«Estás limpia»: Cuando la serofobia se convierte en un método preventivo


1,297 Vistas
(Ilustraciones: Polari)

De niña me llevaban todos los años al santuario de El Rincón. Mi mamá le había prometido a San Lázaro llevarle siempre flores, velas y un puñado de kilos a cambio de salud para nuestros huesos y piernas. Año tras año, caminábamos desde el paradero de Santiago de Las Vegas hasta el Santuario. Fue en ese peregrinaje donde me nació el miedo a entrar en contacto con personas seropositivas y donde le puse rostros al Sida.

Teníamos que pasar por el sanatorio de Los Cocos. Yo rondaba los 8 años cuando supe lo que era. Una mujer, al vernos pasar, nos pidió desde la cerca que rezáramos por la salud de ella y la de su familia. A lo lejos, en las viviendas dentro de la instalación, había un señor y una niña un poco más grande que yo.

Cuando continuamos la marcha, le pregunté a mi mamá qué era eso ahí y por qué esa señora nos había hecho la petición. Me respondió que en ese lugar vivían personas enfermas con Sida.

–¿La niña también? –le pregunté y me dijo que era probable–. ¿Y ellos de ahí no pueden salir?

Me explicó que podían, pero que era mejor que se mantuvieran allí. Así no contagiaban a nadie más. Según ella, estaban bien cuidados, les daban buena atención médica y alimentación para que «duraran» más tiempo y, al fin y al cabo, era un lugar muy bonito y apacible, perfecto para que pasaran sus últimos días. «Se pueden morir en cualquier momento», agregó.

La angustia en los ojos de esa mujer nunca la he olvidado. Hasta entonces, el VIH y el Sida eran solo una enfermedad que mis compañeros se lanzaban unos a otros a modo de improperio o de burla, sin conocer qué era realmente o haber tenido siquiera enfrente a una persona que viviera con ella. En general, lo que sabíamos era que se pegaba por no usar condón y que todo el que se contagiaba moría. Era lo que nos decían.

Cuando entré en la adolescencia fue que se desató el pánico. Un fin de semana que regresé de la beca, me enteré que Rolando, un vecino nuestro, había fallecido. Todo el mundo sabía que Rolando era gay. Luego también supimos que murió de una neumonía agravada por el Sida. Para mi mamá aquello era obvio. «Casi todos mueren de eso», decía.

A los dieciséis, cuando le confesé que además de gustarme los hombres, siempre me había identificado como niña, perdió el tino. Lo de mi identidad de género no lo entendió en ese momento. Lo único que a ella le quedó claro fue que yo no tendría una sexualidad normativa. Desde entonces resolvió con echarme miedo. No paró de atemorizarme, mostrarme casos ejemplarizantes y pronosticarme todas las infecciones habidas y por haber, incluso el propio VIH, porque «así era como todos nosotros terminábamos».

A esa misma edad tuve sexo por primera vez. Mi papá me había mandado a la casa de Boris, su jefe, a llevarle una memoria USB con un teleplay de Vicky, la famosa trans de la Cujae [Universidad Tecnológica de La Habana José Antonio Echeverría]. No recuerdo cómo llegó ese teleplay a mi casa. A mí papá le había gustado y se lo recomendó a su jefe: «Tienes que verlo. Parece una mujer de verdad. Si no te lo digo, tú no te das cuenta de que es un hombre».

Boris era gay. Tenía diez años mayor que yo y era un tipo muy astuto. Cuando terminó la copia del dichoso teleplay, empezó a hacerme preguntas lascivas y luego muy directas. «¿Y ya a ti te han partido el culo?». Le respondí que no y le exigí mi memoria de vuelta. Quería irme.

–Pero no te vayas todavía. ¿No te gusta el porno?

Tenía un disco duro lleno. Abrió un video y empezó a masturbarse. Yo estaba con un poco de miedo, pero también con mucha curiosidad por el sexo. Estaba loca porque me la metieran. A esa edad ya todas mis amistades habían tenido sus primeras relaciones sexuales y me las contaban. Yo también quería tener la mía. Algo que contar, aunque fuera lo descarnado y traumático de aquella primera vez con el jefe de mi papá. Me puso a mamársela mientras hundía mi cabeza con fuerza. Luego me tiró en la cama y me penetró sin compasión de ningún tipo. Grité muchísimo. Fueron los minutos más dolorosos de toda mi vida, hasta que de pronto la sacó, se quitó el condón, se vino encima de mí y me avisó, todavía en medio de jadeos, que ya tenía el culo partido. «Anda, lávate, vístete y vuelve cuando quieras», me dijo.

No quise volver nunca más. Por el camino me sentí sucia y me puse paranoica. Él había utilizado condón para penetrarme, pero no cuando le hice sexo oral. ¿Y si de ese modo había adquirido alguna infección por su culpa? ¿Y si no había retirado bien el semen de mi vientre? ¿Y si no me había lavado bien las manos? ¿Existía alguna posibilidad, en caso de que él tuviera VIH, de que el virus penetrara en mi sangre? ¿Qué tiempo podía vivir el virus en mis manos o en mi vientre? Me volví loca.

Tiempo después estuve con un seminarista católico. Yo en aquel entonces iba a la iglesia. El muchacho, provinciano y carismático, caía bien. A mí me miraba de un modo muy provocativo, medio putón. Y aquello me atraía. Notaba su deseo de congraciarse conmigo, pero a diferencia suya, yo era tímida. No estaba segura de nada y no quería equivocarme. Con el tiempo fuimos ganando confianza. Hablábamos de sexo, de porno, de represión sexual, de la castidad, de la iglesia, los curas. De todo. Un día no aguantó más y me dijo que tenía deseos de singarme. Quedamos en vernos el jueves siguiente allí mismo, en la iglesia. Luego otro jueves y otro. Eran los días en que los curas no estaban en casa.

El sexo con él era malo. Era un sexo frenético, rudo, hambriento. Yo no lo disfrutaba. Nunca usamos condón, y eso no me vino a preocupar hasta tiempo después que mi mamá y yo nos mudamos. En el nuevo barrio había una travesti y todo el mundo decía que tenía Sida. Mi mamá me la mencionaba a cada rato, como si me alertara de ir por mal camino. Me volvió la paranoia. Había fama de que los seminaristas acababan. Así como él había estado conmigo sin condón, podía haber estado con cualquiera. ¿Y si, por casualidad, alguno de esos con los que probablemente él también habría estado portaba el VIH, y me lo había pegado?

Dejé de verme con el seminarista y entonces apareció Julio. Con Julio el sexo era muy bueno, la verdad. Lo único que en los dos años que estuvimos nunca quise que dejara de usar condón, ni siquiera para el sexo oral. Eso le parecía un exceso. ¡Tanto tiempo junto y tanta desconfianza! Él estaba seguro de mí y de mi salud sexual, pero yo no de la suya. Me daba miedo. Una sola noche me sentí tan a gusto que le quité el condón. «¿En serio?», me preguntó sorprendido. Le dije que sí y yo misma le agarré el pene y lo llevé hacia mi interior. A los pocos minutos se percató de que yo estaba nerviosa y que no funcionaba bien. Me dijo: «A ver, déjame ponerme otro condón que así no puedo; estás tensa».

Después de Julio conocí a Alen. Compartíamos aula en un taller literario, también muchas miradas y risas. Buscaba siempre ubicarse de manera que le fuera fácil mirarme durante aquellos encuentros, que eran los sábados. En una ocasión me hizo llegar de pupitre en pupitre, un libro de poemas en cuya primera página había escrito su teléfono y un mensaje que decía: «Llámame. Me gustas mucho. Beso». Quería conocerme.

Un sábado me invitó a su casa después del taller. Fuimos primero a la heladería Coopelia. En la cola me dijo que tenía algo importante que decirme y me confesó que era seropositivo desde hacía diez años, cuando tenía diecisiete. El mundo se me vino abajo. Enseguida apareció en mi cabeza la voz de mi madre alertándome del peligro. No supe cómo reaccionar, qué decir, pero sobre todo qué no decir. Mi único deseo en ese momento era irme de allí. ¿Qué pasaría en su casa? ¿Querría tener sexo? ¿Qué otras medidas de protección además del condón debíamos tomar? Yo no estaba preparada.

Cuando llegamos a su casa me sirvió agua y me preparó unos panes con croquetas y mayonesa. Yo no quería probar nada. Pensaba mil cosas. Fuimos para el cuarto, puso música y me relajé bastante. Jugamos en la cama en ropa interior, pero no me atrevía ni a darle beso en el cual compartiéramos mucha saliva. Todos eran de piquito. ¿Y si teníamos llagas en la boca o si las encías nos sangraban? Mucho más miedo tenía a tocarle el pene, aunque en algún momento lo hice. Lo agarraba con el terror de quien tiene en sus manos una bomba o un recipiente con un veneno letal del cual no puede derramarse ni una gota.

Alen me explicó muchas cosas sobre el VIH. Me dijo que él era indetectable y lo que eso significaba. También me mostró sus pastillas y me explicó lo beneficiosas que eran. Hablamos del tema bastante rato y me sentí un poco más segura. «¿Qué quieres hacer?», me preguntó y le respondí que lo que él quisiera. Yo disimulaba no tener miedo, pero lo hacía mal. De pronto me dijo: «Mira, tú no estás preparada para lo que yo quisiera hacer. No te preocupes. No pasa nada. Ya yo estoy acostumbrado». Sentí una vergüenza tremenda. Me vestí y me fui. Caía la tarde. Esa noche me sentí la persona más miserable de la tierra.

Nunca más volví a su casa. Lo que hice fue alejarme. Al acabar el taller literario perdimos toda comunicación. Estuve después con un pintor que le gustaba quitarse el condón en medio del sexo, sin mi consentimiento. Eso me irritaba y me generaba inseguridad. Par de veces se vino dentro. Lo hacíamos en el fondo de su galería taller, un lugar realmente mágico, lleno de antigüedades, inciensos, cuadros, lienzos y tarros de pintura por doquier. Ese propio misticismo, de pronto, hacía que lo viera como un sicópata, un loco. ¿Y si tenía el VIH y se quitaba el condón adrede? Mi mamá me había dicho que algunos se volvían malos, vengativos, y que se lo pegaban a otros conscientemente. Como a la cuarta vez que se quitó el condón no fui más. De todos modos, yo no quería estar con un tipo que me ocultaba y que en público me trataba como una espectadora más de sus obras.

Omar sí estaba dispuesto a darme más. Quería una relación formal conmigo, pero a mí no me gustaba lo suficiente. Era vecino mío en mi nuevo barrio. A pesar de todo, estuvimos durante un año. Algunos vecinos lo sabían. Nuestro sexo fue con condón todo el tiempo y ambos lo disfrutábamos. La cosa acabó cuando Omar se obsesionó conmigo y quiso que me fuera a vivir con él, unos edificios más atrás del mío. Empecé a hacerle rechazo. Me presionaba. Finalmente, dejamos de vernos cuando me fui de mi casa huyendo de la transfobia de mi madre, y me pasé un tiempo en Matanzas. Al volver a La Habana estuve con Lester, otro vecino.

Con Lester me acosté una sola vez. Era médico y promotor de salud. También me explicó muchas cosas del VIH y de otras infecciones de transmisión sexual [ITS]. Me ayudó mucho a eliminar tantos estigmas que yo tenía y a paliar un poco mis temores. Tuvimos sexo primero con condón. Cuando terminamos seguimos conversando acostados en la cama y le dije que no me veía estando con una persona seropositiva, aun con toda la información que ya tenía. «Eso es porque no ha llegado ninguna que te guste de verdad», sentenció. «Verás». Me preguntó si quería hacerme un test rápido. Él tenía algunos por su trabajo como promotor de salud. Acepté con un miedo que me cagaba. En mi mente todavía existía la posibilidad de que el seminarista, el pintor y hasta Julio en aquellos únicos minutos sin condón, me hubiesen contagiado con el VIH.

La espera por el resultado del test fue un suplicio. A los pocos minutos lo tomó y me dijo: «Estás limpia». Respiré. Me había quitado un grandísimo peso de encima. Al minuto siguiente, Lester estaba otra vez encima de mí y volvimos a tener sexo. Esa segunda vez no se puso condón. Él estaba seguro, acababa de hacerme un test, pero a mí se me activó de nuevo la paranoia. ¿Y si él tenía el VIH y me hizo el test para pegármelo intencionalmente en caso de que yo diera negativa? ¿Por qué hacía trabajo de prevención de ITS? Eso me resultaba raro. ¿Por qué me habría dicho que yo no estaría con ningún seropositivo porque no había conocido a alguno que me gustara? ¿Acaso él había estado con uno que lo contagió? ¿Cómo se atrevió a quitarse el condón?

Un buen día una vecina le contó a mi mamá que Omar tenía el sida, «Así que ve a ver a tu hija que estuvo con él», le dijo. Mi mamá había estado ajena a todo eso. Le tuve que dar cientos de explicaciones y asegurarle que ni una sola vez se desprotegió. Estuvo alrededor de una semana mencionándome cuanta persona con VIH ella conocía y me pintaba un panorama peor de lo que en realidad era. Decía que a mí me gustaba el peligro y que no me iba a aconsejar más. Quiso arreglar cuentas con Omar y no la dejé. Ya yo era una adulta y protegerme de ITS era una responsabilidad primeramente mía. A los meses me resolvió unas pruebas de serología en un hospital y más tarde me las repitió. Aun cuando yo sabía que los resultados no tenían porqué dar alterados, la espera era un castigo.

La profecía de Lester se cumplió. Actualmente mantengo un vínculo sexo-afectivo con una persona seropositiva. Lo sabía desde antes de que empezáramos y eso no me importó. Todo ha cambiado. En cambio, un amigo en común cuando se enteró de lo nuestro me suplicó: «Por favor, Mel, dime que no han estado sin condón, por favor, por favor, dime que no». Le dije que sí y las razones por las cuales podemos, con seguridad, tener sexo sin esa estricta, impuesta y tan serofóbica protección. La reacción de mi amigo hubiese sido la mía en otro tiempo con cualquier conocido que me dijera que estaba con alguien seropositivo. El miedo no puede convertirse nunca en un método preventivo. A largo plazo no da buenos resultados. Por mucho tiempo fue el culpable de que mi vida sexual fuera deficiente, traumática y poco placentera, y yo un poco cruel. He pensado muchas veces en Alen y no sé cómo le mire a la cara si algún día nos volvemos a ver. Si de algo debiéramos protegernos más que del VIH es de cualquier otra ITS a las que solemos restarle importancia.

Hace poco empecé a sentirme mal. Fue a raíz de la primera dosis del candidato vacunal. Al parecer, me hizo reacción con las hormonas. En el hospital me hicieron pruebas de todo tipo, incluido un test rápido de VIH. Para darme el resultado, el enfermero utilizó las mismas palabras que Lester aquella vez, como si las personas seropositivas estuvieran sucias o indignas. Me dio una palmadita en el hombro y me dijo: «Bien. Estás limpia».

Mel Herrera

Mel Herrera

Escritora y activista

Comments (3)

  • Avatar

    AMRI

    |

    Tan cerca y tan necia la fobia

    Reply

  • Avatar

    EZapo

    |

    Excelente. Cada historia cuenta como un golpe a las fobias que crean barreras.

    Reply

  • Avatar

    Ananda

    |

    Gracias,🤗🌹

    Reply

Haz un comentario