El «repudio» de nosotros


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(Ilustración: Polari)

El «acto de repudio» que vivieron Anyell Valdés y su familia, fijó el horror de estos días en Cuba. Nada pasa últimamente sin que alguien lo grabe y lo exponga. En la antología de la violencia estatal que vamos armando, la agresión de este lunes será una pieza central.

Anyell Valdés es una «ocupa». Hace pocos años entró a un local que es propiedad del Estado y lo convirtió en una casa para sus hijos. Está en una esquina, cercado de malla, con una gran terraza techada. Este lunes, una veintena de personas rodeó la cerca alzando un retrato de Fidel y gritó consignas a favor de la Revolución Cubana. Usaron palabras de la década de 1960.

En la terraza hay un perro. Le dieron un somnífero y saltaron sobre la malla. Trajeron pintura azul para tachar un letrero contra el gobierno que Anyell había escrito junto a la puerta. Antes de irse, dejaron las viejas consignas en el piso de la terraza.

Esto lo hemos visto muchas veces en Cuba. Es el «acto de repudio» típico, que acaba enmendando textos disidentes, pero esta vez incluyó incidentes más dramáticos: saltar una cerca, drogar un perro. Asaltar, en resumen, una casa de «ocupas» donde viven tres niños, en nombre de Fidel, a media mañana, en un barrio pobre de La Habana.

Más que cualquier detención arbitraria de las que se reportan cada día, más que cualquier salida callejera de los precarios, por frágiles y desinformados, movimientos civiles cubanos, este «repudio» de una familia deja sin ningún argumento sobre la dignidad de la Revolución Cubana a sus propios defensores.

Muchos opinadores conocidos por su apoyo al gobierno, dijeron que esto fue demasiado incluso para ellos. La mayoría de los periodistas e intelectuales, por supuesto, prefiere mirar a otro lado y desentenderse de la «continuidad» violenta que también abrazan los sucesores de Fidel. A su modo, también lo rechazan. En estos casos callarse es desaprobar. 

«Patria y Vida» dice la nueva consigna anticastrista «made in Miami» que Anyell Valdés escribió en la fachada de su casa. La tacharon con pintura azul y con el mismo color escribieron «Patria o Muerte». En las últimas semanas regresó también al discurso antigubernamental el lema de la República, «Patria y Libertad», con toda la hipocresía mambisa y liberal que quieren resucitar.

Todo el que diga «patria» se condena a la repetición. Es una palabra viciada, que no es nuestra, de la gente. Nunca fue una noción abstracta y pura. Siempre se refiere el proyecto puntual de un grupo que intentará, por hacerlo posible, imponérselo a los demás con tintes sagrados.

Anyell Valdés y su familia no tienen patria, no la tuvieron. Ni nosotros la tenemos. La única vez que los «ocupas» tuvieron un trozo de patria, entendida como un hogar tolerable, fue con la Revolución Cubana que ahora los «repudia».

La generación de Fidel inventó el «acto de repudio» igual que la Campaña de Alfabetización. Dice Anyell que los que gritaron consignas eran los maestros de sus hijos. El gobierno castiga con la misma mano que acaricia. Vacuna a estos niños y luego los aterroriza. ¿Qué gesto anterior o posterior al «repudio», el más filantrópico que se les ocurra, puede justificar el castigo de ellos en nombre de todos?

La contradicción más lamentable de la Revolución Cubana fue hacer una justicia demasiado trascendental, ocupada en resolver los grandes problemas y sujeta a los ánimos políticos, sin constituir un verdadero derecho con garantías para estar como ciudadanos. Esa incoherencia está liquidando ese proyecto social, esa patria, como las demás fueron liquidadas en su día.

La patria hace estas cosas. Este es el «acto de repudio» de la patria. Se hace en La Habana y se hace en Miami. Allá se llamaba «el parón». Los que invadieron la casa de Anyell conservaron su trabajo y recibieron el salario de ese día. Los que ensuciaron los bustos del infeliz Martí y cayeron a pedradas a las tiendas, cobraron y fueron a la cárcel.

Expatriarse es una solución paradójica. Se trata de llevarse la patria a otro lado, no de dejarla. Los que se van, se quedan con las mismas nociones. La meta más razonable tiene que ser «despatriarse» y quedarse aquí, los que tengan ganas, mirando lo que nos pasa y proyectando un espacio colectivo que sea habitable. Las viejas metáforas apasionan, por nostalgia burguesa, porque poetizar anima, pero no sirven de nada.

Maykel González Vivero

Maykel González Vivero

Periodista.

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