«El Rafa»: Una historia de personas LGBTIQ+ en prisión, la «reinserción social» y la locura que resulta este país


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«El Rafa» (Fotos: María Lucía Expósito)

En la calle 21 del Vedado vive un tipo peligroso para algunos por su manera frontal de asumir la vida. Casi nadie, apenas un puñado de gente, sabe que su verdadero nombre es Rafael Emilio López Téllez. En el Vedado, en las calles de La Habana y un poco más allá, todo el mundo lo conoce por «El Rafa» y en algunos casos por «El Chino».

Si alguien puede contar la historia de los últimos 30 años de esta ciudad, perdón, de este país, ese es «El Rafa». A sus 55 años jamás ha salido de Cuba, pero ha estado en lo más profundo de ella: el tanque. Aquí, «a pesar de vivir en esta mierda», como afirma, no necesita nada más que ponerle a Francis, su madre, un plato de comida todos los días, zapatearle sus medicamentos y tomarse «un rifle» de ron.

«El Rafa», que jamás ha dado una entrevista, conversó con Tremenda Nota sobre varios temas relacionados con él mismo y la comunidad LGBTIQ+ dentro de los centros penitenciarios. De igual manera, habló de su experiencia con la política de «reinserción social» al salir de prisión.

«Hermano», dice Rafa con una de las frases que más lo acercan a cualquier extraño, «llevo casi toda mi vida en el Vedado, desde el año 76. Yo soy de Santa Clara, pero vivo en zona hace mucho. Del 86 al 90 fui a parar a Buena Vista. Me casé con la madre de mi hijo y pues nada, luego estuve alejado de mi casa por problemas, caí preso en el año 90».

Fue acusado por el delito de tráfico de drogas y sancionado a 10 años de prisión. «Es decir», explica, «me pidieron esa caterva de años, pero la petición fiscal vino por 3 porque yo realmente en sí no tenía nada que ver con la historia que me querían achacar. O sea, no estuve implicado en ningún tráfico».

Rafa pasó por distintos centros penitenciarios del país: «Bayamo, Manzanillo, otra vez Bayamo, luego me trasladan a La Habana, Combinado del Este, Ivanov». Hasta que se evadió, como en una película western.

«De los 10 años, estuve preso desde el 90 hasta julio del 94, cuando me fugo. Me paso 4 años y 6 meses fugado. Me cogieron nuevamente en enero del 99 y estuve preso hasta el 2002. Salí de libertad condicional debiendo 2 años con 8 meses a la justicia». Se ríe, enciende un cigarro, inhala, exhala y cuando parece que va a decir algo grande, confirma: «Fueron casi 5 años fugado, tranquilamente».

Al preguntar por la vida de las personas LGBTIQ+ en las prisiones cubanas, Rafa contesta: «Bueno, de entrada, esa palabra que me estás mencionando, elegebé…» Le digo las siglas correctamente y no me deja terminar. «Esas mismas… no existían. Eso es inexistente en el año 90, aunque yo sé lo que son, pero es algo muy reciente».

«En esos momentos no se manejaban los términos de ahora. Eras maricón y eras maricón, nada más que eso. La vida de un maricón allá dentro es realmente muy triste, muy difícil. Allá dentro, se mariconizan por un poco de comida, por cigarros, por miedo», dice.

«Se enfrentan a un mundo súper hostil y una de las maneras de sobrevivir es “mariconizándose” allá dentro. ¿Tú me entiendes? Cuando te mariconizas, te coge un tipo y ya sabes: eres la lavandera, la fregadora de ese tipo».

Uno de los mitos más difundidos sobre las prisiones, sobre todo divulgados por la literatura o el cine, es el hecho de entrar allí y ser escogido como «presa» de otro reo.

Rafa explica: «El que quiera hacerlo es porque lo quiere hacer. De hecho, hay leyes que, digamos, te protegen en ese infierno. Hazte la idea que tú seas un chico muy lindo, muy joven, muy riquito, y que dos o tres quieran singarte. Te meten una cañona y, pues nada, puedes ir y acusarlos dentro de la prisión, porque hay leyes para eso. Todo el mundo sale con una acusación y son penados por este acto de violación y todo lo demás. Personalmente no fui testigo de nada de eso. Eso casi no sucede o casi no es denunciado, porque uno no quiere buscarse una pila de años más».

«Allá en Granma, por ejemplo, se estipulaba que el bugarrón tenía su maricón». En palabras de Rafael, los maricones podían incluso ser apostados en un juego como parte de las pertenencias de esos bugarrones.

«Toda la vida este mundo ha sido y es bastante complicado respecto a la homosexualidad. Incluso es un mundo difícil para los propios gays allí dentro. La situación del mundo elegebeteicú sigue siendo una total mierda. Aquí en este país no hay quien saque la cara por nadie. Todos los presos son presos, no hay condescendencia ni distinción. Da lo mismo que seas blanco, negro, amarillo, tortillera, maricón, lo que sea. Eres un número más de los recuentos», dice.

En las cárceles cubanas de los 90, ser positivo al Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) era una opción para algunos. Rafa lo vio en el Combinado: «4to Sur Edificio 3. Todo aquel que estaba condenado a largas penas, pedía una jeringuilla con sangre a aquellos chicos con VIH. Te mandaban una jeringuilla. Tú te inyectabas y al momento…»

«Recuerda que estoy hablando de los años 92 o 93, cuando morirte de Sida (Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida) era algo normal. Te subían para el edificio de los sidosos. ¿Por qué hacían esto? Allá dentro tenían una comida mucho mejor, un poco más de libertades. Ya no estaban encerrados en las celdas, sino en largos pabellones. Fabricaban sus propios vinos y los vendían en el edificio. Una vida un poco más loca», recuerda.

«Todos andaban medio encueros y hacían orgías, según yo escuchaba los cuentos. Nunca lo vi, aunque uno de mis consortes de causa, que fue pantrista, les llevaba comida y me hacía los cuentos.  El despelote más increíble del mundo. La gente que se inyectaba a veces moría más rápido que los que entraban al penal con la enfermedad».

El sistema penal cubano y la Dirección de Establecimientos Penitenciarios defienden la tesis de que la prisión es un espacio donde los reclusos pueden adquirir valores sociales, morales y éticos.

La respuesta de «El Rafa» a esta idea es rotunda: «Falso. Tú estás viviendo dentro de la marginalidad. Donde todo es pura subsistencia, donde estás compartiendo casi la misma respiración con otro igual que tú, es imposible que eso suceda. En sus cabecitas podridas no hay un solo valor que valga la pena, y te debes convertir en eso el 95 por ciento de las veces para sobrevivir».

«Hace unas semanas fue el aniversario no sé cuál de la Dirección de Establecimientos Penitenciarios. En la televisión pusieron a un militar de alto rango avalando y enalteciendo estos sitios y la reeducación como medio para la resocialización. Eso es una mentira colosal», insiste.

Según la política penal cubana, cuando un reo está próximo a cumplir su sentencia se le ofrecen ciertas facilidades para una futura vinculación laboral. En el caso de Rafa, cuando salió de prisión en el 2002, no tenía dirección legal en La Habana.

«Mi madre no podía seguir yendo a verme a Bayamo. Me hizo un traslado por dirección a donde vive una parte de mi familia, en Las Tunas. Tuve que hacer trámites, registro de propiedad, carné de identidad, ¡rinrán! En fin, finalmente obtuve de nuevo mi residencia en el Vedado, en la calle 21».

«En el Tribunal Municipal de Plaza existía un señor, creo que todavía existe, el juez de ejecución. Este hombre se reunía junto con el jefe de sector de la policía, los veteranos de guerra, la Asociación de Combatientes, la Federación de Mujeres Cubanas y los que ellos llaman “factores”», cuenta.

«Esa reunión fue en 21 y 12, en la esquina de mi casa. Allí se encuentra esa casita, que le llaman “La Zona”, donde radicaba el jefe de sector. Yo tenía con ellos una reunión mensual. Para la primera que asistí todavía no trabajaba. Empecé un trabajo particular en 21 y 4, una esquina llena de cafeterías. Inmediatamente me dijeron que no podía trabajar allí porque ningún sancionado y más estando pendiente, bajo libertad condicional, podía trabajar como cuentapropista. Tuve que salirme», lamenta.

«El Rafa» cuenta que en esa primera reunión con los factores de la comunidad fue el último en hablar. «Mis palabras fueron sencillas: “Como ustedes escucharon al jefe de sector, mi madre tiene 40 enfermedades, tiene que comprar sus medicamentos, tiene que pagar las cosas de la casa. O sea, que al final no le queda nada. No soy cosmonauta, no soy médico, no soy nada. Solo quiero trabajar para poder comprarle a mi hijo y a mi madre un refresco y un plato de arroz con frijoles».

Luego de aquella reunión comenzó a trabajar en la remodelación de la fábrica de tabacos Partagás. «Eso me lo consiguió el jefe de sector. Pero, en conclusión, uno no sale con ningún puesto de trabajo, quizás haya algunas variantes, pero no. Si sales cumplido, a ellos les tiene sin cuidado. Si estás de libertad condicional, hay otras regulaciones porque tienes que ir a firmar cada semana a la policía, ir a ver de vez en cuando a ver al jefe de sector o al juez. Quizás te consiguen algo en áreas verdes, en comunales».

En el 2002 Fidel Castro impulsó el proyecto «Manos a la obra» para la reparación de centros escolares. Rafael logró meterse en una brigada de la construcción. «Estuve por allá por el Caballo Blanco, reparando una escuela, en San Miguel del Padrón. Luego, en el 2003 trabajé en la construcción del edifico Atlantic, en malecón». El jefe de sector estuvo todo el tiempo pendiente de su caso.

«El Rafa» terminó su botella de alcohol con frutas fermentadas y ya se fumó una caja de cigarros Criollos que sacó de abajo de la tierra. Agradece haber compartido un rato con el equipo de redacción de Tremenda Nota. Pide ir al baño. Al salir pregunta, riéndose, cuándo nos volveremos a ver: «Es decir, para seguir hablando de toda esta locura, porque todo esto es una locura».

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