El Tosco, Bécquer, Cimarronas y el #MeToo cubano: Reflexiones de una feminazi


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(Foto: María Lucía Expósito)

La primera vez que fui violentada por un hombre, eran manos conocidas. Estaba muy pequeña. No solo menor de edad, es que tenía 5 años o menos. Un tío «jugaba» a tocarme.

Para mí no era un juego, para los adultos sí. Se suponía que no podía existir maldad en aquellas caricias. Me sentía incómoda, intenté protestar muchas veces, hasta que callé. ¿Si todos decían que era un juego, por qué no creerles?

Este señor, al que nunca sentí como tío, ya murió, pero yo nunca pude olvidar. Jamás dejé que otro hombre se me acercara si yo no lo deseaba. Desde ese momento no tolero quedarme a solas con hombres cisheteros. Me siento incómoda, no los pierdo de vista, no me acerco, no permito que me toquen. Nunca volví a mencionar la historia hasta hoy.

Pareciera una historia aislada. Así pensaba yo hasta que, con 18 años, tuve que moderar por primera vez un taller sobre violencia hacia las mujeres y las niñas.

Una de las técnicas que se aplicaron para la recogida de datos sobre el acoso en Cuba, consistía en escribir en una pancarta la edad a la que cada mujer se había sentido violenta por primera vez. Sólo el número, nada más. La edad más baja era 3 años. Ningún mostraba una cifra superior a 12.

Cuba es un país patriarcal y machista. No es el único, pero es el que más me duele.

Yo leía mucho durante mi adolescencia temprana. Era mujer, lesbiana y bastante alejada de los cánones de belleza adolescentes. Demasiado delgada, sin recursos para vestir a la moda, cabello rizado en una época donde las artistas eran rubias, blancas, con curvas y cabello lustrosamente liso.

La sociedad me exigía ser inteligente, llevar como bandera la hiperfeminidad, el sarcasmo y la burla. Para colmo de males, no soy risueña o agradable. Solo me quedaba ser la más actualizada en temas de conversación. El vivir, además, en una zona rural, hizo que me refugiara en la lectura.

Por todas estas razones, a los 12 años habían pasado por mis manos casi todos lo clásicos, gran parte de la literatura juvenil publicada en Cuba y muchos libros que no eran apropiados para mi edad. Sin embargo, los devoraba todo sin distinción, con más análisis crítico que imaginación realmente.

Uno de esos tantos días en que recorría sin suerte los estantes de la biblioteca del central Marcelo  Salado Lastra, donde nací, Rita, la bibliotecaria, que me conocía desde pequeña por ser prácticamente la única visitantes asidua al lugar, me comentó que había un libro nuevo de Gabriel García Márquez. Era «Memoria de mis putas tristes».

Realmente debo agradecer al Gabo mis primeras incursiones en el pensamiento feminista. Me golpeó tanto que describiera impunemente lo que, a voz en cuello, eran violaciones de niñas, que nunca más he podido ver a un hombre en posición de poder sin pensar en cuánta mierda esconde bajo el tapete.

Años después llegó el movimiento #MeToo que, como casi todas las historias, apareció tarde en Cuba.

En el 2006, la activista por los derechos civiles Tarana Burke comienza a utilizar la frase Me Too en la red social Myspace, intentando visibilizar a  las mujeres negras abusadas sexualmente y apelando a la sororidad como mecanismo empoderador.

En 2015, el productor de Hollywood Harvey Weinstein fue acusado de tocamientos inapropiados por una mujer de 22 años. Ambra Gutiérrez, editora del National Enquirer, entregó una grabación a la policía donde el acusado admitía el delito. Gutiérrez, sometida a una fuerte revictimización, retiró la denuncia, y finalmente la fiscalía decidió no levantar cargos por falta de pruebas incriminatorias.

En 2017, la actriz Alyssa Milano escribió en su blog: «Si cada mujer abusada escribiera Yo También (…) daríamos una idea de la magnitud del problema».

El llamado «Efecto Weinstein» levantó una llamarada internacional que destapó a no pocos hombres en situaciones de poder. Desde frases lascivas, abusos psicológicos, hasta violaciones y abusos físicos, fueron denunciados por miles de mujeres bajo las etiquetas #MeToo, #MyHarveyWeinstein y #WhatWereYouWearing.

En el 2019, por primera vez en Cuba, es acusado de violencia de género una figura reconocida en la industria artística. Dianelys Alfonso Cartaya, conocida como la Diosa, denunció los abusos que sufrió, por más de 15 años, a manos del director de NG la Banda, el conocido músico José Luis Cortés, el Tosco.

El #MeToo había llegado a Cuba con años de retraso, pero había llegado.

Con las acusaciones iniciadas por la cantante, pensé que el movimiento iba a tomar fuerza en una isla soberanamente falocéntrica y machista, pero no. Hubo que esperar otros 2 años.

En diciembre de 2021, se hicieron públicas las acusaciones de 5 mujeres contra los abusos sexuales del cantautor Fernando Bécquer. Son historias lacerantes en muchos sentidos, pero hay varias cuestiones, además de las historias en sí, que dan ganas de dar un par de vueltas por un barcito de la Habana Vieja y gritar violador.

En primer lugar, el apoyo fraternal entre compinches trovadores. Ray Fernández, que no se pierde una para esconder la misoginia detrás de su carné del Partido Comunista de Cuba, habló de un «chanchullo de mujeres».

Raúl Torres, conocido por sus homenajes musicales a Hugo Chávez y Fidel Castro, acotó que Bécquer era «un gran caballero» y que, «si ya no se podía enamorar mujeres sin que lo acusaran de acosador».

Luego vinieron las disculpas de los «invidentes». Adrián Berazaín, culpando a víctimas de inventarse una frase a su nombre. Mauricio Figueiral dando el beneficio de la duda, pero sin creer totalmente. Cada palabra, vaga. Cada publicación, marcada por la ambigüedad, como si no supiéramos que el pacto patriarcal existe. Que seguramente Bécquer contó estas historias con voz de triunfador y cada uno escuchó sin inmutarse, aplaudiendo las hazañas de un campeón.

No necesité estar ahí. Lo veo en la mirada de mis amigos, en su conversaciones, en sus cosas de hombres. Nos lo han repetido mil veces. Lo vi en las miradas de mi abusador cuando tenía 5 años. Los hombres entre ellos se entienden.

Segundo, la revictimización ha sido el plato fuerte. Preguntas y afirmaciones como ¿por qué ahora? ¿cómo saber qué es cierto? ¿por qué no hicieron algo antes?, están a la orden del día en bocas no solo de machirulos, sino también, tristemente, de mujeres que llevan consigo el velo patriarcal.

Esto no me sorprende. Como feminista, y siéntase libre de leer «feminazi», he visto y sufrido múltiples formas de revictimización y descrédito machista. Solo hay una que me sorprendió mucho. Quienes acusan a las denunciantes de formar parte de una maniobra para desacreditar a un artista revolucionario.

En tercer lugar, las declaraciones de los nuevos revolucionarios, un grupo bastante interesante, antropológicamente hablando, identificados con pañoletas y opiniones rojas en estilo de escuela primaria.

Cimarronas, por ejemplo, es un grupo con el que comulgo a ratos, menos veces de las que quisiera realmente. En su declaración al respecto, tocaban puntos importantes y coherentes, hasta que se les olvidó mencionar un par de cosas.

«El Patriarcado se erige tan hegemónico y tóxico como el Capitalismo, que no se olvide, ni se obvie; y ambas estructuras, cada vez más complementadas, profundizan sobremanera las desigualdades de género y precarizan la situación social y política de la mujer y su derecho a vivir con dignidad», declararon.

Se les olvidó mencionar al sistema socialista. ¿O ha existido algún sistema que erradicara la violencia de género, que no se complementara con el patriarcado? Sin duda, no es el caso de Cuba.

Fernando Bécquer ofreció un recital en La Habana después de ser acusado de abusos sexuales (Foto: Nelson Julio Álvarez Mairata)

Dicen también Cimarronas: «Nuestra sociedad y sus estructuras continúan siendo profundamente patriarcales.  El machismo como antivalor inaceptable para el socialismo, aún no se normaliza en amplitud de nuestras filas, y ¡no se puede ser revolucionario a la mitad!».

Sin embargo, también se les olvidó mencionar que, en Cuba, las denunciantes no solo serán revictimizadas, sino que los medios socialistas no les prestarán atención y que probablemente serán acusada de trabajar al servicio de una agenda extranjera.

El gobierno va lento. Sigue proponiendo estrategias en vez de leyes, programas que se quedan en papeles. Negocian tras bambalinas con el fundamentalismo religioso. La línea 103 se encuentra hace meses fuera de servicio. Además, persiguen a activistas y grupos independientes que sí trabajan con mujeres como YoSíTeCreo en Cuba y 11M.

El caso Bécquer no es el primero ni será el último. Mi propia historia no es ni siquiera extraordinaria. Tristemente, cada mujer en Cuba y el mundo puede contar al menos un hecho de abuso o violencia. Hay una frase feminista que compara al Estado, cualquiera, con «un macho violador». El Estado que no ve los abusos también es cómplice.

 

Comments (6)

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    Yosvani Malagón Crespo

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    Gracias Jessica por este magnífico artículo. Es tan esclarecedor, educativo y provocador. He aprendido mucho. Estoy de acuerdo contigo en todo. El alcance del sexismo en el PCC (vasto) y la falta de feminismo en Cuba (más vasto) es la proporción exacta en que el PCC abraza el capitalismo. El PCC no quiere acabar con el sexismo porque significaría implementar la igualdad sexual real. Eso sería malo para los líderes masculinos. Lo mismo ocurre con el racismo. El PCC lo tolerará mientras les devuelva privilegios y beneficios. ¡¡¡Totalmente no socialista!!!

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    Yan Val

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    Coincido en mucho de tu escrito menos en el caso de la Diosa. La Diosa utilizó sus atributos femeninos para subir de posición en una industria musical compensando asi su falta de talento. Después que se metió años y logró su objetivo entonces denuncia al Tosco. O sea después q obtuve de ti lo que yo misma propicie y consenti me hago la victima abusada. Bafff. Total falta de moral la suya y su caso no aplica acá.

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    Paloma López

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    #MeToo
    Gracias 🙏

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    Raismary Diamett Vargas Márquez

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    Gracias.

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    Ananda

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    Muchas gracias, me encanto!!!

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    RobertikoRamos

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    💪🏻💪🏻💪🏻💪🏻 Dura Jessica 💪🏻💪🏻💪🏻💪🏻

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