La discordante


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En la década de 1990, Gloria Martínez Díaz fue diagnosticada como portadora del VIH. Con apenas 15 años pasó de su casa a “una cárcel de lujo”: el sanatorio.

Gloria Martínez Díaz ingresó en el sanatorio de Los Cocos, La Habana, poco después de cumplir quince años. “De hecho, yo no quería estar en el sanatorio, y me fui, me fugué. Me llevaron a prisión por eso”, rememora a sus 43 años.  “Yo nada más pensaba que me moría”, dice. “En aquel tiempo te daban una esperanza de vida de cinco años”.

Después de acusarla de propagación de epidemias, la condenaron a diez meses de encierro, en una de las cárceles de mujeres de La Habana conocida como Manto negro. “En ese tiempo había que cumplir de diez meses a ocho años, pero como no me cogieron con ninguna pareja, nada más me echaron el mínimo”. A los siete meses y veintiún días, gracias a su buena conducta, Gloria fue trasladada al sanatorio, el sinónimo más errado de libertad.

Gloria, en su casa de Sagua

La sangre

A los 15, Gloria mantuvo relaciones sexuales desprotegidas con Arturo Valdés Castro, un rockero de Santa Clara.

Arturo escribió el nombre de su novia en la hoja que le dieron cuando fue a sacarse sangre. Al comienzo de la epidemia de Sida en Cuba los análisis de sangre se realizaban frecuentemente en una estación de Policía más que en un hospital.

A las 12 de la noche de un sábado cualquiera, en el año 1990, la policía tocó la puerta de Gloria.

—Vamos— ordenaron los oficiales.

—¿Por qué? Yo no soy una delincuente.

—Vamos.

Esa madrugada, en la estación de la Policía Nacional Revolucionaria de Sagua la Grande, un enfermero tomó el brazo de Gloria para extraer sangre. Más tarde, en un laboratorio los especialistas hallaron anticuerpos generados por el organismo para combatir, en vano, el virus de la inmunodeficiencia humana. Sida. Gloria dio positivo al Sida.

El empate

—¿Me puede decir dónde vive Gloria?

—¿Una muchacha que está enferma?

Tamaño medio, tez oscura, un par de tatuajes que la ropa, ligera, no logra cubrir. Hoy, la casa está ordenada impecablemente, sin sobresaltos ni lujos. Arrastrada hasta el sanatorio, Gloria no consiguió estudiar ninguna carrera universitaria o técnica profesional. Gracias a las remesas mensuales que envía una hermana desde Miami, ahora puede dedicar toda su atención a sí misma y a Prince, su perra pekinesa.

A veces pasan meses sin que hable del Sida. Pero  si el tema aparece en la conversación o en el pensamiento, Gloria no frunce el ceño ni esquiva las palabras. Todo lo que ella siente hacia el VIH ha evolucionado en casi tres décadas: desde la certeza de muerte hasta la promesa de supervivencia.En el recorrido hay capítulos especiales para los amantes.

“Realmente yo pasaba por ahí, donde él estaba trabajando. Y él se metía conmigo”, cuenta Gloria acerca de su último marido.  Pensaba que él no sabía que estaba enferma pero ya le habían dicho: “Ten cuidado. No te vayas a meter con esa muchacha”. Hasta que preguntó por qué, si es que era casada o algo así. “No, porque está enferma. Tiene Sida”, le contestaron. Él se quedó callado.

Siguió insistiendo con Gloria hasta que un día se pusieron a conversar y ella le aclaró: ‘Mira, el problema es que nosotros no podemos estar porque tengo cierta enfermedad, tengo el VIHʼ.

“No, si yo lo sé, y sé lo que hago” respondió él. “Entonces nos empatamos”, recuerda Gloria.

Amor y sexo en tiempos del Sida

“La personas seronegativas pueden tener parejas seropositivas, siempre y cuando usen el condón para protegerse”, dice Pedro Chaviano Rodríguez, especialista del Centro Provincial de Prevención de ITS/VIH/Sida de Villa Clara, antes de quitarse el saco y decir que sí, que él mismo ha tenido dos parejas seropositivas, dos hombres VIH +.

Sin embargo, antes de que el Ministerio de Salud Pública de Cuba admitiera las relaciones entre parejas serodiscordantes, los portadores del VIH eran arrebatados de sus familias y enviados a centros de salud bajo un estricto régimen de vigilancia. Para impedir el avance de la epidemia de Sida, los sanatorios cubanos se convirtieron en panópticos tropicales.

Durante cada pase los pacientes se mantenían bajo la custodia de sus “acompañantes”, que impedían cualquier contacto amoroso o sexual entre los “enfermos” y los “sanos”.

Sin embargo, a principios de este siglo, después de muchas críticas a nivel internacional el internamiento en el sistema sanatorial dejó de ser obligatorio. Las personas seropositivas pudieron regresar a sus casas, o mantenerse en el sanatorio si habían perdido todas sus propiedades y conexiones familiares.

De condenar a las personas seropositivas que mantuvieran relaciones sexuales con personas no infectadas, las instituciones gubernamentales pasaron a admitir esas uniones voluntarias. Y, según Pedro Chaviano Rodríguez, ya es muy difícil que se aplique, por ese motivo, el delito de Propagación de epidemias: artículo 187, Delitos contra la salud pública, Código Penal.

Esta es, en palabras del especialista, la política actual del Ministerio de Salud Pública: “No es tu obligación decir o poner en un cartel cuál es tu condición serológica, pero, como ser humano, tienes la responsabilidad moral de cuidar a los demás. Al final, cada persona es responsable de su estado, es decir, cada quien tiene que velar por su propia salud sexual”.

Los prejuicios

En el sanatorio Gloria tuvo un marido seronegativo, digamos que se llamaba M. Estuvieron juntos por dos años, hasta que él rompió, se casó de de nuevo y tuvo una hija. “Pero esa no fue mi única pareja sana”, confiesa ella. Con M, que fue su esposo hasta hace poco, se mantuvo media década. Dice que él se chequeaba cada seis meses y siempre daba negativo.

La gente siempre le decía: “¡Tú estás loco, con una mujer enferma!”. Según Gloria para muchos este tipo de relaciones “no son normales, porque la enfermedad tiene sus riesgos”. Todo el mundo pensaba que M estaba infectado. Y Gloria les decía: ‘Caballero, error. Nosotros siempre nos cuidamosʼ”.

“Pero la gente siempre cree que uno se protege nada más un tiempo, al principio. Si ven que una pareja serodiscordante lleva cinco años piensan que ya no usa preservativo. No. Eso es mentira. Yo vi mucha gente morirse. Y lo que yo tengo no lo quiero para nadie más.”

 

 

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Carlos Alejandro Rodríguez Martínez

Carlos Alejandro Rodríguez Martínez

Carlos es o quiere ser —como aceptaría Samuel Feijóo— una criatura de los campos de Cuba. Tiene las maneras rurales, la timidez hosca de la tierra. Ha pensado muchas veces en dejar el periodismo y dedicarse a salvar perros callejeros. Y ha pensado también —pero teme confesarlo— que quizá sería feliz como drag queen. Sin embargo, no se atreve a nada: por ahora es, y seguirá siendo, periodista freelance.

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