Gloria a la Fornés, por «pajarera»


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Rosa Fornés, la vedette cubana que acaba de morir en Miami con casi un siglo, también es un ícono gay y trans, igual que fue una sex symbol de su época y un remanente de la burguesía para la sensibilidad parca de la revolución cubana. 

Fornés.
Fornés. Foto: Fan Page de Facebook.

Por razones misteriosas, que seguro dependen de una idea de belleza muy estándar y, todavía más, de un mito de lo femenino muy fatigado ahora, pero que prosperaba a mediados del siglo XX, la Fornés obsesionó a los pájaros cubanos. 

Aquella vedette, vestida de miliciana como si participara de otro espectáculo, fue todo lo camp que Cuba pudo salvar. Era todo lo travesti que se podía ser cuando el país parecía obligado a dar la misma nota de moderación y hasta de grisura, cuando lo travesti como estilo de vivir estaba descalificado. 

La revolución no se dejaba cantar en operetas, pero a ella tuvo que permitírselas porque se empeñó en demostrar que hay una sinceridad en la pose y eso es lo propio del arte. 

Ante las generaciones que no la vieron envejecer bajo sus lentejuelas, Rosa Fornés aparece, si acaso, como un personaje simpático. La memoria LGBTI+ es más frágil que otras memorias porque hasta ahora no tuvo prestigio y estamos lejos todavía de organizarla y salvarla. 

Para quienes que vivieron la homofobia y la transfobia de Estado en la misma época en que la Fornés fue apartada del cine, la vedette, en cambio, fue una insignia. Tener una foto con ella, que nunca se las negó a nadie, era una membresía. 

La pajarería busca trabajosamente sus fetiches para sobrevivir, como cualquier condición desestimada y perseverante. Rosa Fornés es uno de los más perdurables en Cuba. Todo sugiere que aceptó el homenaje y hasta lo ostentó con cierto exhibicionismo, mucho más que cualquier medalla o reconocimiento que recibiera de las instituciones. 

Ser amiga de los pájaros, ser «pajarera» como dicen en Cuba, a veces encubre alguna homofobia en el gesto, en lo festivo que asumen como regla esas mujeres para tratar a sus amigos, y hasta en cierta superioridad hetero y cis que se expresa con ñoñería o énfasis.  

La Fornés, que fue una de las grandes «pajareras» cubanas, también parece haber sido una de las menos culposas. 

Era lo bastante bella, según las pautas culturales al uso, para ser admirada e imitada en los espectáculos de transformistas de cualquier época, y lo bastante buena persona para merecerlo. 

La vi actuar una sola vez en un teatro de Sagua la Grande, al final de su carrera. Aquel escenario estaba tan carcomido que acabaron cerrándolo pocos años después por incidentes como el que le ocurrió a la Fornés. Se torció un tobillo. 

Sin ningún pudor de vedette, no aceptó que cancelaran el recital, cojeó esa noche hacia el público y cantó sentada en una butaca estilo renacimiento español, que fue lo más vistoso que encontraron en la ciudad para ofrecerle. 

A la salida del teatro, un pájaro viejísimo le dijo: «Adiós, Ana de Glavarys». La Fornés, retenida por una docena de admiradores en la acera, le abrió sus brazos de opereta. 

La pajarería cubana, además de bonita, es justa. 

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Maykel González Vivero

Maykel González Vivero

Periodista.

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