Historias mínimas


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En Cuba pueden escasear muchas cosas pero lo que nunca falta es la diversidad. Esta edición la aborda desde la pasión, desde los números, desde lo bueno y lo malo de las relaciones humanas.  Este Tremenda Nota es, de alguna manera, una historia de amor, como estas, mínimas que les quiero contar. 

Ana y Giorgio

Ana acababa de cumplir sus veinte y estudiaba en la universidad. Vivía con su familia de obreros en la ciudad cabecera de Las Tunas. Corrían los años noventa. Esa mañana su madre se sentía mal y le pidió que la llevara al médico. La muchacha decidió faltar a clases para ir al hospital.
Pasó dos horas esperando el autobús, habían pasado dos tan llenos que ni se detuvieron en la parada, Ana se alejó del bulto de personas que allí guardaban la esperanza de que el próximo tuviera espacio y los recogiera: comenzó a hacer señas a cuanto carro pasaba. En esas estaba cuando se detuvo un auto muy moderno, de esos comúnmente llamados tur , los que suelen ser alquilados por los turistas. La joven dudó si acercarse o no al carro porque el bulto de ojos de la parada había puesto su mira en ella como un láser orientado a fulminar. Miró la cara de su madre, pálida por su evidente malestar y cogió fuerzas. Al asomarse por la ventanilla vio a un señor más o menos coetáneo con sus padres, en los cuarenta largos, que con su español chamuscado le preguntó a dónde iba.


Luego de un diálogo de menos de cinco minutos, las dos mujeres se sentaron en la parte de atrás del tur, que las dejó frente al Hospital Guevara en lo que canta un gallo. Ambas dieron las gracias y sin más cortesía se fueron a lo suyo, sin dejar de notar la insistente mirada del hombre.

A la salida del hospital bromearon sobre cuál de las dos sería la diana del dardo de esos ojos. Pero Ana sabía o tal vez quería, ser ella.
Como la casualidad opera de modos muy caprichosos, a los pocos días el señor, que dijo llamarse Giorgio y ser italiano, la recogió y la llevó a la escuela. Así sucedió durante un mes. A esas alturas se gustaban mucho, pero él no se atrevió a decírselo hasta el día antes de partir, porque sabía que ella “no era de ese tipo de muchachas” y temía ofenderla.

Para no hacer largo el cuento, Giorgio volvió a los tres meses porque no podía olvidarse de Ana. La cortejó según las normas más tradicionales –flores, paseos, permisos familiares- y luego de un año de idas y venidas se casaron y se fueron a vivir a Italia.
Cuenta Ana, un poco cabizbaja, que “fueron tiempos hermosos y difíciles, sobre todo por la manera en que la gente nos miraba en la calle. Nadie se creía, ni siquiera mi familia, que yo estaba enamorada de él.”

Roberto y Sara

Principio de los 2000. Él, joven afrodesciendete en los veintitantos, bailaba rumba en la Casa del Caribe en el Festival del Fuego, en Santiago de Cuba. Ella, estadunidense en los treinta, de piel blanca, había venido con una amiga a la tierra caliente a olvidar su monotonía. Durante la danza la mujer miró a todos los bailarines sin mucho interés, la música le parecía exótica pero muy escandalosa. Su amiga comentaba lo atractivos que eran, pero Sara se alejó a buscar un sitio más tranquilo. Roberto todavía recuerda la cara esquiva de ella al irse a sentar en un rincón y cómo no podía concentrarse en la coreografía por mirar hacia allí. A los dos días se encontraron caminando por la Alameda. Él vivía por allí en la calle conocida como Barracones –antigua zona de tolerancia, barrio de trabajadoras sexuales, en la época republicana-. La reconoció solo de verla y la saludó. Andaba sola y medio desorientada. Se sentaron en el muro a mirar el horizonte y allí estuvieron conversando toda la tarde y hasta bien entrada la noche. La invitó a comer en su casa, donde vivía con su madre y Sara aceptó.

Desde su entrada al barrio todos los vecinos que estaban fuera de sus casas, sentados en la acera o en banquillos, como era común a esas horas, lo miraron como diciéndole: “Vaya, Rober, tremenda yuma que te has echao”. Algunos incluso se lo dijeron literalmente al verlo de regreso, luego de haberla acompañado a la casa donde estaba rentada. ¿Intimaron? Sí, esa misma noche. Y Ella se fue al otro día.

A partir de ahí fue la odisea de los correos, las llamadas a distancia. Las relaciones así viven en cuenta regresiva. Ella no pudo volver hasta ocho meses después. Pero lograron estar juntos y decidieron casarse para que Roberto pudiera irse a vivir a Estados Unidos. Los trámites fueron caros y extenuantes, pero dos después el santiaguero voló rumbo a su amada.


Cuando le preguntas a él qué le incomodó más, responde como un resorte: “Es que, por ser bailarín de folklore, negro y de barracones, a nadie le cabe en la cabeza que uno pueda querer de verdad a una extranjera”.

Carla y Jerney

En el año 2010 Carla, de veintidós años, terminaba su licenciatura en Letras, en la Universidad de La Habana. Era diciembre y con él llegaba el Festival Internacional de Cine, evento preferido de la joven y sus amigos. Luego se hacían unas fiestas en el Fabio, solo para los acreditados, donde se colaban las muchachas con el clásico método de intercambio de credenciales. Esa noche Jerney, un estudiante esloveno de filosofía, de la misma edad que Carla, que visita por un mes la isla, se coló también con unos amigos cubanos. Los dos grupos se encontraron y acabaron sentados en el malecón.

Carla y Jerney vieron salir el sol, conversando. Al muchacho le quedaban solo cinco días en Cuba y a partir de ese momento no se separaron ni un instante. Sin hacer otra promesa que volver el próximo noviembre, Jerney partió, porque ya tenía boleto comprado.


Un año de romance virtual pasó: se escribieron todos los días. Aunque enamorada del esloveno, Carla decidió cortar porque como él no tenía dinero para volver y ella no tenía ningún recurso para siquiera soñar con ir a verlo, la relación se había convertido en algo muy poco saludable.

Carla todavía suspira al contar esa historia y concluye: “Es de madre esta versión de platonismo cubano del siglo XXI”.

Enamorarse es algo humano que no reconoce las fronteras físicas establecidas por la sociedad. Enamorarse de alguien de otros lares es común, pero en Cuba, por el mito de “isla del deseo” que afecta sobre todo a los que viven dentro de ella, puede tener otras connotaciones, incluso ser visto popularmente como una manera discreta de prostitución bajo la supuesta bandera del amor.
 
Esta y otras hermosas grande historias mínimas de Cuba te sirve el número 3 de Tremenda Nota.

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Milena V. Hidalgo Castro

Milena V. Hidalgo Castro

Escritora cubana que en su blog Rumiante re-mastica la humanidad para digerirla mejor. Milena va a colaborar con todo sitio que respete la verdad y a Cuba. Una de la pocas veganas en la isla, comparte la devoción de Popeye por las espinacas. Sabe que las penas no se olvidan bailando, como dice la canción, pero baila de todas formas.

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