El Martí de Carolina Barrero o Cómo la burocracia cubana se construye un «caso Hasel»


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Carolina Barrero y su cartel de José Martí (Imágenes: Facebook)

Hoy, en Cuba, la censura no pasa por la imposición de una visión artística sobre otra, sino sobre el contenido de la obra. En el escenario actual, cuando el país vive su mayor crisis económica en treinta años, la censura solo ayuda a que el descontento social crezca y sea monopolizado por la derecha.

El pintor ruso Vasily Kandinsky sufrió la intolerancia política mucho antes que sucedieran las purgas estalinistas. El constructivismo se imponía con su discurso de propaganda política y la obra plástica de Kandinsky, que intentaba dibujar la música, fue quedando cada vez más relegada, al punto de ser excluida casi por completo del circuito artístico. Un proceso similar, por las mismas razones, sufrió Marc Chagall. Cercados por la intolerancia, ambos terminaron abandonando la Rusia soviética.

El autoexilio de Kandinsky y Chagall, más que el triunfo de una corriente artística sobre otra, fue la imposición de una ideología sobre aquellos artistas renuentes a entregar por completo su arte a la Revolución. Es de sobra conocido que tras la llegada de Stalin al poder y sobre todo con Zhdánov, Gorki y compañía controlando la casi totalidad de la producción cultural, lo vivido por Kandinsky y Chagall alcanzó niveles criminales. También es conocido que, de una manera u otra, el fenómeno de la intolerancia política con artistas e intelectuales se repitió en todos los países que intentaron construir el socialismo.

En Cuba, un grupo de hechos recientes pareciera confirmar la afirmación anticomunista de que la censura y la limitación de derechos ciudadanos es inherente al socialismo.

El pasado 3 de febrero, la policía incautó a la historiadora del arte Carolina Barrero varias reproducciones de un dibujo de José Martí con los versos «Dos patrias tengo yo Cuba y la noche. / ¿O son una las dos?».

Barrero fue acusada por el delito de «clandestinidad de impresos», tipificado en el artículo 241 del Código Penal: «El que confeccione, difunda, o haga circular publicaciones sin indicar la imprenta o el lugar de impresión o sin cumplir las reglas establecidas para la identificación de su autor o de su procedencia, o las reproduzca, almacene o transporte, incurre en sanción de privación de libertad de tres a nueve meses o multa de hasta 270 cuotas».

Un mes y dos semanas después, detenida varias veces sin explicación en ese plazo, a Carolina Barrero no se le ha notificado todavía si será juzgada o no.

Como es lógico, la «culpa» de Carolina Barrero no solo se debe a un par de versos y a un dibujo que la censura interpretó como una temible arma subversiva. En realidad, se intenta hacerle pagar su desafiante postura política. O sea, haber participado en los sucesos del Ministerio de Cultura el pasado 27 de enero, donde llevó a cabo la «terrible acción» de leer en voz alta poemas de José Martí. Y, sobre todo, que después entregara, personalmente en el parlamento, una carta exigiendo la dimisión del ministro de Cultura.

Nos encontramos ante una situación doblemente riesgosa. Primero, no solo se viola los derechos de una ciudadana, pues Carolina Barrero ya declaró dónde imprimió los volantes y asumió su autoría, sino que lanza el grave precedente del temor a imprimir documentos, sobre todo en negocios privados. En la práctica, el artículo 241 del Código Penal es hoy improcedente por completo. Decenas de locales autorizados por la ley se dedican a realizar todo tipo de impresiones.

Procesar a Carolina por esta razón, marca una peligrosa discrecionalidad en la aplicación del citado artículo pues, en teoría, todos los textos impresos en dichos lugares serían susceptibles de ser «clandestinos», ya que ninguno de estos negocios tiene un sello de imprenta que los identifique. A su vez, quedan también en tela de juicio las impresoras digitales que cualquiera pueda tener en casa.

Ya viéndolo con pragmatismo político, en el caso de que Carolina Barrero fuera llevada a juicio, o peor aún, terminara sancionada a privación de libertad, se estaría ante las puertas de una nueva crisis política como la vivida el pasado 27 de noviembre frente del Ministerio de Cultura, e incluso mayor.

Por si fuera poco, las autoridades han continuado hostigando a Carolina Barrero, construyendo ellos mismos la figura tan temida por todo gobierno: la mártir transformada en causa política.

Carolina Barrero es, ante todo, una intelectual, y por tanto encarna en su persona la dicotomía «creador censurado vs. Estado censor», el detonante que generó las grandes tensiones del 27 de noviembre de 2020. Su imagen no está vinculada con ninguna organización política, alejada por tanto de los típicos discursos de la oposición derechista.

A esta nueva figura política que es Carolina Barrero, se incorpora además la oposición, tan estimulante, «mujer vs. Estado patriarcal», en un escenario donde se exige una Ley Integral contra la Violencia de Género. La imagen de Carolina Barrero (mujer) frente al Estado (hombre maltratador) se siente muy movilizadora. Con su sola presencia, Carolina Barrero echa abajo al héroe macho caudillo representado por los opositores Luis Manuel Otero Alcántara y José Daniel Ferrer.  

Se añade la ventaja de que Carolina Barrero es una mujer joven, enfrentada a un gobierno que sigue siendo percibido como gerontócrata. Visto desde una perspectiva comunicacional sexista, que desgraciadamente todavía causa impacto en las mayorías, Carolina Barrero cumple con los cánones estéticos establecidos por la cultura occidental judeocristiana para aparecer como una heroína aceptada y deseada.

En resumen, su enjuiciamento, o lo que puede ser peor, su condena, pudiera resultar un gravísimo y muy costoso error político para el gobierno cubano.

Carolina Barrero (Foto: Facebook)

¿Cómo justificar que una joven intelectual ha sido procesada por imprimir un dibujo con un par de versos? Solamente el juicio generaría una gran tensión política: el alegato de Carolina ante los fiscales, el show mediático del diario reporte de lo sucedido en los tribunales. Y, sobre todo, tengamos en cuenta ese factor decisivo, la sensibilidad y justa solidaridad que se generará hacia ella entre la intelectualidad cubana e internacional.

Esta sucesión de hechos, solidaridad, divulgación y protestas, acaba de tener lugar en España cuando un joven rapero, Pablo Hasel, fue condenado a prisión. Todo el proceso ante las cortes y la posterior ejecución de la sentencia, produjo fuertes manifestaciones callejeras que duraron más de una semana. 

La imagen mujer intelectual procesada por el Estado macho y censor, despertaría una ola internacional de sinceras reacciones en el sector de las artes y la intelectualidad, sin olvidar nunca la tremenda manipulación política que desatarán las derechas imperialistas y sus medios de prensa.

Según la misma Carolina Barrero ha publicado en su cuenta de Facebook, las autoridades tienen hasta el 24 de marzo para darle a conocer la decisión de juzgarla o no. Durante estos días sabremos si el gobierno supo, no solo respetar los derechos ciudadanos de una persona, sino tener la habilidad política de librarse de una crisis incalculable.

Quienes nos ubicamos en las izquierdas cubanas, marxistas o no, militantes del Partido Comunista de Cuba o no, debemos estar muy atentos a lo que suceda y saber qué hacer.

Además de presionar desde la solidaridad efectiva para evitar la condena de Carolina Barrero, será imperativo evitar que las derechas monopolicen cualquier protesta, y por tanto, las legítimas reivindicaciones ciudadanas.

Aunque la derecha no tiene un programa político estructurado, durante estos meses lanzó una fuerte y efectiva campaña en las redes sociales. Es una propaganda tan bien construida que a veces resulta difícil distinguir cuándo comienza una espontánea reacción a la crisis y cuándo es una respuesta organizada desde la derecha.

En consecuencia, los censores y sus jóvenes colegas aspirantes a funcionarios, incapaces de distinguir matices ya sea por incapacidad de análisis o por oportunismo, abren fuego contra toda expresión crítica, provocando que quienes la emiten, muchas veces, se desplacen a la derecha.

La difamación de la censura ha caído sobre publicaciones de izquierda como La Joven Cuba o de activismo LGTBIQ+ y estricto rigor periodístico como Tremenda Nota. Por no hablar de cuando se aplica la represión, como fue el interrogatorio extrajudicial realizado al activista Raúl Soublett o las continuas detenciones de Carolina Barrero, una de las cuales carga con el agravante de haber ocurrido el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.

Desde la ingenuidad política, algunos pudieran preguntarse ¿qué tiene de malo que la derecha encabece el descontento? Inevitablemente, las protestas derivarían en un profundo anticomunismo que intentaría ir contra toda representación y propuesta socialista.

Pensemos además qué programa económico nos traería la derecha, que hábilmente lo oculta con consignas populistas. Pero no se trata solo contener a la derecha. Asumirlo así es regalar la iniciativa al contrario, y, tarde o temprano, entregarle la victoria.

La propaganda de la derecha avanza porque sus medios hablan al pueblo publicando los problemas del pueblo y las noticias, falsas o no, que le son negadas al pueblo. La propaganda oficial retrocede porque se dedica a responderle a la derecha, a descalificar a los medios de prensa que publican, falsos o no, los problemas del pueblo y las noticias, falsas o no, prohibidas al pueblo. La propaganda oficial tiene que dejar de ser una plataforma eficaz para la divulgación de la propaganda derechista y retomar su función principal: ser un tribuno interlocutor del pueblo.

En Cuba los actores políticos no se encuentran, ni mucho menos, en dos bandos. Empezando porque, a diferencia de décadas atrás, la oposición no está controlada exclusivamente por la derecha, sino que también aflora una izquierda, crítica con el gobierno, pero apegada a la legalidad socialista. Carolina Barrero es uno de estos ejemplos. Su principal exigencia es el cumplimiento estricto de la Constitución.

Quienes excluyeron y silenciaron a Kandinsky y Chagall del circuito artístico ruso, obligándolos a emigrar, fueron principalmente los exponentes del constructivismo soviético. Como ya nos ha recordado recientemente el historiador cubano Frank García, dos grandes constructivistas fueron perseguidos por el estalinismo: Malevitch llevado a prisión durante meses, a riesgo de ser ejecutado, y, Gustav Klutsis, finalmente fusilado en Moscú. Si las izquierdas cubanas no abandonan la antropofagia política heredada del estalinismo, será la derecha quien terminará devorándonos.

Si a lo largo de 2021 Cuba no vive un escenario de tensión política similar, o más grave, que el sucedido el 27 de noviembre de 2020 cuando cientos de intelectuales y artistas se plantaron frente al Ministerio de Cultura, el pueblo cubano y su Gobierno habrán superado el peor año de la crisis en una calma de dientes apretados Esto parece más complejo que un cuadro de Kandinsky, intentando graficar la música.   

Contigo, Carolina Barrero (Cartel: Facebook)

*Este artículo apareció originalmente en Comunistas Blog. Fue editado por Tremenda Nota con el consentimiento y la colaboración del autor.

Olimpo Fonseca

Olimpo Fonseca

Un comunista

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