En el Servicio Militar había buenos rifles


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(Ilustración: Alejandro Cañer)

Cuando yo llegaba al Servicio Militar mi experiencia homosexual anterior había sido muy escasa: 3 hombres me habían realizado el sexo oral, y a uno de ellos le había devuelto el favor.

Yo era tan inexperto como unos zapatos nuevos. Pero una vez allí, un suceso en particular me convenció de que yo era un maricón perdido, esclavo vitalicio de la fisionomía del hombre, de su sudor y todas las variantes de su masculinidad.

Ahí, en la previa, entró el varón más exquisito de los 30 y tantos con los que compartí albergue en esos 38 días. Le llamaré David, verán por qué.

David era físicamente el hombre que todo hombre quería ser, y el motivo de obsesión de toda mujer y todo pájaro.

Llegando a la unidad militar, aún vestidos de civil, nos abandonaron en un pasto cercano a uno de los albergues, a la espera de una orden inicial para formar o para cualquier otra burocracia inicial. 10, yo con ellos, nos tiramos en la yerba. Luego llegaron otros 3 o 4 más, y así fueron viniendo hasta llegar a 30.

En estos minutos de charlas vanas, donde un fanfarrón quiso robarse nuestra admiración con su excentricidad inorgánica y sus fábulas hiperbólicas, escaneé el personal, y nada fue en verdad de mi agrado. Algunos tenían lo suyo, pero ninguno me mató como Dios manda.

A la media hora apareció un teniente feo, sin gracia alguna, y nos ordenó seguirle. Nos paramos y a caminar. Teníamos que ir a recoger las botas y el uniforme.

Nos detuvimos en una garita distante, en la encima de una loma. El mismo teniente sacó varias cajas con los uniformes. Todos tratábamos de buscar el más entallado. Lo mismo hacíamos con las botas. Pero en el servicio militar todo se hace rápido: comer, bañarse, cagar y vestirse.

La mayoría de nosotros tenía ya su uniforme y botas Coloso en las manos, y nos sentamos en la calle sin saber qué hacer. Allí recibimos el primer regaño: «¡Veo mucha tibieza, en 5 minutos to’el mundo vestío!»

¡A correr! Nos sacamos la ropa. En lo que yo me ponía el pantalón verde asfixiante, vi a lo lejos 3 muchachos que se acercaban a paso lento, vestidos de civil. Clavé la mirada a uno de ellos. Era el más alto. Se acercaron al teniente, quien les dio sus botas y uniforme: «¡Tienen tres minutos y van por dos!»

David se tiró en la calle, donde se sacó rápidamente su short y su pullover. No pude «fotografiar» estos primeros instantes porque estaba terminando de cambiarme.

«¡De pie! ¡Formen! Uno al lado del otro, hagan filas de siete», ordenaba el teniente.

Nos fuimos parando y ubicando con la torpeza de quien no tiene destreza alguna en infantería.

«¡Media…. Vueelta!» Miré a David. Sentado en la calle seguía cambiándose. El teniente los apuraba con la mirada. David se ponía una bota, con el pantalón verde a medio colocar. «Paaaso de revistaaa…» David se pone la otra. «¡Mar!»

El paso caótico comenzó. Todos mirábamos a los 3 atrasados, lo que me permitió disimular mi fijación con David. Cuando dábamos nuestro segundo o tercer paso de revista, mi varón se levantó, y en unos sucesos que no abarcaron más de 30 segundos, yo terminé de convertirme en maricón.

David se paró y su metro 80 y tantos se alzó entre todos los soldados. Recogió del suelo la camisa verde que no le había dado tiempo colocarse. Vino corriendo deportivamente hacia nosotros.

Cuando ese trigueño venía en dirección al pelotón, yo juro que lo vi todo en cámara lenta. Todavía recuerdo cada secuencia y cada plano.

El pantalón caía torpemente en su cadera, y solo un botón, el último de abajo, había logrado meterse en el ojal. La cintura descubría una pelvis ancha y bendecida. Los caminos hacia su pubis se definían con exquisitez.

Estas entradas eran las mediadoras entre un six pack cuidadosamente trabajado y una pelvis que provocaba espasmos visuales. Las pistolas de ambas caderas eran tan firmes como los muslos de su poseedor. El pecho, tallado con toda diligencia. Era el David de Miguel Ángel.

Aquel físico monumental tenía un rostro acorde a toda la narrativa anterior.

Corrió con su boca abierta e inhalante hacia nosotros, pero yo sentí que corría hacia mí. Lo hizo despacio, como si estuviera orgulloso de saberse deseado, ajustando torpemente con una mano inmensa el pantalón rebelde que deseaba caerse solo para hacerme feliz.

El pelo, aún sin el corte militar al que nos sometieron luego, venía largo y teñido de rojo oscuro. En la estampida el aire lo movió de un lugar a otro.

Con la camisa en mano, pecho y torso de dios griego descubierto, pantalón a la pelvis casi totalmente desabotonado, David corrió hacia mí. Llegó carismático y traspirando, y yo pude ver en su rostro las facciones más varoniles que en mi vida había visto.

Debieron haber sido 15 segundos, pero lo sentí como un comercial de Calvin Klein, con el sudor comercial en el cuerpo y todo lo demás. Recuerdo que no disimulé ni un segundo, me fue legalmente imposible. Me había enamorado de la figura de un hombre ahí mismo, maricón perdido.

David se convirtió en esos días en mi fantasía sexual número uno. Y si me marcó su despliegue de sensualidad inicial, el baño vino a completar la plenitud del morbo. El baño se me convirtió en un paraíso y un infierno. En ese metro y medio cuadrado, poníamos los cubos, y nos mal bañábamos simultáneamente más de 10.

A veces el agua que me vertía con el jarro caía en el cubo de otro. Siempre hubo chistes cuando a alguno se le cayó el jabón. En esos 38 días, solo 2 de los casi 40 hombres se bañaron alguna vez totalmente desnudos. Casi todos lo hacíamos en calzoncillos, lo cual tampoco me impidió sopesar el material de mis compañeros.

Orgulloso de sí, venía desde su litera, a mitad de cuartel, como Dios lo trajo, y desde el baño era imposible no percatarse del movimiento oscilante de aquel péndulo grotesco. Era un rabo obtuso, magnánimo, con vida propia.

A veces 2 o 3 machos esperábamos en las afueras del baño a que se hiciera espacio para poder pasar. Y ahí, en medio de la cola, mis ojos conversaban elocuentemente con ese rabo. Fantaseaba como una negra esclava con su libertad. Ese rabo fornido y valiente lo tengo en la cabeza 10 años después, y es el cadáver más bello que los ojos de este pájaro han visto.

David me robó tanta impía devoción, que no me dejó percatarme de otras facetas que a mí alrededor se explanaban. En particular de una de ellas.

Yo cargaba con mi amaneramiento, incluso pensaba que lo tenía bajo control. Pero la verdad es que, para un bugarrón viejo, mi pluma solapada era un fluido caudal de progesterona. El instinto que tienen se convierte en videncia, y en la sonrisa del pájaro encubierto le ven sus futuros tacones y pelucas, y en su mano partida ven como el culo se abre contento. Eso me lo demostró El Jabao. En mi previa hubo varios «jabaos», así que espero no delatarlo con el pseudónimo. Rezaré por eso.

Concretando, El Jabao me hacía bullying, pero era un bullying pasable. Decía que yo era su mujer, y yo le seguía la gracia. Me decía, «siéntate aquí, Mami», y me señalaba sus pies pequeños.

Yo le decía, «Niño, ahí no vive nadie». Todos nos reíamos. Yo sabía que El Jabao era un macho malo de un barrio peor, y por eso jamás me figuré bugarronería alguna en él. Nadie se la figuraría. El Jabao tampoco me gustaba, aunque no era feo. Eso era culpa de David que me convirtió por esos días en monotemático.

La sorpresa llegó una tarde. Fue también en el metro y medio donde nos bañábamos.

Nos tocó cuartelería, lo que significa que estás exonerado el día completo de las actividades rutinarias de la previa. Ese día, junto a otro compañero que se saca por sorteo o por número de lista, debes limpiar el cuartel y pasarte el día durmiendo y comiendo mierda, básicamente. Ese día mi acompañante fue El Jabao.

La mañana fue lenta y adormecida. Al mediodía recibimos al resto del pelotón, para que disfrutaran de 5 minutos de descanso. Cuando se marcharon, decidimos limpiar el cuartel entonces. Mitad y mitad. Todo rápido y efectivo.

No hablábamos casi nada, y a mí me resultaba incómodo que El Jabao siempre estuviera jodiendo con nuestro matrimonio y en solitario no cruzáramos casi palabras. No porque yo quisiera un flirteo, sino por pura coherencia.

Así, en esa apatía extraña, tomé mi toalla, y me fui al baño. Al fin podría bañarme en solitario, restregarme sin apuros, sin calzoncillos ni rabos amenazantes. Quizás hasta una buena paja me podría tirar.

No me había ni desnudado cuando entró al baño El Jabao, sin decir una palabra. Me resultó extrañísimo y hasta me molesté.

«Cojone’, si tienes todo el día para bañarte a tu gusto, y en verdad nunca puedes hacerlo, ¿cuál es la necesidad de venir a bañarte conmigo?», pensé, aunque no se lo dije.

Nuevamente el bugarrón iba un paso por delante, avizorando mi deseo congénito por su pinga todavía oculta en un pedazo de tela. Yo le daba la espalda, pero no dudé en desnudarme: «Al fin y al cabo, es mejor que me vea un solo varón a que me vean 30».

Lo vi desnudarse cuando simulé girar mi cabeza. El morbo en el silencio me sobrecogió. Sin embargo, no tuve mucho tiempo para la fantasía ni el análisis.

Empecé a girar el cuello con más frecuencia, pues veía un rabo anormal. No, no tenía 2 cabezas ni una perla. Tampoco echaba humo o brillaba. Pero juro que se me olvidó del todo David en esos vistazos. Si «sarazo» aquello no le medía 20 centímetros toda mi pajarería es mentira.

Mi corazón se aceleró caóticamente, pues yo no sabía comportarme ante un rabo así. Él comenzó a enjabonarlo a mis espaldas, que rápidamente dejaron de ser mis espaldas y pasaron a ser mi perfil. Unas miradas más y su enjabonamiento se convirtió en paja. Sus ojos clavados en mí, en mis ojos y en todo mi cuerpo. Yo, fría como una Cristal.

El Jabao cogió su mostro por el tronco, y lo batió en una indudable invitación. No habló. Tambaleó su cabeza proyectando un «ven, cógela». Yo, en total mudez, me acerqué finamente a aquello. Lo toqué, me agaché y le hice el favor. Más bien me hice el favor a mí, pues ese día aprendí que en boca abierta entra de todo además de moscas.

El baño es uno de los lugares que más amo de mi recuerdo del Servicio Miitar.

Días después de la mamada inexperta al Jabao, yo chistaba para mis adentros, pidiéndole a la vida ser el cuartelero vitalicio del local. Fantaseaba la misma experiencia con David, pero de este solo pude ver el rabo muerto para inmortalizarlo en mi memoria. Ojalá yo fuera pintor.

Hubo algún que otro evento erótico, incluso alguno del cual no fui protagonista, pero si fuente confiable. Testigo ocular. Depósito posterior del chisme. Al final yo no era el único maricón de mi pelotón. Éramos más de las que yo supuse. Eso sí, quizás la más valiente o la más determinada fui yo.

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