank, un saludo socialdemócrata por una mejor patria , para todos y por el bien de todos, gracias.

    Reply

  • Avatar

    Nelida Sarduy

    |

    Orgullosa de todos lo que ocurrió ese día, yo tampoco dormía esperando cada nueva foto, viendo crecer en número y en dignidad aquel pequeño grupo. Me gustó más que el asalto al cuartel Moncada. Sigo esperanzada, confió en que se impodrá el diálogo y la justicia.

    Reply

  • Avatar

    Mabel

    |

    Te admiro mucho y a todos los que perdieron estar ahí vivo algo lejos y por mis obligaciones no pude estar pero me da mucho coraje que arremetan contra el pueblo desarmado y llenos de esperanza, no hacia falta gases lacrimógenos ni golpes ni empujones ni maltrato ni mentiras, solo se reunieron representantes del pueblo para un diálogo pero como siempre su posición dictatorial se manisfiesta. Tu actitud y la actitud de los demás jóvenes más todos lo que ahí estuvieron fue de reconocer, porque es el amor a la patria el que nos hace fuerte, cuando tocan nuestro orgullo, nuestra dignidad nuestros derechos somos más que vencedores! Viva Cuba libre!!!!!

    Reply

  • Avatar

    Alex Alejandro

    |

    Ese día a todos nos marcó de una manera u otra. Sentí por primera vez en mi aún corta vida que no estábamos solos en las ansias de libertad, que éramos una sola alma buscando una misma luz en medio de tantos años de oscuridad. Gracias por compartir tu historia y por haber tenido la valentía de representarnos a los que por una razón u otra no pudimos estar.

    Reply

  • Avatar

    Yaniel Navarrete

    |

    Nunca sentí tanto orgullo de ser cubano como ese día, a pesar de no poder estar ahí. VIVA CUBA LIBRE. 🇨🇺

    Reply

  • Avatar

    Andy Vazquez

    |

    Al leer pude sentir todo lo que contabas. Yo hubiera estado ahí también con miedo. Pero habría ido. Viva Cuba.

    Reply

  • Avatar

    Raul Rojas

    |

    Estruja el alma leer el actuar de la policía y de “rompe huelgas” en la Cuba del 2020. Pensar al “pueblo uniformado” echándole gas pimienta a un grupo de jóvenes es demasiado duro.

    Reply

  • Avatar

    Ernesto Ramos

    |

    Muy acertadas tus palabras!

    Reply

  • Avatar

    Alexander

    |

    Orgulloso de esta juventud. La que ha olvidado el miedo y no duda en enerbolar su libertad.

    Reply

Haz un comentario