Estigma y pandemia: La historia de un hogar para personas con enfermedades mentales que funciona sin apoyo estatal


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Fotos: Sadiel Mederos Bermúdez

«Una enfermedad mental, sin importar si es crónica o no, es un estigma que nunca te arrancas de tu vida. La sociedad te lo recuerda en cada espacio que no volverá a abrir para ti, en las acciones más simples y cotidianas que jamás podrás repetir. Incluso tu familia te lo va a recordar».

Víctor Cuevas Cárdenas fue diagnosticado con esquizofrenia paranoide en 1996. El rechazo que él mismo ha sufrido, lo animó a crear «sus propias puertas y ventanas». Desde el 23 de diciembre de 2002, el proyecto Corazón Solidario está abierto durante los días laborables en la ciudad de Santa Clara, al centro de Cuba.

Veintitantas personas asisten para recibir comida, ropa donada, medicamentos y terapia ocupacional.

Hacen lo que desean hacer. Se ayudan entre sí y conversan en el patio interior, meciéndose en grandes sillones mientras Alfredo toca el piano. Sigue melodías de memoria como lo hizo durante décadas, y aunque algunas notas salten fuera de lugar, a nadie parece importarle: Maylín baila mientras transporta una palangana de ropa recién lavada y los sillones no paran de moverse. Alfredo cierra los ojos y sigue tocando. Nadie dijo que debía ser perfecto.

Según un informe de la OPS/OMS del 2018, basado en datos oficiales, del total de años perdidos por discapacidad (APD) en Cuba, la tercera parte (32%) fue por causa de trastornos mentales.

Corazón Solidario es un proyecto único de su tipo en Cuba, un país aquejado por una crisis económica crónica, cuyo gobierno ha reconocido que el salario promedio no alcanza para satisfacer las necesidades básicas. 

Víctor confiesa que «sobrevivir es cada día un acto de fe». Dependen del apoyo de la iglesia católica y de donaciones provenientes de la propia comunidad necesitada a la que se dirigen. Todos comparten lo poco, incluso cuando 45 comensales reciben sus raciones de almuerzo y cena.

Víctor habla calmado.

«El aislamiento impuesto por la propagación del coronavirus ha intensificado no sólo la soledad de los pacientes con enfermedades mentales sino también el rechazo de sus familias. Sobrevivimos gracias al corazón solidario de muchas personas, pero todos los días también enfrentamos la ausencia de él en otras. Tratamos de ser el hogar y la familia perdida, aunque sea por unos días, aunque ese efecto termine perdiéndose. Y con buena parte de los pacientes, por las difíciles situaciones que deben enfrentar en la calle, en sus casas, el reincorporarse cada lunes es como volver a empezar».

Víctor trabajó más de diez años en el hospital psiquiátrico de la ciudad, primero como almacenero y luego, como cuidador. Actualmente se encarga de buscar todas las materias primas y controlar las finanzas del proyecto Corazón Solidario, para pacientes de enfermedades mentales.
Yunior, un joven con menos de 30 años, corta algunos panes viejos donados al proyecto. Los tuestan, convierten en migas, y luego se venden en pequeños sobres. «La gente los compra mucho para hacer croquetas».
Daver espera llenar de conejos estas jaulas. Junto a Joselier y Edelberto atiende las plantas aromáticas del pequeño huerto. Cada vez les quedan menos métodos para luchar contra las constantes plagas.
Rosita escoge el arroz del almuerzo y dicen sus compañeros que no para de sonreír, a pesar de haber sufrido una crisis nerviosa con el aislamiento inicial impuesto por el covid-19. Con cerca de 70 años, es doctora en Ciencias y antigua profesora titular de la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas, en Santa Clara, Cuba.
Víctor respira profundo cada vez que habla sobre la comida que ofrecen en el hogar del proyecto. «Si es difícil para la familia promedio cubana asegurar su alimento, imagínate conseguirlo para 28 personas como mínimo».
Rafael y Edelberto preparan los pabilos para hacer pequeñas velas. Se venden por unos pocos pesos cubanos y, aunque Víctor reconozca que pasa más trabajo buscando la materia prima necesaria, los pacientes se sienten útiles en estas actividades.
Gilberto vende estampas religiosas, adornos y velas a la entrada del hogar del proyecto. A veces supera la veintena de artículos diferentes, pero recita los precios de todos.
Víctor visita a Guillermo al Hospital Psiquiátrico Provincial cada vez que puede y le comparte a través de la cerca algunos dulces. Guillermo estaba integrado al proyecto y vivía en una casa de su propiedad. Fue internado en el hospital por sus parientes, quienes ahora ocupan el apartamento. «Podría estar allí el resto de su vida».
Rosita vive con su hermana y le tienen prohibido abrir la puerta de su casa.
Sadiel Mederos Bermúdez

Sadiel Mederos Bermúdez

Periodista

Comments (1)

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    Madelyn

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    Me gusta mucho el proyecto, corazón Solidario,me ha tocado muy de cerca,lo he vivido en mi familia,cuando una persona,recibe un diagnóstico, es dificil que la Sociedad lo acepte ,mis Saludos

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