El güije que jugó béisbol


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El mito del Güije es un emblema de Cuba. En Camajuaní, Villa Clara, además del apodo, y todas las fantásticas alusiones a su figura, hubo un “Güije” que fue reserva de un equipo profesional de béisbol. 

El Güije es un ser fantástico de Cuba, el mito primigenio, según algunos estudiosos de la cultura nacional. Se lo describe como un hombrecito bajo, negro y de edad avanzada. Dicen que es pícaro y que habita los ríos cubanos. Capaz de aparecer o desaparecer en un pestañazo.

En Camajuaní, un norteño poblado a 30 kilómetros de Santa Clara, capital de la otrora provincia de Las Villas, existió uno que se hizo leyenda. Dice el acta de nacimiento que nació en octubre de 1925, pero el Güije realmente nació cinco años después de que lo inscribieran como Luis Pérez Pérez. Y fue Güije, hasta que murió.

En la casa de Luis no había qué comer,  entonces se largaba al río, a tragarse lo primero que veía: ciruelas, berro, pomarrosas, guayabas, mangos. Iba y venía del río todo el día. Insatisfecho y mojado, tocaba las puertas de los guajiros de la zona por más comida, y volvía al agua.

“Me encaramaba en las piedras, me tiraba, me zambullía; cuando venía para el pueblo y si me encontraba gente que iba para el río, yo volvía con ella; me pasaba todo el día allí. Y como era chiquito y prieto, pues…el Güije”, se recoge en un artículo de 1997, del investigador cultural cubano, René Batista. La leyenda de los güijes s antiquísima en el imaginario popular de esta parte de la Isla, y no por gusto a Luis, enseguida le endilgaron el dichoso apodo. Él no se molestó.

El propio investigador Batista recuerda en sus escritos “cómo se hablaba de sus lanzamientos y de su inteligencia para dirigir equipos. Pocos saben cómo se llama (…) y se le ve a diario en el estadio. Tuvo una vida dedicada al béisbol, y una leyenda bien fundada”. Sobre los “avistamientos” de güijes en Cuba se habla bastante, sobre todo en escenarios rurales. El último de ellos, que tuvo repercusión nacional, fue en 2014, en las Cuevas de Bellamar, en Matanzas, pero la única evidencia que hubo fue un fotomontaje.

“Come todo o llamo al Güije”

El villaclareño Samuel Feijóo fue quien más estudió este mito en la Isla. Lo definió como el mito primigenio del país, con origen indio, enriquecido luego por los esclavos africanos. Por la década del 70, del pasado siglo, Feijóo llegaría a la conclusión de que estas historias ficticias, pero poéticas, estaban desapareciendo. No es la única teoría al respecto, historiadores como José Luciano Franco y José Rafael Lauzán, afirmaron que estos fueron creados por los colonos españoles para asustar a los niños y evitar que se bañaran a su antojo, en los entonces caudalosos ríos.

Pero este Güije de Camajuaní, tenía sus peculiaridades, compartía su tiempo entre el río y la pelota. En 1940, dicho pueblo tenía varios equipos amateurs, y más de siete terrenos de béisbol, su preferido el del “Terror”. Con 13 años custodió primero la pradera derecha y más tarde se hizo pitcher. Moriría allí, literalmente. Pero por el momento, en la década del 40 del pasado siglo, Luis estaba “vivito y coleando”, y su apodo había crecido hasta convertirse en el “Güije del Terror”. Para entonces, las madres del poblado convidaban a que sus hijos comieran, con la advertencia de que en caso contrario, “llamarían al Güije”.

La etapa de Luis como instrumento de temor infantil, duraría poco. Se terminó un día que visitó Camajuaní un equipo compuesto por peloteros de la Liga Profesional Cubana, del Almendares, Habana, Cienfuegos y Marianao. El Güije tenía 15 años y le tocó lanzar. Esa tarde ponchó a nueve contrarios: “la curva mía era una sorpresa para aquellos profesionales, los desconcerté. Ganamos ese juego”, contaría él luego.

Esa actuación le abrió las puertas a un mano a mano con Agapito Mayor y la propuesta de jugar en la Liga Profesional de Béisbol. Se demoraría una década en llegar a la reserva del club Cienfuegos. El Güije, parecía que no encajaba, ni por su estatura, ni por su color de piel, pero lo hizo. Estuvo un año con ese equipo. El Güije ya era una leyenda en Camajuaní y por demás respetado. No cualquier personaje “fantástico” llegaba a ese rango.

Con el pretexto del béisbol Luis entró hasta la Base norteamericana en Guantánamo, en plena Segunda Guerra Mundial. Se calculaban más de veinte mil personas ahí dentro y en cuestiones deportivas contaban con catorce equipos de pelota y catorce pequeños estadios. Los cubanos jugaban entre ellos, no se mezclaban con los equipos americanos.

“Ellos jugaban todos los días, había días en que todos los terrenos estaban ocupados, y se llenaban, no cabía un espectador más. Y cada vez que venía una nave de guerra (submarinos, portaaviones, destructores, acorazados…) traía un equipo de pelota formado por su tripulación, y a cada base militar que llegaban, jugaban; esa era la razón por la que la Base Naval de Guantánamo tenía catorce instalaciones” dijo el Güije. Le pagaban un salario bastante bueno para la época.

En las sombras

El Güije se aburría de todo bastante rápido. Cuando dejó la base y la reserva del Cienfuegos, se lanzó a las peleas callejeras, sacaba algunos pesos por cada presentación. Dijo que eso le ayudó a continuar jugando pelota. El boxeo le duró hasta que el púgil Eduardo Machado, le dio una paliza memorable. De esas que él mismo calificaría como de “padre y señor mío”. El brazo dejó de responderle finalizando los 50, por lo que armó una novena y empezó a dirigirla. Con “El Trigal” fue campeón provincial varias veces: “por los años cincuenta aquí no hubo necesidad de pagarle ni a un pelotero de afuera para que jugara en nuestros equipos; aquí sobraba de todo y bueno”, se jactaba.

Con la aparición en 1961, del Instituto Nacional de Deporte y Recreación (INDER), la espontaneidad, y la multiplicación de clubes, se redujo a la solitaria opción del equipo Camajuaní. Durante la siguiente década, el Güije sería el mentor de aquellas novenas. Agotada “su vida útil”, se negó a apartarse del Terror (al cual ya lo habían bautizado los revolucionarios con el nombre de algún mártir local). Si no podía lanzar, si no podía dirigir, enfrentó el final con un escobillón en la mano. El Güije que había ponchado a ocho jugadores profesionales en ese césped en un solo partido, terminó su leyenda, limpiando gradas.

Sin casa, ni familia de acogida, el Güije encontró techo, donde mismo guardaba sus utensilios de trabajo, dentro de las enmarcaciones del estadio. Y los niños volvieron a escuchar, las historias “misteriosas” de un güije que dormía en el estadio, y las madres volvieron a usarlo como antesala de una reprimenda. Cuando en 2017, el huracán Irma dobló los hierros que sostenían el techado del antiguo Terror, dicen los lugareños que su lápida fue la única que se mantuvo firme en el cementerio de Camajuaní. Lo cierto es que Luis Pérez fue un hombre tímido, que murió solo, como mueren los güijes, a la sombra de un Jagüey.

 

 

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Mayli Estévez Pérez

Mayli Estévez Pérez

Nació en 1986, el año en que Maradona levantaba en el Estadio Azteca la Copa Mundial de Fútbol para Argentina y cuando por última vez se avistaba en la órbita de la Tierra el cometa Halley. No sé si me suceda como a Mark Twain, pero el 2061es un buen año para morir,  solo por imitarlo. Periodista titulada, deportista frustrada. La opción que me quedó fue hacer el coctel de periodista deportiva.

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