La danza impecable del cáncer


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Chabelly Díaz Torres (Fotos: María Lucía Expósito)

Chabelly se plantó en el hospital luego de las palabras de una fría doctora. Mira a su madre. Su intención no es enfrentarla, pero teme que esto sea un extremismo.

Alejandrina siempre ha optado por tener la sensibilidad de darle a su hija una voz y un voto en cada circunstancia. Lo hizo cuando la niña quiso rapar su cabeza debido a la alopecia que le estaba produciendo la quimioterapia. La madre peinaba a su hija, luego de un baño, cuando notó que el centro de la cabecita estaba despoblada.

La niña pidió ir a su prima peluquera. Chabelly recuerda aún la vibración de la máquina de pelar, y el ánimo de su prima: «Te ves muy linda, tienes la cara muy bonita y te queda bien».

Alejandrina ahora oye a su hija nuevamente. «Mira, mami, hagamos un trato. Vamos a buscar al director del hospital. Si él me dice que yo no puedo bailar más, entonces yo le haré caso y dejaré la escuela», le propuso.

El mundo de Chabelly se le había ido destrozando. Antes de ese octubre del 2012, Chabelly ya cargaba un sueño bien definido y más de 4 años estudiando para bailar.

Una protuberancia abdominal cambió su senda en octubre. Ninguna maestra de la Escuela de Danza de L y 19 confía ahora en la niña. Aunque no ha perdido las materias básicas correspondientes a su 8vo. grado, se ha atrasado demasiado en la especialidad. Las pruebas de pase de nivel no perdonarán su ineptitud sin que importen otras razones.

Aquel día, Chabelly miraba a los ojos de su madre con un par de esperanzas. La primera estaba depositada director del hospital oncológico del Vedado. La segunda, relacionada con las pruebas, reside en la fuerza interior que la ha hecho superar cada fase hasta ahora.

El doctor toma el papel que Alejandrina le entrega, y la delgada Chabelly le ruega una misericordia en la mirada.

«¿Quién te dijo a ti que no vas a poder bailar más? Quiero que atiendas bien lo que te voy a decir. Tú tienes que hacer lo que te guste hacer. A partir de hoy nunca dejes que una persona te diga que no puedes», dijo el médico, mirándola seriamente a los ojos.

Madre e hija corrieron hacia L y 19, con el permiso en la mano. En un curso escolar Chabelly tendría que avanzar 2. En su 9no. grado, debería recibir todo el contenido de la especialidad de danza correspondiente a 9no. y al perdido 8vo.

Chabelly supo que se enfrentaba a una tarea titánica. Supo que, en el próximo abril, sus piernas no podrían temblar ante las intransigencias de un jurado nacional. En 8 meses deberá recuperarse del todo, y deberá ser mejor bailarina de lo que ha sido nunca.

Alejandrina recibe la llamada de una maestra de la escuela, que quiere poner el parche antes que se abra el hoyo: «La niña no está en condiciones, puede presentarse, pero quiero que sepan que lo más probable es que le den carrera profesoral, pues sus aptitudes para bailarina las ha perdido en este proceso».

Chabelly, mientras tanto con nasobuco y una gran inmunodepresión, no tiene fortaleza muscular ni la agilidad que se exige. Por eso recibe el mínimo necesario para aprobar Técnica de la Danza. Pero al llegar la prueba de Composición, Chabelly recuerda quién es. Es una niña que ha sobrevivido al implacable cáncer de ovario. El «asesino silencioso», como lo llaman, convierte en víctimas mortales en un período de 5 años a 1 de cada 2 mujeres que lo padecen.

Chabelly recuerda que ha recibido en su sangre la implacabilidad de la adriamicina. El «diablo rojo» es el principal culpable de su caída de cabello y el enemigo más peligroso enemigo de su corazón.

Cuando Chabelly se para frente a las imparciales maestras, está segura de que piensan que acaba de terminar su iniciación en la santería. No logra encebollarse el pelo, por eso en su barrio un niño jodedor le había gritado «calva».

Nadie en el jurado sabe que Chabelly se ha estado administrando cisplatino durante 5 meses, y que sus riñones han estado a punto de colapsar. El cisplatino pudo dejarla sorda, pero a pesar de eso, Alejandrina y Carlos Díaz, el padre de Chabelly, tuvieron que dar el sí.

Ninguno de los profes sabe que la niña no pudo terminar su quimioterapia porque en la penúltima dosis sufrió una reacción anafiláctica y dejó de respirar, y que por eso los médicos ordenaron el fin inmediato al tratamiento.

Chabelly no le ha contado a ningún niño que, luego de esto, fue enviada a casa por los oncólogos, a merced de la suerte, y de las sustancias administradas. Había sido despedida de todo tratamiento médico, con la esperanza futura de que hubiese sido suficiente para eliminar las células cancerígenas.

Ahora es el momento de la danza contemporánea, su momento para improvisar, y hay una intensidad que llena prontamente la sala. Cuando los brazos se extienden y el torso se arquea, los experimentados empiezan a sentir que trasmiten una vida imposible de falsear, la vida por la que esta joven bailarina ha estado luchando.

En cada contorsión está el desagrado del inexpugnable quirófano y en cada encogimiento, el odio hacia cuanta muerte visitó su sala del hospital. Hay también silencio y hay quietud. Ahí está contenidas las 4 horas a la merced de un equipo de cirujanos.

Hay un dolor real en cada giro y en cada salto.

Viendo a su hija danzar, los ojos de Alejandrina se llenaron de lágrimas, lo mismo que en noviembre de 2012, al recibir la noticia de que había un quiste de 14 cm en el ovario izquierdo de Chabelly.

No se conformó con el diagnóstico del doctor del pediátrico de Centro Habana. Sin un examen adecuado, Alejandrina no iba a permitir que el himen de su hija fuera eliminado quirúrgicamente, pues supuestamente el grosor del mismo impedía la fluidez de la menstruación.

La protuberancia no podía ser solo un coágulo de menstruación contenida. Madre e hija temían algo peor, por eso se dirigieron al policlínico más cercano a la casa. Allí los recibió una ginecóloga. Hizo salir a la madre buscando privacidad, para que la niña admitiera que ya ha había tenido relaciones sexuales. Pero Chabelly lloró y suplicó que le creyera. Era una niña de 12 años que no había ni siquiera besado, menos podría estar embarazada.

Ahora Chabelly siente la música y repite un logrado cambré, como para explicarle al jurado que a ese paso recurrió para sanar aquella protuberancia detectada en octubre. En aquel entonces creyó que se trataba de una alteración muscular propia en bailarines, y estiraba hacia atrás su torso como aconsejando a su abdomen rebelde para que volviera al tamaño normal.

El jurado desconoce todo esto. Cada demi-plié es una analogía de tantas caídas.  

Chabelly afinca su rodilla, la siembra en el tabloncillo con dolor, como recordando aquella llamada a la casa luego de su primera operación. La madre bajó esa vez llorando, como muchas veces en esta historia, y no encontró la forma de decirle a su pequeña que el proceso no había finalizado con la extirpación del quiste. La benignidad del tumor había sido solo un deseo. Alejandrina tuvo que buscar la vía menos dolorosa, por eso la palabra cáncer nunca se oyó de sus labios. Chabelly fue la primera en articularla.

Ahora Chabelly estira un brazo frente al jurado, luego el otro, cierra los ojos y recuerda cómo abandonó, en aquella mesa fría de noviembre, una parte importante de ella como mujer. El precio por matar el quiste fue dejar un ovario.

La niña traza un tendu, y anuncia que va a elevarse. Los maestros miran expectantes, como quien espera un logro, y ella ve en sus miradas la fe de Sonia,  su abuela. Sonia subestimó el mal para animar a la pequeña, y la fuerza de Chabelly creció con el denuedo suyo. La abuela fue de las pocas columnas que nunca se derrumbaron.

Chabelly se alza en un arabesque y observa la sala con la agudeza de quien ha vivido mucho. Se levanta como se levantó luego de saber que la esperanza de vivir era escasa. Gira, salta, se encoje, se duele.

Un grand jeté abandona la esquina y pretende abandonar el miedo. Voltea el rosto mientras se toca el cuello, y su débil mano blanca recorre las venas dañadas por tanto suero. La mano acaricia su sangre joven, la consuela por tanta invasión. Se alza y se estira.

Un rond de jambe a la muerte han sido sus años. Recrea el rezo a la vida en su entrega a la danza. Y el jurado lo ve. Lo siente. Se paran y aplauden.

La niña yace en el suelo en silencio. Encerrada en el recuerdo de la última vez que vio a Omarito, su primer y único amor. El niño alegre que la cortejaba, y que ganó la complicidad de una enfermera. El niño ágil que, con un solo pie, mostraba la sonrisa más firme de todo aquel cuarto.

Chabelly lo amó como aman las niñas de 13 años. Lo acompañó al cuarto de recreo cada vez que él se lo pidió, ya fuera para jugar a las cartas o para recibir sus románticos elogios. El último recuerdo juntos fue obra de la singular enfermera. Sabía que Omarito iba a casa, y le propició unos minutos a solas con Chabelly. Alejandrina no lo supo. La madre del niño de 11 años, sí.

En la enfermería, Omarito le sonrió a Chabelly como siempre, le tomó la mano y la acercó hacia él. Miró sus ojos y le regaló un beso en la boca. Se despidieron con la certeza de volverse a ver. No sabían cuándo, nadie se los pudo decir. Chabelly juró amor secreto a Omarito, y en su baile hizo honor a la lejanía que ambos sufrían desde hacía unos meses. Chabelly se yergue ahora. Reverencia al jurado.

 

En la espera del resultado de la temida selección nacional, Chabelly se va a casa, con la felicitación por su entrega en el tabloncillo. Uno de cada 6 adolescentes fue seleccionado. Chabelly Díaz Torres es de las afortunadas. Muchos de sus amigos se quedan fuera, algunos de los mismos amigos que la visitaron luego de la operación.

Chabelly recuerda con cariño aquel video que organizara Anet, y donde Daniela y Karina le dieron ánimos. Toda el aula aparecía en aquel audiovisual, y muchos de ellos ahora no continuarían estudios hacia la Escuela Nacional de Arte.

En el tribunal nadie supo que, casi un año atrás, Chabelly había sido diagnosticada con cáncer de ovario en fase avanzada. Nadie supo de las dos intervenciones quirúrgicas, ni de los 4 sueros aniquilantes como tratamiento estimado para 6 meses.

Nunca se enteraron de que el 30 de noviembre de 2012, Chabelly salió a comer al barrio chino con su familia, pensando en la posibilidad de que fuese el último paseo. «Sí, mamá, sí. Celébrenle el cumpleaños», fue la recomendación compasiva de la doctora. 

En abril de 2013 los doctores colgaron los guantes. La casa era para los que no soportan el tratamiento, y Chabelly fue una de ellas. Durante el 2013 la niña visitaría el hospital mensualmente. El año siguiente lo haría 4 veces. El próximo 2. Durante todos los siguientes al menos una vez.

Chabelly es hoy una bailarina consagrada. Ha olvidado invitar al director del hospital a sus presentaciones, como él mismo le pidiera cuando le dio el visto bueno para continuar danzando.

Tampoco le ha recordado al Chacal quien es ella. Han trabajado juntos, pero ella supone que al cantante urbano se le olvidaron aquellos regalos que le hizo en el cuarto de terapia, cuando la pequeñita no pudo salir al espectáculo que él diera para los niños convalecientes.

Conversa frecuentemente con su amiga Karla, otra de las sobrevivientes del cuarto aquel lleno de niños. Karla es periodista. Tiene una vida plena y saludable.

Chabelly reconoce que heredó de este proceso la disciplina y constancia tan necesarias en su profesión. Por eso la han ovacionado cada vez que se ha presentado con compañías como Havana Queens, Free Dance o Rakatán.

Cada año las pruebas médicas le repiten a Chabelly la buena nueva. No hay células cancerígenas en su cuerpo. La constante de la muerte se evapora y solo deja el recuerdo de su cercanía en una cicatriz pélvica, en una peluca rubia abandonada, en una sonrisa pícara que no se va de su cabeza.

Chabelly baila la vida, sabiendo que es una coreografía compleja, un gran espectáculo donde muchos, como Omarito, no lograron actuar hasta el final.

Comments (2)

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    Ivette Blanco

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    Hermosa historia, emocionante ,historia que viví pendiente de su evolución, feliz del final y resultados, me placen merecidos, es una familia hermosa, ejemplo de humildad y entret, que parten desde la raíz de su abuela Sonia un ser dulce, educado y fuerte, gracias por publicar la historia. Ejemplo de consagración, entrega, perseverancia y confianza, Adelante chabelly, gracias a tus padres maravillosos, FAMILIA HERMOSA.

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    Enix Berrio

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    Hola. Enhorabuena!!!! Conmovedora historia de una mujer bella, inteligente y campeona con todo el equipaje más que listo para viejar on exito por la vida.

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