El central ahora es pura periferia


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Por culpa de los bajos precios del azúcar en el mercado mundial, entre otras causas, se demolieron la mayoría de las centrales azucareras. Muchas zonas rurales, antes prósperas y pobladas, quedaron como terrenos baldíos con poca fuente de trabajo para sus habitantes. El caso del batey Carmita.

A punto de mediodía, el terraplén que lleva desde la carretera de Camajuaní, un municipio al norte de Villa Clara, hacia el batey Carmita, parece una plancha de zinc caliente. Ante la falta de transporte, la gente no tiene otro remedio: caminan hasta el batey. Son siete kilómetros surtidos de caña, modestas casas y algunos, escasos, animales de pastoreo.

Crucero Carmita: un pueblo oxidado (Foto: Yariel Valdés)

En el Crucero, donde empieza el terraplén, una señora y su hija esperan. Un viejo, que ve a las dos mujeres desvanecidas bajo el sol, detiene su carretón cargado de bagazo. “Suban”, les pide a ambas. Y las dos cargan con celeridad sus bártulos, y se acomodan entre los montones de hierba que el campesino acarrea para sus bestias.

—¿Llevan mucho tiempo ahí?

—Una hora más o menos. No hay quien entre hoy.

El campesino masca tabaco mientras conversa animado con sus cuatro pasajeros. “Aquí en Carmita se levanta primero el hambre y después la gente”, empieza a desgranar poco a poco. “El otro día cargué un saco de maíz paʼl medio del pueblo y me lo ‘alzaronʼ en un abrir y cerrar de ojos. Es que no hay ná qué comer”. Dice que, “¡ay muchachos!”, que cuando el central existía la cosa era distinta.

Macondo, Comala… Carmita

El batey Carmita siempre se llamó así, como otros tantos centrales construidos antes de 1959 que fueron bautizados con el nombre de alguna mujer, hasta que el gobierno decidió colocarle el de un mártir: como Luis Arcos Bergnes. Aun así, la gente siguió reconociendo el batey con el antiguo título femenino. (Cuentan los viejos que Carmita era una de las hijas del General Gerardo Machado, propietario del central a finales de los años 20 y principios de la década del treinta).

Mucha cebolla y ajo pero poca azucar (Foto: Yariel Valdez)

A la entrada del antiguo coloso de hierro solo se divisa hoy el esqueleto de lo que fuera uno de los mayores productores de azúcar de la zona central país. Queda en pie la torre, blanca y altísima, nido de auras tiñosas que la sobrevuelan como si adoraran un tótem. Ya pocos pueden describir el olor a gramínea recién molida, que antes se elevaba por todo el poblado en señal de trabajo. “Ahora ya no hay nada”, espeta una arrugada mujer que fuma en una de las dos cafeterías del batey.

Frente a la tienda de víveres, en la que se compra con la libreta de abastecimiento, Isay Rodríguez espera a que alguien le proponga conversación. Recuerda, a sus ochenta y seis años, la época próspera de las “vacas gordas”, cuando el pitazo del central en la madrugada obligaba a prender las luces de todas las casas en Carmita. “Se lo llevaron todo, mija, la torre no la arrancaron porque pesa mucho”, se lamenta con su voz temblorosa. “Antes se trabajaba en el campo, había comida. Ahora hay tremendo espinero en estas tierras”.

Martín Sánchez Rodríguez tiene 69 años y se presenta como el Presidente del Consejo Popular. Delante de la antigua torre suspira por la decadencia de su terruño, por la diáspora de los hijos, por el silencio sepulcral que ensombrece todo el batey. Su cara, de un color ambarino, luce surcada. Delgado, casi esquelético, aprieta con fuerza debajo del brazo un desgastado portafolios negro.

“Este era uno de los mejores centrales en la nación”, asegura. “El azúcar que se sacaba iba directo al puerto. La vida de esta zona era el central. Cuando lo desarmaron, el Ministerio del Azúcar le prometió villas y castillas a la gente y nunca llegó nada. Aquí no tenemos ni transporte. Sale una guagua a las seis de la mañana y eso es porque el chofer se queda a dormir. ¿Tú no estás viendo cómo está todo esto de muerto?”

Tierra baldía

El central dejó de moler en 1999 porque así lo estableció la dirección del país. En los años sucesivos comenzaron a desarmar el armatoste, y la gente vio esfumarse poco a poco el alma del batey, el sustento de las familias, el corazón de esa tierra fértil que ahora está poblada de extensos marabuzales. Entonces, los antiguos trabajadores del ingenio tuvieron que estudiar, con la promesa de que, convirtiéndose en profesionales, serían recompensados con mejores faenas.

La central: a punto de ser puro escombro (Foto: Yariel Valdés)

Orlando Triana siempre fue el tornero de la fábrica. Y, aunque, ya no existe la fábrica todavía se dedica a lo mismo, porque es lo único que sabe hacer, dice. “Aquí hubo ciertas mejoras —hicieron una panadería—, pero lo del transporte es terrible. Todo el mundo se mueve por fuera para trabajar, porque no hay fuente de empleo. Los muchachos se sientan en el parque por la noche. Fuman y toman ron. Eso es lo único que hacen”.

“Una vez vino un hombre de Estados Unidos, dicen que era multimillonario”, apunta otro señor que escucha la conversación. “Mira, periodista, quería echarle un camino de placa a tó esto aquí y hacer una piscina en el enfriadero de caña, pero no lo dejaron. La verdad es que tú traes a alguien de Santa Clara o de La Habana para aquí y seguro que se pega un tiro o se ahorca. ¿Tú no ves que no hay ná que hacer después de las seis de la tarde?”

Lo que no se demolió quedó en condiciones precarias (Foto: Yariel Valdés)

En Carmita quedan pocos jóvenes. Los nietos de los obreros que algún día participaron en zafras millonarias se marcharon del batey hacia la ciudad, hacia Miami, hacia Groenlandia. Se quedaron los que no tienen otra alternativa que curtirse la piel al pie del surco para mantener a sus envejecidos padres o para comprarse un celular o una computadora donde “matar el tiempo” viendo shows extranjeros y películas de mala calidad.
Erieldys Salazar trabaja en el matadero de cerdos cercano al batey. “Aquí hay una granja, pero tiene pocos trabajadores”, apunta. “A la juventud no le gusta eso. La gente se va a hacer zapatos para Camajuaní y para los cayos de Caibarién, en la zona turística”.

“Yo trabajo en el campo porque no me queda más remedio, pero no pienses que la agricultura da tanto dinero”, cuenta Jorge Luis Pérez, un muchacho que no sobrepasa los 26 años. El campo da negocio, pero también mucho trabajo. Después de trabajar todo el día, a las seis de la tarde, lo único que te levanta es una caneca de ron. Eso, todos los días. Cuando oscurece, las casas se cierran hasta el otro día”.

Para salir de Carmita hay solo dos opciones disponibles: tomar el tren en las mañanas o en las tardes, en días alternos; o esperar en el crucero de la línea férrea y la carretera por los pocos autos, carretones de bueyes y camiones de carga que se adentran hacia el batey. Después, queda “la Odisea” de embarcarse hasta Santa Clara o Camajuaní, los dos municipios más cercanos.

La maleza avanza sobre las ruinas de la central (Foto: Yariel Valdés)

A las tres de la tarde, debajo de un árbol de mango sembrado a orillas del batey, se aglomera un grupo de personas. En la lejanía del polvoriento terraplén se avizora un tractor con una carreta disponible, detrás. Como hormigas hacia el terrón de azúcar la multitud hace malabares para trepar. Los que logran montar alientan a los de abajo, le brindan las manos, le cargan sus bultos.

“Ustedes no regresan aquí, ¿eh?, periodistas”, indaga un señor con cara grave que acomoda un saco de hortalizas en la carreta. “¿Ustedes conciben un campo donde no haya comida? Miren, quédense mejor en el pueblo, que esto aquí está más muerto que vivo”.

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Laura Rodríguez Fuentes

Laura Rodríguez Fuentes

Periodista guajira del centro de Cuba dedicada también a la santería y otras artes paganas. Bohemia, adicta a la vida cultural nocturna, defensora por siempre de todas las personas a quienes tratan de quitarles la voz.

Comments (2)

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    Roxani Hernández Jiménez

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    Es muy triste ver un pueblo soliado y da tristeza mi familia trabajo muchos años en ese central Carmita mi mamá vive en el crucero Carmita por la carretera ella se llama Andrea fuste mujer de angelito fuste yo cuándo voy a cuba veo a ese pueblo triste como fantasma y es una lástima ojalá recontruyan ese central que fue el sostén de muchas familias . Gracias.

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