El último día que vi a Yoya


1,497 Vistas
Georgina Herrera, Yoya (Foto: Dominique Diaz)

La poeta Georgina Herrera (1936-2021), una de las voces negras más genuinas y conmovedoras de la literatura cubana, murió en La Habana este 13 de diciembre.

La última vez que vi a Yoya fue en su casa. Aracely Rodríguez Malagón me pidió de favor que le llevara unos medicamentos que necesitaba. Con gusto accedí.

Recuerdo que, al entrar a su apartamento, vi en la sala un montón de carpetas y papeles. Parecía la oficina de alguien que trabajaba arduamente. Uno cree que con el tiempo las personas se vuelven menos activas, pero esa norma no se cumplía en ella, que tenía más de 80 años.

Cuando supo la razón de mi visita me agradeció por el gesto. Le contesté que no era necesario agradecer. Ese favor era lo menos que podía hacer por ella que había dado tanto con su poesía. Le dije que lo que ella hacía por Cuba, por las mujeres y todos los afrodescendientes, no había modo de retribuirlo.

Yoya dijo sencillamente que la vida ha sido buena porque las personas le brindaban un amor sincero a cambio de lo único que ella pudo compartir, su verdad. Me confirmó que tras el comienzo de la epidemia estaba trabajando mucho. Noté que gozaba de una fortaleza y energía intelectual envidiable.

Pensé que sería bueno, además de llevar los medicamentos, tener una charla con ella para hacerle un poco de compañía. Hoy sé que fue una de las mejores decisiones que he tomado.

Hablamos de su historia, de su inclinación por el arte desde niña, de su sensibilidad ante los pequeños detalles de la vida, de la necesidad de unirnos los afrodescendientes. Habló de su rebeldía, y me leyó uno que otro texto en lo que estaba trabajando. En ese momento recién comenzaba a escribir otro libro.

De nuestra charla hay par de cosas que me llamaron poderosamente la atención.

La primera fue su manera tan peculiar de experimentar el mundo. Como si toda la realidad fuera un poema y ella la lectora que desteje cada rima. A su edad, Yoya seguía siendo esa niña a la que le gustaba escuchar a los gorriones en el primer día de la primavera o sentir la hierba fresca bajo sus pies.

La segundo que amé de ella fue que, a pesar de las opresiones y los trabajos que ha pasado, era difícil encontrar resentimiento u odio en sus palabras. Su espíritu estaba sano, lleno de dicha.

Por suerte la charla que tuvimos la grabé. Es un tesoro. Aprendí muchísimo esa mañana. Dejé su casa con muchos deseos de escribir un texto sobre la visita y además con muchos deseos de volver a verla. Se lo comenté un par de veces a mis hermanos Ulises Padrón Suárez, Alexander Hall y Analoy Lafargue Cau .  Me arrepiento de no haber regresado.

A Yoya no la reconocieron con el Premio Nacional de Literatura. Me comentó que nunca le perdonaron su irreverencia cimarrona. La verdad es que ningún galardón podía premiar tanta dignidad.

Su poesía será siempre el machete y el garabato que quitan la maleza del monte para que las nuevas generaciones puedan andar. Descansar no era lo suyo. Solo le puedo desear, ahora que está en el mundo de la verdad, más sosegada, con verdadera paz, que siga creando. Fui premiado con la oportunidad de conocer a la cimarrona más hermosa que hemos tenido.

Me contó que cuando era niña en Jovellanos, el pueblo donde nació, pensaba que las abejas estaban embarradas de miel. Intentó cazar una para probarla. El encuentro no resultó placentero, pero le dejó entender que la belleza viene con el dolor de la verdad.

Ibaé, Georgina.

Haz un comentario