El hijo del primer ministro es pájaro (y vuela en un jet privado)


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Manuel Alejandro Marrero Medina. Foto: Instagram

Manuel Alejandro Marrero Medina no es el recién nombrado primer ministro de Cuba. Es el hijo. No obstante, ha generado más notas de prensa y comentarios en las redes sociales que su padre, un empresario al servicio de Gaesa, el conglomerado de empresas militares que gobierna la economía cubana. 

Por no alcanzar a mirar donde querrían, a las cuentas de los discretos coroneles machos, los cubanos hablan de lo que se sabe, de Marrero hijo, que no es un hombre a la medida de la tradición.

Como cualquier millennial, Manuel Alejandro publica cada paso que da. En Facebook o Instagram todos se enteran si va a hoteles con frecuencia o si da una vuelta por Estados Unidos para ver a su madre. También se enteran sin esfuerzo, porque todo está a la vista, de sus viajes a bordo de un avión privado que han usado los principales políticos cubanos.

Manuel Marrero, primer ministro de Cuba. Foto: Cubadebate.

Manuel Marrero, Primer Ministro de Cuba. Foto: Cubadebate.

Manuel Alejandro se graduó de Estudios Socioculturales y trabaja en una sucursal de las mismas empresas militares para las que ha trabajado su padre. No hay modo de explicar por qué una persona común y corriente viajaba precisamente en ese avión con matrícula venezolana.

Pedir explicaciones por el gasto injustificado del presupuesto público está bien. Es una tradición que necesitamos recuperar en Cuba. Llamarlo corrupción, aunque no esté verificado, es admisible. Todo indica que la hay. En el caso de Manuel Alejandro, esas denuncias fueron hechas y esas explicaciones fueron pedidas, pero no como corresponde.

Decenas de usuarios de las redes sociales, cientos tal vez, compartieron todas las fotos del hijo del primer ministro que pudieron hallar y las acompañaron con calificativos elegidos para insultarlo no solo por tratarse de un probable beneficiario de corrupción.

Manuel Alejandro Marrero Medina es pájaro como los cientos de manifestantes que el 11 de mayo de 2019 marcharon por La Habana hasta que el gobierno desembarcó sus antimotines.

Señalaron cómo luce, qué poses gasta, qué aficiones declara tener. A Manuel Alejandro le gusta el maquillaje. Ser corrupto está mal, pero ser femenino lo empeora. Con la saña de la machanguería cubana lo llamaron maricón. Algunos prefirieron decir «lánguido» o «bitongo», que son viejos eufemismos usados en este país para denigrar a alguien por maricón al fin y al cabo.

Yo me parezco a Manuel Alejandro, si obviamos el jet. No me maquillo porque ando apurado. Algunos perfiles de la Seguridad del Estado me han llamado «maricón» o «yegua» en Facebook y Twitter, en el mismo tono que usaron algunos demócratas para señalar al hijo del primer ministro.

Las bajas pasiones de algunos debates públicos dejan pocas esperanzas de salud a la futura democracia cubana. El morbo de asomarse a la vida sexual de los emplazados y hacer comidilla de un video o una foto privados, es un cebo común que nos ofrecen la Seguridad del Estado y cierta prensa amarilla.

Quieren ver desnudo al enemigo, saber con quién se acuesta, cómo se masturba. Creen que el sexo nos deja en ridículo o que la orientación sexual, la identidad de género, son buenas razones para bromear.

Esta manera anticuada de debatir perjudica a quien emplaza también. Pedir cuentas es un arte que requiere un tono, unas armas, una actitud. Que los partidarios del gobierno y los enemigos del gobierno compartan estas estrategias nos aleja de los debates que podrían edificar una democracia cubana.

Manuel Alejandro Marrero Medina es pájaro como los cientos de manifestantes que el 11 de mayo de 2019 marcharon por La Habana hasta que el gobierno desembarcó sus antimotines y les impidió seguir. Ser «lánguido» ya no será un insulto admisible en este país, donde tantos «rudos» se quedan en casa, se mudan a Miami o trabajan para Gaesa.

Falta ver, como al principio, qué hacemos con el avión.

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Maykel González Vivero

Maykel González Vivero

Periodista y activista LGBTI. Tuvo un blog mientras se lo permitieron y se llamaba El Nictálope, porque siempre ha presumido de ver bien, como algún animal de la noche. Echa de menos la radio y el insomnio que le favorecía antes para escribir. Ahora escribe cuando puede, donde puede colaborando con varios medios cubanos y extranjeros.

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