El heterosexual que se me rompió


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(Ilustraciones: Polari)

Ese junio hacía un año que yo había salido del clóset. Un poco turbulento todo. Fue a los 20 años rompí el clóset. El pelo se me incendió, rojo fuego, y así peregriné hacia el centro de Cuba.

De Ciego de Ávila mejor ni hablo. La de guaguas que perdí por andar en pajarerías y fletes. A mi regreso, pasaba por la calle de la iglesia protestante a la que asistía y me daban codazos orientativos. Expulsarme fue lo más conservador que pudieron hacer.

Le pedí a varias amistades travestis y trans acompañarlos en sus rutinas diarias, para confirmar las sospechas resilientes sobre mi caso. Las rutinas nocturnas las hice con ellas por los lugares más concurridos de nuestro municipio.

Gritaba estridentemente que era libre y ese desahogo me ponía más adrenalina. Había salido, a la vez, del clóset de la homofobia y del clóset protestantismo.

Mi mamá, cristiana devota, no permitió tal deshonra y me preparó un maletín color verde. Mi papá no estaba en Cuba y no aportó mucho a este debut. Me hice un gitano en toda regla. Hasta que mis amigos heteros, «cheos», se dieron cuenta y me fueron preparando refugios. Un mes en casa de uno, cuatro meses en casa de otro. Calle todos los días.

En este año gay había tenido más sexo que en mis anteriores 20 años. Ni pensaba para dar un «no» a las propuestas de relaciones serias. Artistas, informáticos, empresarios, y hasta un gerente que quería pagarme 30 dólares por tener sexo conmigo una vez a la semana, a todos me les escurrí.

Como una burbuja de helio hormonal le entré a aquel junio de 2014. Y vino Miguel a reventar la burbuja, y yo, sin helio ni hormona ni dignidad alguna, me enamoré al pie del manual.

Cuando uno tiene 21 años y lleva apenas meses de invertido, como burlonamente me llamaba Karel, uno todavía tiene un prototipo inmóvil de príncipe azul, y apostaría lo que no tengo a que Miguel era el prototipo de media comunidad LGBTIQ. Ciento ochenta centímetros de altura, complexión ancha, músculos naturalmente definidos. Pelo negro escurridizo, nariz italiana, labios de revista Vogue, y los culpables de casi todo, ese par de ojos azules oscuros. Por supuesto, como insinuaba el ancho de la mandíbula, la protuberante nuez de Adán, las manoplas baloncestistas y una talla 44 de calzado, Miguel salía a la batalla confiando en la capacidad aniquiladora de su fusil.

Yo estaba en el alquiler de su hermanastro, o hermanastra, cuando lo vi por primera vez. La casucha de madera donde la pájara se rentaba y arreglaba uñas, era por esos días la sala de tertulias de la pajarera municipal. Ahí íbamos a tomarnos los cafés, a no almorzar, a probarnos vestidos y pelucas, y a ensayar nuevos números de transformismo. Claro, también se analizaban los expedientes técnicos de los machos del municipio: edades, bolas, medidas. Ahí me enteré yo de todo heterosexual de la zona que había tenido un desliz de tacón alguna vez.

Es cierto que yo era un pájaro raro ahí. No me probaba una peluca, ni me pintaba una uña, pero amaba andar con travestis. Ellas me decían que yo era una pájara machorra. Quizás todo eso también le resultó raro a Miguel. Solo sé que él entró, con una sonrisa en la cara como la fresa encima del pastel, y le dio un beso a todas las presentes y a mí me dio la mano. Muy amablemente, pero me dio la mano.

Yo me quedé mirando todo lo que se podía mirar y lo que no, esclavo de mí mismo. La loca que estaba junto a mí viendo «Diario de un Vampiro», me dijo: «Niña, es por gusto, él es cheo». Para mí eran sagradas las palabras de estas pájaras, que eran como instituciones autorizadas. Cuando ellas decían que fulanito era heterosexual, créeme que ya se le había lanzado medio municipio en vano y le habían tirado hasta por el DTI de Alamar. Yo ni le respondí, solo puse cara de que se me había roto un cartón de huevos.

¿Para qué seguir viendo Diario de qué ni a qué Ian Somerhalder? Ahora tengo a unos pasos de mí, y a veces al lado de mío, al Ian de mis sueños. Sé que no soy la Nina que él busca, pero no se habla con un dios griego todos los días, así que soy privilegiado.

La alquilada, llamemos así a la hermanastra para no dar el nombre de tan penosa bestia, pareció no percatarse de mi total enajenación, y eso me alivió. Miguel, por su parte, me parece que en lo que va de tarde me ha analizado lo suficiente como para concluir lo siguiente: por muy varonil que me vea, es notable que en el alquiler todas me tratan como a una hermana, así que debo ser o un pájaro nuevo o un pájaro macho. En ese palomar no se posa ni un gavilán ni un halcón.

Se hace la novena ronda de café del día y todas tomamos y fumamos como indica el oddun, y Miguel, al que no le quedan cigarros, me pide de los míos. «La vida te la diera, trigueño». No sé si por verme varonil, o estudioso, si por respetuoso o por nuevo en la plantilla, pero Miguel se pasaba la tarde conversando conmigo como dos socios de toda la vida. Y eso me hizo mucho mal, algo como tomar cerveza y antibióticos.  

Yo me quedé esa tarde rogándole a Oshún que al otro día ese niño volviera a ir. Y Oshún, prestadísima, atendió mi brete. Al otro día, y al otro, y al otro. Miguel era risa y compinchería, mano en el hombro y cuéntame tu vida que te cuento la mía. La otra pájara loca me seguía diciendo que él era así con todas al principio, y que cuando te lanzabas, te partías la boca contra el azulejo. Pero yo tengo un instinto que mi gitana tramposa me dio, que cuando me huele a bugarrón, siempre hay bugarrón en el horno.

La alquilada mudó de alquiler y al nuevo palomar volamos todas. Allí empezó la pájara loca a susurrarme sus sospechas. Lo de Miguel ya era un poco raro. Ya se sabía de memoria mi canción favorita, y la ponía en una bocina a todo meter en cuanto yo me iba. «Esta es la canción favorita de Manuel». La cantaba. «Sí, niño, yo lo sé». Ya me empecé a poner nervioso. Las clases de casino que le daba me resultaban incómodas. Yo no era el mejor casinero de los pájaros que frecuentaban la sala de tertulias, pero era su maestro predilecto. La sonrisa para mí siempre la tenía predispuesta. Rozarme o chocar conmigo le era necesario.

En una playa, debajo de mi nombre en la arena, vino el muy cabrón a poner el suyo. Nada más faltó el corazón. También sus pies me acariciaron casualmente bajo el agua. Fotos en simulacro de pareja, con las risas propias del performance. El arte de hablar por debajo de las pláticas, de comer por debajo de la mesa. La fiesta pública en la que abandonó a su grupo de amigos, todos «cheos» y homofóbicos, por andar en la pajarera con nosotros, conmigo. ¿Que no bailó casino conmigo en medio de una multitud heterosexual? Pues claro que lo hizo, mi vida.

Miguel tenía los 19 años más libres que he visto en mi vida. Y supongo que analizó el proceso por el que estaba pasando en algún momento en que yo no estuve presente. Solo sé que fue un huracán. Mis aguas calientes le daban más y más intensidad.

La noche en la que tocó tierra fue más simbólica que física. Vino a verme, y dejó ir su última guagua por acompañarme de regreso. Nos acompañamos 3 veces cada uno. No nos alcanzaba la noche ni la calle. «Si yo estuviera con un hombre alguna vez en la vida, ese hombre va a ser Manuel y más nadie». Lo dijo en medio de un parque donde estábamos sentados más de 8 maricones. Yo era la rompedora de la maldición de ese blanco. Quien lo desbloqueó. Una especie de bruja que había vencido, a golpe de inexperiencia e instinto, su duro carapacho de prejuicios homofóbicos.

Pero yo no había roto nada. Él lo rompió todo solito. Él salió a descubrir sin saber lo que iba a encontrar y le gustó el tesoro. Por esa razón, en la última de las despedidas, se me puso de frente, serio como nunca lo ví y no me dijo nada. Solo me besó. En la boca. Yo me quedé diseca en la misma esquina como 4 años yo creo, mientras él se fue a buscar un transporte de regreso a casa.

Me cago en Cuba. Que uno aquí pasa un trabajo de tres pares de cojones. Trabajando no me daba para rentarme. Y no iba a arreglar uñas como la otra. La alquilada de su hermanastra nos botó a todas de allá, porque si en no se qué tambor le dijeron que las pájaras le iban a robar una peluca, que si le iban a quitar un marido. La verdad es que la muy cochina siempre estuvo loca por su hermanastro, y no le perdonó a Miguel, ni muchos menos a mí, el romance clandestino.

Mi madre en casa seguía honrando a Cristo, así que me tuve que ir a vivir con la dichosa pájara loca, que sabía hasta portugués. Pero la niña no quería problemas con la alquilada, asi que en la nueva casa no podía venir tampoco mi bugarrón a traerme una flor o un paquete de café. Yo, para sumar logros, me quedé sin dinero ni para una tarjeta telefónica. El pobre de Miguel no tenía donde caerse muerto. Una tragicomedia todo. Ni me lo jures que te lo creo. Yo me sequé como se secan las penélopes. Sé que él voló pensando en mí.

Pero los años pasan y uno jamás olvida este tipo de páginas. Es como una camisa que se mancha de limón. Me ha costado volver a enamorarme con la misma sorpresa y violencia. A los muchos años nos volvimos a encontrar, pero él no era ya Miguel ni yo era Manuel. Éramos dos personas muy distintas.

Hubo entonces una historia más dramática y menos cursi, pero ese es un segundo cuento, para no quitarles el feeling que este pueda haber dejado.

Claro que Miguel no se llama Miguel. Le he puesto así para que él no me mate, ni la madre de su hijo, si leen esto. Hoy Miguel y su mujer son dos vacas gordas que pastan babosamente su vida de casados, acomodados en la rutina de no hacer nada más que trabajar y comer.

Yo soy un pájaro que se hizo adicto a la savia primeriza. Aproveché lo aprendido y me he dedicado a ir por la vida mordiendo heteros y convertirtiéndolos. Una especie de Ian Somerhalder gay. Algún día  bnuna esposa ultrajada me llevará a tribunales, lo sé. Mientras, yo seguiré buscando amor en todas partes. Detrás de un cubano, de un trigueño o de un mulato, y hasta detrás de una piedra, supuestamente inamovible.

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