El poema de la «puta mercenaria»


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(Foto: María Lucía Expósito)

En el 8 de marzo, un día de lucha y empoderamiento, este poema es mi regalo para todas las mujeres que como yo son reprimidas por el poder del Estado.

En los últimos tiempos, muchas mujeres hemos sufrido en Cuba la violencia machista ejercida desde los cuerpos represivos.

Yo reniego de ser una víctima, no vengo a contar la historia de cómo estoy sin casa y utilizan calificativos conmigo al estilo de «puta mercenaria».

En los momentos en que Cuba debate un Código de las Familias sumamente progresista, por el que muchas de nosotras hemos luchado, es inconcebible que en las sombras las autoridades utilicen todas las armas machistas posibles, para reprimir a las mujeres que disienten.

Sin nombre

A Mel Herrera, a mis hermanas

Esta mañana hay pájaros que no podrán enjaular,

árboles inmóviles ajenos a sus leyes,

una soprano entonando notas imposibles,

gente anónima en las calles,

un cuadro bruto en la pared.

Esta mañana estoy yo

en ciertos meridianos,

perfectos pedazos de aire

que entran y salen

y está mi cuerpo,

que late aunque lo empujen

y están mis manos

capaces de asustarles.

Mis manos acariciando al perro del vecino,

acariciando toda superficie que late,

partículas que realmente no se tocan,

porque dice la Física que un beso no es un beso,

que no existe el roce entre las partículas

y que ustedes no podrán tocarme,

aunque me archiven y clasifiquen y pongan sobre mi cabeza

el adjetivo que más les convenga.

Dice la naturaleza que ustedes van a morir

y van gastando el tiempo

en enterrar gente viva,

en tocar cosas sagradas

como el amor

y las madres. 

Yo les digo,

soy débil

como estas manos,

como una flor de Pizarnik al borde del acantilado. 

Palpo el mundo como ellas

y hay muchas manos que aprietan las mías

y tengo una madre

con fecha de vencimiento,

que nació en otro siglo

y aún así,

comparte las utopías que me arropan,

porque las tejió ella

desde que me dio su seno,

y habló de la muerte.

Tengo un hermano al que ustedes le hacen lo mismo

y mil hermanos presos

y cientos en las calles.

Yo tengo la palabra,

dos manos

y una boca,

para decirme libre

y escribirlo si hace falta.

Ustedes tienen leyes,

adjetivos,

edificios,

que a fin de cuentas mueren:

los archivos no florecen. 

Soy dueña de palabras como árbol,

cristal,

niña

y verso.

Ustedes son dueños de expediente,

desacato

y arresto.

Palabras que no sonríen.

Pensé en algún momento:

«Mi lucha era la suya,

pero es que yo no lucho por cosas que se mueren».

Yo lucho por la madre

que amamanta en los solares,

por la mujer que anoche fue golpeada

y grita auxilio,

porque mi amiga Mary,

no tenga que aclarar:

 «Perdón, soy Marlon»

y no se prostituya para comprar zapatos,

e incluso,

si lo hace,

que sea libre y digna,

y no con tu moral mordiéndole los pies. 

Yo lucho por mi ekobio,

el Pablo de la cuadra,

que vende lo que sea

y quiere irse bien lejos.

Lucho porque «mujer»

no sea algo que se asigna,

porque la gente entienda

la belleza en no estar de acuerdo,

por quitarle a la unanimidad el derecho de apalear a los que no usan uniforme.

Por la gente que añora hasta el fango de su barrio,

por los que desterraron

en nombre de consignas,

por los que no escucharon a tiempo unas disculpas,

y decidieron odiar

igual odian ustedes.

A fin de cuentas,

ambos extremos se parecen.

Unos gritan alto

y otros tienen armas.

Yo lucho por este día en que soy feliz,

por esta sensación de darme cuenta de ello.  

¡Soy feliz!

Tengo en mi cara el arma más poderosa

y se asoma,

se abre,

me río a carcajadas.

Corran ustedes por sus vidas.

Lisbeth Moya

Lisbeth Moya

Periodista feminista y militante de izquierda

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