«¿Homosexuales en el Minint? Mucho con demasiado»: Un joven gay relata su vida como policía en Cuba


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(Ilustraciones: Polari)

Osmani dejó su cargo de instructor penal en el Ministerio del Interior (Minint) hace más de 2 años. Había trabajado en varias unidades de policía en La Habana. Esta historia no tendría nada de especial si no fuera porque aceptó su orientación sexual un tiempo antes de ingresar a la vida militar.

Desde pequeño tuvo vocación por esa carrera, tanta que en noveno grado quiso entrar a los «Camilitos», un preuniversitario que forma a futuros militares. Quedó descartado, por su miopía avanzada, en el chequeo médico que realizan a los candidatos. Sin embargo, insistió y pudo hacerse policía. Sirvió durante 6 años y actualmente tiene 28.

A pesar de haber tenido algunas novias en esa etapa y de haberse enamorado de alguna, acabó aceptando que era gay. «Siempre lo supe, solo que no entendía por qué me pasaba. Por mucho que buscaba respuestas, solo encontraba mi propia negación», dice. «Rápidamente me olvidaba de eso y seguía tratando de fijar mi atención en las hembras sin poder arrancar el sentimiento homosexual».

Descartado de los «Camilitos», Osmani acabó en un preuniversario común, el Dulce María Escalona, del municipio de Güines en la actual provincia de Mayabeque. En el albergue de la beca vivía con otros 50 muchachos.

«La verdad es que habían de todo tipo, colores, tamaños y hasta de todas las formas», comenta, sonríe. «Me dediqué a estudiar y hasta ocupé cargos importantes en el estudiantado. Siempre me ha gustado la disciplina y el orden, quizás de ahí viene también lo de querer ser militar. Puedo decir también, sin falsa modestia, que conocí lo que era estar pegao’, ser «jevoso». Nunca tuve ni tengo enemigos, pero sí sabía de muchachos que me miraban atravesado porque algunas de las estudiantes a las que ellos les caían atrás, terminaban conmigo. Lo contradictorio es que a algunos de esos muchachos yo les echaba el ojo en el albergue o en el docente», cuenta.

Osmani nunca tuvo ninguna experiencia sexual con hombres en la beca. «Tuve sexo con varias chicas, y hasta teniendo novia formal fui infiel con otras, pero nada me llevaba a un placer pleno, completo, rico. Sí que miraba con disimulo en la hora del baño a todos, era el único momento que tenía para satisfacerme, aunque fuera de reojo», revela.

En el 2009 el gobierno decidió cerrar los preuniversitarios ubicados en el campo. Osmani tuvo que terminar los estudios en la ciudad. «Yo tenía novia. Ella vivía en Cojímar y yo en el Cotorro. La opción que tuvimos fue estar juntos los fines de semana allá o en mi casa. Aquí es donde Osmani empieza a convertirse en Osmani», dice.

Por esa época llegaron nuevos vecinos a su barrio. «Una noche nos encontrábamos varios amigos del barrio en el portal y se tocó el tema de los vecinos. Alguien dijo que había un “pajarito” y eso me hizo molestarme por la forma desagradable con que se referían a esa persona».

Osmani se puso alerta. «Entonces comencé a salir a la puerta calle de la casa sin razón alguna, con tal de ver al nuevo vecino. Podía pasarme más de una hora sin pestañear. Quería saber quién era, cómo era y vacilarlo a discreción. Hasta que un día lo conseguí».

Hubo susto, pánico, nervios, ganas de sexo, el día que cruzaron las miradas. «En el fondo me gustó sentir todas esas sensaciones juntas. En una ocasión veía televisión tarde en la madrugada. Él se sentó en su portal frente a mi casa y no me quitó la vista de encima hasta que le devolví el favor. Me lanzó un papel con varios números telefónicos y entró a su casa. Mi primera y única reacción fue pensar que alguien que estaba cerca se hubiera llevado el pase. La gente por lo general es homófoba, muy conservadora y más en una zona como el Cotorro, donde los machos quieren ser más machos que nadie. Recogí el papel, lo leí, volví a mirar y lo guardé».

“Estuve semanas pensando si lo llamaba o no, qué le decía. Al final le timbré a uno de los teléfonos, creo que era el de su trabajo. Intenté poner una voz firme, no sé si lo conseguí. Me identifiqué y le dije de sopetón hasta del mal que se iba a morir, fue lo que me salió. Le dije que yo era heterosexual y colgué”, cuenta Osmani.  

Cada vez que coincidían en la cuadra, el vecino se quedaba mirando. «A veces parecía que me tragaba completo cada que me miraba de esa manera. Una semana después lo volví a llamar. Él dirigió toda la conversación y quedamos en vernos un fin de semana».

Ese día, antes de llegar a la casa de su novia en Cojímar, Osmani entró a un edificio derruido de la Habana Vieja. «Mi novia me esperaba mientras me veía con un hombre. El deseo era más fuerte que yo y pensaba que estaba haciendo algo malo. Esa primera vez la disfruté mucho, pero me llené de contradicciones».

«Me senté varias horas en el Parque de la Fraternidad. Mientras pensaba en lo que había acabado de hacer y en el placer que sentí, lloraba como un niño. Ella no merece esto, ¿qué hice y por qué? Era lo único que me preguntaba. Horas después cogí un P11 hasta su casa», recuerda.

Su novia lo esperaba ansiosa. «A esa hora piensas que todo el mundo sabe lo que acabas de hacer. Yo no tenía deseos de nada con ella, la evadía. En esos instantes me hacía preguntas nuevas y no salía de mi mente lo que había vivido. Nunca llegué a la erección. Mis argumentos fueron que tuve un mal día por una discusión con mi madre. Mientras se lo decía, lloraba como un chiquillo».

A partir de ese momento sus idas y venidas a Cojímar fueron disminuyendo mientras se veía a menudo con su vecino, en el mismo edificio abandonado de La Habana Vieja. «No pude más y le dije a mi novia que teníamos que terminar. Le dije que había aparecido otra persona. Ahora recuerdo que no le precisé el sexo».

«Seguí mi escuela normalmente y las propuestas de las chicas crecían. No sabía si quería hacerlo. Hasta profesoras se me insinuaban de todas las maneras. Quizá era mi carácter o mi físico, o simplemente un don. Ninguna de esas mujeres era mi prioridad. Con los años me confirmé que el sexo entre un hombre y una mujer no tiene nada que ver con el sexo entre dos hombres. Este último es mejor, es más dinámico. ¿Quién mejor que un hombre para saber lo que nos gusta y nuestros puntos débiles?», dice.  

Osmani seguía con el sueño de convertirse en militar. Aprovechó que al final del preuniversitario hicieron captaciones en la escuela para un curso básico en el Minint. Consiguió que lo aceptaran en la especialidad de instrucción penal, con la oportunidad de cursar la carrera de Derecho.

«Me apunté y sin prejuicios ni temor por lo estaba haciendo ni por cómo me sentía. Sabía qué conducta tenía que mantener allí dentro», afirma.

Par de semanas después lo llamaron para confirmarle que había aprobado el examen. En pocos días lo citaron para un entrenamiento militar, previo a los estudios, que duró 40 días. Otra vez estaba rodeado de hombres de todo tipo, colores y tamaños.

«Fueron semanas de mucho aprendizaje. Ahí me topé con todo tipo de muchachos. Uno de mis mejores amigos lo conocí allí dentro. Pasado ese período, él se quedaba en mi casa y yo en la suya sin ningún tipo de problemas. Tenía su novia y yo fingía tener la mía», recuerda Osmani.

Un día le propuso que fueran a conversar a un café, pero no sabía cómo hablarle de su orientación sexual. «Me insistía en que acabara de decirle y yo trataba de evadir el tema, aunque con muchas ganas de confesarle todo. Creí que eso cambiaría su percepción sobre mí, pero necesitaba descomprensionar y soltarlo».

Osmani le contó, en ráfagas, casi sin respirar. «Su respuesta me encantó. “Tú me has demostrado mucho y tienes unos valores excepcionales y envidiables, fuera de eso, no importa más nada”, me dijo y nos reímos a carcajadas de algo que me parecía tan serio. A partir de ese momento en lugar de mi amigo, se convirtió en mi hermano».

Llegó a convertirse en teniente. «Ni aun siendo un simple guardia me iba a permitir una doble vida. Eso es de cobardes reprimidos que ponen por delante una serie de tabúes y prejuicios y yo estaba constantemente rodeado de ese tipo de personas en mi oficina, en las guardias, en los pasillos. Lo mío era ser feliz a toda costa», dice.

En el Minint, fundado hace más de 60 años, en una época de homofobia abierta, el rechazo al «maricón» ha sido una norma. La vieja doctrina del ejército de Estados Unidos sobre los gays, el famoso «Don’t ask, don’t tell» (No preguntes, no digas) es una ley no escrita en los estatutos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (Far) y, por supuesto, del Minint.

En la actualidad no existe una disposición ministerial que prohíba a las personas LGBTIQ+ ingresar en las filas del ejército o la policía. Sin embargo, en la práctica tampoco les dan la bienvenida.

«No me incomodaba que a mi alrededor se hablara del tema ni mucho menos me sentía aludido. No hay que ser amanerado ni tener la «voz platinada», como se dice ahora, para ser homosexual. No soporto los estereotipos y de eso sí que se vive. Cada cual es un mundo aparte y tiene sus propios criterios. Creo que la tolerancia es algo que está bien desarrollado en mí», dice Osmani.

«En ese tipo de trabajo uno no puede sensibilizarse con los casos, la imparcialidad es central. Trabajé muchos expedientes donde había testigos, cómplices y acusados gays, lesbianas, trans, y algunos seropositivos. Nunca osé diferenciar a ninguno en cuanto al trato. Nunca vinculé mi vida personal con el trabajo. Respetaba mi uniforme y andaba sin susto. Vivía en mi casa con mi pareja y eso lo gané con respeto. El día que alguien me cuestionara, la respuesta iba», explica.

«¿Homosexuales en el Minint? Mucho con demasiado. Solo que como esos temas son algo delicado, todos están bien tapiñados, pero sí hay y bastante. Lo usual es alardear de las oficiales a las que unos cuantos se rifan hasta que una o varias, o todas, muerden el anzuelo. De hecho, con algunos de esos que se las daban de machangos y pinchadores, estuve unas cuantas veces y al otro día como si no hubiese pasado nada», cuenta Osmani.

Con respecto a los debates actuales sobre los derechos LGBTIQ+ en Cuba, el exteniente defiende la opción de legalizar el matrimonio, pero no la siente como una prioridad suya. «Me da igual. Eso no va a determinar lo que siento ni como me proyecto. No tengo que esperar por nadie de arriba para aceptarme como soy», dice.

Del Minint decidió licenciarse por voluntad propia. No logró terminar la carrera de Derecho, pero no se arrepiente de haber dejado el cuartel. «Siempre me ha gustado la vida militar, pero ya no me parecía sensato seguir allí dentro. Uno va haciendo planes y no siempre están acordes a la realidad del momento. Hoy me va bien, trabajo en una tienda estatal. Soy un tipo feliz y eso es lo único que me importa».

 

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