El nuevo hotel «LGBTIQ+ friendly» de La Habana: ¿Es respetuoso lucrar con la discriminación?


1,541 Vistas
Personas trans en la zona turística de La Habana (Fotos: María Lucía Expósito)

La apertura de un hotel «LGBTIQ+ friendly» en La Habana contrasta con la deuda histórica y la falta de garantías legales y de derechos para con esta comunidad.

En medio de la fuerte tensión que hay entre activistas por los derechos sexuales y reproductivos y grupos conservadores y fundamentalistas religiosos, el Estado cubano una vez más se sienta a ver el mundo arder. Mientras unos se enfrentan a otros, prioriza sus intereses económicos y políticos.

Nada ilógico en una economía cuyo principal renglón, el turismo, se ha visto afectado por la situación epidemiológica del covid-19, por el bloqueo/embargo estadounidense y por la tozudez, falta de transparencia, burocracia, violaciones y malas decisiones de sus propios dirigentes.

No creo que con este hotel se pretenda solventar todo el déficit económico, pero sin dudas forma parte del plan para aliviarlo: turismo LGBTIQ+ o turismo «gay». En otras palabras, como diría mi amiga Librada González, consiste en lucrar con nuestro «trauma». El trauma o el daño a nivel social, emocional, psicológico y económico que algunas personas de la disidencia sexual nos hemos ganado por vivir según nuestra identidad de género y nuestra orientación del deseo romántico/sexual, ahora más que nunca convertidas en un producto rentable y conveniente para el cine, la televisión, las marcas de ropa, la prensa, la fotografía. También para los Estados. Así, el Estado cubano da una imagen de inclusión y de respeto por las personas LGBTIQ+.

El mayor respeto que ahora mismo pudieran demostrar los funcionarios cubanos por las disidencias sexuales y de género, no es construir un hotel bajo nuestras reglas y normas, o bajo leyes que nos protejan. Es atender y solucionar las principales demandas de esta ciudadanía, que en materia de unos derechos específicos está en desventaja histórica con respecto a otra parte de la ciudadanía, aunque coincidamos en la ausencia de tantos otros.

No es respeto por los derechos de las disidencias sexuales, por ejemplo, que el matrimonio igualitario, la reproducción y adopción homoparental se lleven a referendo en el Código de las Familias, que el contenido del anteproyecto de ese Código se desconozca, y que encima en la comisión encargada de redactarlo y de presentarlo al parlamento no haya una persona abiertamente LGBTIQ+. Ni que el activismo independiente sea demonizado, descartado y que ello implique citas, interrogatorios y violencia policial.

No es respeto por nuestras vidas que las personas trans tengamos una única institución, ubicada en la capital, el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), donde se nos brinden los servicios de atención integral a la salud y una única endocrinóloga.

Desde antes de la pandemia se suspendieron las operaciones genitales sin que la institución rindiera algún tipo de cuenta por tal decisión. Con la pandemia empeoró todo, no hemos tenido acceso a la salud integral. Al no permitirse la movilidad interprovincial y existir una única institución que nos la brinda, se cancelaron las consultas de endocrinología, los análisis para monitorear el impacto de las hormonas en la salud y el nivel de los valores hormonales. Es difícil acceder a algunos medicamentos que son parte de la transición de género y que solo son expedidos en la capital.

No habrá respeto mientras no exista un procedimiento sencillo a través del cual podamos tener derecho a cambiar de manera legal nuestro nombre y género acorde a nuestra identidad, sin pasar por una normativa patologizante, médica, anticuada, sexista ni por una operación de manera obligatoria. No lo habrá mientras falten estudios y cifras que hablen de la desigualdad económica de las personas LGBTIQ+ en general, factores raciales mediante, debido a la discriminación laboral y social, y de planes o intentos de reparación.

Entre legislar y darle solución inmediata a estas problemáticas, lo más sencillo es construir un hotel. No obstante, yo rescato la necesidad de que tengamos espacios propios, libres de violencias y de personas con identidades de género y orientaciones sexuales hegemónicas. Espacios bajo nuestras reglas y sin tutela.

Solo quien ha vivido experiencias desagradables, insultos, rechazo en espacios privados, bares, restaurantes, discotecas, incluso en la misma vía pública, entiende la necesidad de construirse una especie de refugio entre pares, donde tenga que preocuparse entonces de lo que tiene que preocuparse el resto de la gente, las colas, la criminalización del disenso, el desabastecimiento alimenticio, los precios, la crisis del dólar, y no de ser discriminada o, en los peores casos, violentada.

A la directora del Cenesex, Mariela Castro, sus voceros y personas allegadas le han escuchado decir que a ella no le gustan los «guetos». Y claro, es perfectamente lógico que ella, una mujer cisgénero, heterosexual, hija de Raúl Castro y perteneciente a la cúpula del poder, no sienta necesidad de un espacio donde se sienta segura.

En una ocasión la escuché en primera persona afirmar que ella no dice «comunidad LGBTIQ+», sino que prefiere hablar de comunidad «LGBTIQH», «H» de heterosexuales, y agregó, como algo muy obvio: «es que todos somos una gran comunidad», como si eso fuera realmente obvio o tenido en cuenta por todas las personas. Una afirmación de ese tipo es demoledora, algo parecida a la expresión «ni feminismo ni machismo» y a otros disparates del mismo estilo. Desarticula el movimiento y borra las experiencias y las reivindicaciones de cada identidad refugiada ese amplísimo paraguas. Es, en resumen, una especie de «Todas las vidas importan», como si todas las vidas importaran realmente o como si repetirlo, como un mantra, hiciera alguna magia.

Un hotel inclusivo, como la inclusión en general, no es garantía de nada. Como inclusión al fin lo que hace es incluir, no descarta nada, no dinamita el complejo de opresiones, lo deja igual de opresivo. No va a acabar con la discriminación ni con el odio por motivos de raza, orientación sexual, identidad de género o territorialidad, porque para que eso ocurra la que tiene que acabar es la sociedad que discrimina por dichas razones. Las leyes no nos salvan tampoco de nada. Las leyes antidiscriminación nos aportan, cuando más, un poquito de tranquilidad social, que lo comparo con el efecto placebo en la medicina. Solo son un parche y alimento para el odio y el pánico moral en torno a las personas que pretenden proteger.

Esta es una manera mía de ver actualmente la inclusión y las leyes de no discriminación, que no es la misma de quienes plantean que no deberían existir, porque a diferencia de las mías, sus razones tienen bases en el racismo y en el rechazo a las personas LGBTIQ+. Gente que quiere ser racista, homofóbica, machista, tránsfoba y xenófoba con toda la libertad del mundo, porque ahora la libertad de expresión consiste en ser todas esas cosas. Donde se recurre a algo de lo anterior para expresarse en nombre de la libertad, considero que ahí realmente lo que no hay es mucha libertad. Las fobias y el odio son cadenas. Ahí nadie se debería hospedar.

Mel Herrera

Mel Herrera

Escritora y activista

Comments (1)

  • Avatar

    EZapo

    |

    Muy bueno. Al margen del tema del hotel, el Gobierno debe dar soluciones inmediatas a las urgentes y vitales necesidades de la población LGTBIQ cubana.

    Reply

Haz un comentario