El pueblo pobre que está sobre una mina de oro


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Guaracabuya amontona su pobreza junto a una mina de oro. El pueblo se levanta en el centro geográfico de la Isla y a veces aparece en la televisión de La Habana o Miami como una metáfora del campo cubano y sus modales, de la ruralidad más intrincada.

Guaracabuya amontona su pobreza arriba de una mina de oro. El pueblo se levanta en el centro geográfico de la Isla y a veces aparece en la televisión de La Habana o Miami como una metáfora del campo cubano y sus modales, de la ruralidad más intrincada.

Su riqueza, en cambio, tiene sentido recto: a pocos kilómetros del pueblo, la Empresa Geominera del Centro explota la única mina de oro subterránea en Cuba. Por esa garganta honda, de más de setenta metros, suben y bajan decenas de mineros cada día. Sin embargo, cuando la gente de Guaracabuya dice de qué vive, cómo se gana el pan, nunca menciona la mina.

El caballo sigue siendo el medio de transporte más utilizado en Guaracayuba.

“Se está explotando hace seis o siete años por una corporación cubano-venezolana, oí decir”, explica Pablo Mirabal, un hombre de sesenta años que se toca el pecho, con el énfasis de dar fe, cuando dice que es “el historiador del poblado”.

“Muchos jóvenes de la zona están trabajando en la mina esa”, añade y cambia de tema. Prefiere hablar de las carreras de caballos, de las peleas de gallos, esas pasiones de los muchachos de Guaracabuya.

A Pablo, en el parque del pueblo, se le olvidó hablar de la mina. Mencionó la caña, el ganado, el tabaco. Rileimy León, uno de los pocos jóvenes que quedan en el pueblo, también se olvidó de la mina. Ni Guillermo Fernández, un campesino de ochenta años, habló de la mina, acaso porque ya no cree que la mitad de Cuba esté en la médula de Guaracabuya: “A mí me parece que este no es el centro, ¡centro!, de Cuba. Debe estar más para allá”, y señala al oriente.

“Ah, la mina”, cae Rileimy, como si recién descubriera que el pueblo descansa, aburrido, sobre una veta dorada. “Ahí no hay protección”, dice. Y la descarta.

Quizás en Guaracabuya quieran olvidarse adrede de la mina.

En 2014, decenas de jóvenes abrieron su propio túnel y algunos terminaron en la cárcel.

“El ‘hueco’ pasó por muchas manos”, cuenta un muchacho que solo dirá cómo fue aquella efímera fiebre del oro si le dejan llamarse Yaser. Estaba ahí, pico en mano, pero alcanzó a huir cuando llegaba la policía.

“Los primeros eran unos joyeros. Sacaron mucha piedra, la enterraron en el patio. Fue entonces que otro grupo quiso su parte y nos fuimos al monte”, Yaser enseña un pedrusco azuloso y asegura que contiene oro.

Un minero dialoga con Maykel Gonzalez.

Los mineros clandestinos de Guaracabuya tuvieron su guerra contra unos delincuentes que querían controlar la explotación del túnel y ganaron. “Venían de Santa Clara unos presidiarios, incluso con una pistola, para hacerse dueños de la mina. No los dejamos”, dice Yaser. Pero los mineros clandestinos de Guaracabuya debieron retirarse ante la guerra con la policía y perdieron.

En mayo de 2014, autoridades políticas y gubernamentales intentaron cerrar el capítulo: convocaron una reunión masiva para advertirles que el subsuelo es del Estado. Procesar oro, explicó una fiscal, es delito de actividad económica ilícita.

Para octubre, Miguel Díaz Canel, entonces primer vicepresidente del país, amonestó en Santa Clara a los responsables de la explotación y seguridad en los yacimientos de oro.

“Hechos como los ocurridos en Meloneras, en las inmediaciones del poblado de Guaracabuya, donde mineros furtivos arriesgaron durante meses sus vidas y la seguridad del medio ambiente, constituyen un ejemplo de cuántas brechas faltan por cerrar para que vulnerabilidades de esta naturaleza no comprometan la integridad de la economía y la salud humana.”

Y así habló un poco más de descontrol administrativo, indisciplina social, corrupción neta  e indiferencia ante la corrupción. Y nada más específico que eso. Nada estrictamente sobre la sociedad rural que abre túneles con la misma urgencia que abre caminos, para llegar a alguna parte.  

Desde aquel año, con Guaracabuya vigilada y en ascuas, han sido llevados a los tribunales centenar y medio de mineros clandestinos en varios municipios del oriente cubano . Andaban bien equipados. La policía les despojó de unas setecientas herramientas y siete carretones de caballos. Demolió más de cien chozas y cegó los túneles con ira, porque asfixiaron a dos.

La Empresa Geominera de Camagüey, semejante a la que opera en Guaracabuya, ha sido más transparente acerca de las inversiones y beneficios que tiene en Jobabo, provincia de Las Tunas. Es una mina que se abre al cielo de un sitio llamado Golden Hill. No es un agujero. Más bien es un cráter dorado. Y mucho más contaminante.

Una piedra de la que se extrae oro (Foto: Maykel Gonzalez)

Con el socorro de los inversores de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), como la mina de Guaracabuya, los administradores de Golden Hill este año aspiran a extraer 111 kilogramos de oro.

El oro oro subió 0, 70% en la Bolsa de metales preciosos de Londres. Entonces, la onza vale mil 351,45 dólares. El kilogramo, 43 mil 450. Si se mantiene la tendencia al alza, si no decae la reputación de moneda universal que tiene el oro, Golden Hill rendirá este año al gobierno cubano al menos casi 5 millones de dólares.  Un número que no llega a impactar en la economía nacional.

Quizás Guaracabuya rinda una cifra semejante o más, porque avanza hacia las profundidades, no se conforma con el cielo abierto. Decía Manuel Fernández de Castro, un ingeniero respetable del siglo XIX, que las vetas eran ahí semejantes a las de California. Lo escribía en un estudio de las minas de oro cubanas publicado en La Habana por la década de 1860, a menos de veinte años de la fiebre del oro californiana. No mentiría sobre el peso de unas vetas así. No le dejarían mentir.

Guaracabuya tiene más de mil 600 habitantes, pero no ha conseguido que el gobierno de Placetas le construya un punto de venta en pesos convertibles o le instale un teléfono público.

De la mina que controla la Empresa Geominera del Centro no hay rastro en las estadísticas del país. Ningún anuario cubano alude en sus últimas ediciones a la extracción y procesamiento de oro. En Guaracabuya todos quieren saber a dónde va.

“Somos un pueblo normal”, asegura Luisa Echevarría, la bibliotecaria, y lo dice con fe en la normalidad. Ella encontró su plenitud en la biblioteca, un par de anaqueles en la sala de su propia casa. En la otra cuadra, una familia ocupó a la fuerza la Casa de Cultura después del huracán Irma. Por suerte la biblioteca funciona en una propiedad particular, aunque goce de patrocinio estatal.     

A los viejos les sienta mejor la normalidad de Guaracabuya. “¡Cómo voy a aburrirme!”, se asombra una ama de casa cuando describe un día suyo en Guaracabuya.

“A veces esto es muy aburrido”, luego admite Pablo, el historiador aficionado. “Sales por aquí y no ves a nadie, ¡está pelado! Los más viejos conversamos de lo que leemos en la prensa o vemos en la televisión.”

Rileimy concluye: “Para los jóvenes no hay nada”. Habla de espaldas a la mina.

Maykel González Vivero

Maykel González Vivero

Periodista.

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