El heterosexual que se me rompió (II parte y final al viejo estilo)


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(Ilustraciones: Polari)

Cuatro años es tiempo suficiente para abarcar más de 5 profesiones, ofrecerme en matrimonio 10 veces e idear irme del país por todas las formas ideables.

Miguel se apartó de mi vida. Las últimas veces que nos vimos me habló en códigos que no capté del todo, pero en los que supuse me pedía tiempo para asimilar los hechos y reaccionar. La vida nos dio tiempo de sobra. Esta es la continuación de aquel romance en el verano de 2014. No trae la misma pasión inenarrable de entonces.

Como les conté, me fui a vivir a casa de la pájara loca. Resultó finalmente que nos hicimos pareja y todo. Un desastre. La Fran lleva un libro. Fran era queer y yo no era nada claro. Yo era un pájaro activo al que le gustaban los «caridelincuentes» con un alto QI, menores de 21 años y que tuvieran casa propia. Acabé por aceptar que pedía mucho.

Me encontré par de delincuenticos baratos por ahí, pero querían que me pusiera blúmer para follar y no asumían nunca rol de pasivos. Mucho menos conversaban conmigo sobre nihilismo. Ninguno quería leer a Baudelaire conmigo y alguno que otro vivía con una madre alcohólica.

También me encontré talentosos bailarines, un fotógrafo e ilustrador, cantantes de cabaret, y un programador. Pero ninguno tenía cara de delincuente. No amagaban con tirar un golpe y se les veía incapaces de resistir un escándalo o un tarro. Y ese condimento tiene que formar parte de mis frijoles.

La petición no se me acababa de fusionar en un solo pájaro. Marcado por un Miguel de ojos azules, seseo al hablar y unos prometedores 19 centímetros, me tambaleé entonces entre historias intensas de 36 horas y matrimonios cortos de 2 semanas.

En varias ocasiones la impaciencia desoladora me llevó a preparar un cartuchito con miel, polvo de «yo puedo más que tú» y «jalajala». Pero finalmente lo boté. No tenía estómago para hacerle ningún amarre a Miguel. A veces lo veía desde una guagua, y no podía poner otra cara que la del obeso ante un cake de chocolate. Llegué a creer que yo mismo me había amarrado a Miguel en un recuerdo inconcluso. El «¿qué pudo haber sido?» no me dejaba avanzar. Pero a todo militar le llega su ascenso.

Un viernes, en febrero de 2018, yo regresaba del Cerro a las 10 y tantas de la noche. Me disponía a ir a casa de mi mamá. Estábamos en una etapa de tregua gracias a su Dios y al mío.

Caminé hacia la parada de la A21 con la certeza de que se me había ido el último envío y debía esperar la confronta de las 11 y media. Arrecostado a una cafetería, pantalón negro de tela, pulóver oscuro, gorra negra y verde, estaba Miguel. Lo vi varios metros antes. Yo tengo el don de oler a mis maridos cuando están cerca. Me dio el aroma y no dudé que aquel era Miguel. ¿Y la novia? Pues no, andaba solo. Solo para mí.

Yo me imaginaba que el encuentro sería tal y como fueron los esporádicos cruces en estos cuatro años. Fugaces, evasivos en el apuro de alcanzar diferentes transportes para nuestros trabajos o nuestras vagancias. ¿En qué estaría trabajando Miguel? ¿Seguiría en las máquinas de plástico con el padre?

Los «qué bolá» se unieron a un beso amistoso, de esos que se dan ahora en Cuba los socios. Cruce de manos y ¡pam! Te echan un besazo en la cara. Yo ni triste ni molesta.

«¿Esperando la confronta? Sí, asere. Y ¿qué de tu vida? ¿Sigues en el plástico? No papa, estoy medio faja’o con el puro, y ¿tú qué? Na, estoy cantando en una peña en el Cerro. Nunca me enseñaste a tocar guitarra. Estás a tiempo de aprender. ¿Ah, sí? ¿Cuándo me vas a enseñar? Cuando quieras, tú sabes dónde queda mi casa, no te hagas el sabroso. ¿Y la jeva? Ahí, pero no hablemos de ella… háblame de ti, te veo bien. ¿Yo? Bien te veo a ti, estás más repuestico, tan bonito como siempre… ¡pero no te rías descara’o! Jaja, ¿qué quieres que haga? ¿Cuándo voy a tu casa a que me enseñes guitarra? Cuando quieras. ¿Puedo ir mañana? Así conversamos un rato y nos actualizamos. Claro niño, ve cuando quieras, pero solo avísame, pa’ despedir a mi mamá. ¿Despedirla pa’ qué? Niño pa’ nada, pa poder tocar con tranquilidad, no seas malpensado, jaja, tú como siempre. Mira, ahí viene la guagua, ¿te vas ahí? Claro que me voy ahí, lo que tú sabes que yo me quedo más cerca. ¿Te espero mañana entonces? Sí, mañana te despierto y me haces café…»

 Yo pensé que todo sería verborrea bugarrona, pero a las 8 y media estaba tocando la puerta de mi casa. El atrevido galán se apareció tal y como prometió. Short de mezclilla y pullover blanco. Entró y yo puse a colar. Mi mamá, una vez que se tomó su café, salió a la calle. No se olió el romance. Cosa rara.

Fue la clase de guitarra que con más placer he impartido en mi vida. Percibí varias informaciones subliminalmente. Miguel estaba dispuesto a volver a andar conmigo. Eso era un hecho. Lo quería y casi lo necesitaba. Ahora, si tenía o no las mismas intenciones que en el 2014, o las mismas intenciones mías de cualquier época, eso estaba aún por descubrirse.

La misión primera no era arrancarle un beso o sopesar en su short el producto interno bruto, sino conciliar más y más encuentros como este. Después de la primera clase de guitarra, fue musicalmente evidente que el estudiante necesita constancia. El profesor, por su parte, estaba dispuesto a darle seguimiento al caso. Mi primer objetivo estaba conseguido.

Para no ariscarlo, yo ni siquiera desempolvaba la vieja historia de pasión y delirio. El verano del 2014 lo escondimos bajo una alfombra de acordes mayores y menores, entre chistes por las lejanas locaciones geográficas en las que ambos vivíamos, y entre planes de emborracharnos hasta la amnesia en mi peña del Cerro. Miguel comenzó a visitarme prácticamente todos los días. Jamás mi mamá volvió a dejarnos solos.

En esta etapa todo fue muy noble e investigativo. Catábamos el sabor de volver a acompañarnos a los lugares, de compartir rutinas. Lo diferente que éramos a aquellos del 2014 empezó a hacerse notar.

Yo no era más aquel el pájaro estridente e irresponsable. Era ahora un pájaro estridente al que le importaba trabajar para mantener su tabaquismo. Él no era el chamaquito de 19 años con cara de delincuente al que no le importaba lo que pensaran los socios del barrio. Ahora los vínculos con sus amigos, unos vagos y anormales de un barrio rural del Cotorro, estaban más solidificados, y Miguel se contenía más para un exabrupto. De cualquier forma, estábamos allí, cambiados o defectuosos, pero dispuestos a aprender y enseñar guitarra, respectivamente, y aprender y tocar cualquier otra cosa que apareciera.

Miguel me pidió que pasáramos los encuentros para su casa ahora, en vez de seguir en la mía. Alterna a esta razón estaba el hecho de que yo suelo ser el tipo de pájaros que los amigos o enamorados quieren exhibir a sus familiares. «Estoy loco porque mi mamá te conozca» es una frase que he escuchado más veces en mi vida que el concepto de Revolución.

Miguel no quería seguir visitando mi casa por lo que pudieran pensar mis vecinos, a pesar de que esos seres, los pobres, han visto de todo. A estas alturas creo que ni tratan de entender. Pero Miguel no reparó en eso. Obviando en el traslado su cobardía recurrente, la etapa de las citas en su casa fue definitoria. Por momentos morbosa y aleccionadora.

La «suegra» me recibió con un guiso de quimbombó. La cocina no era lo de ella. Se le daba mejor el parloteo. Hicimos migas la misma tarde que nos conocimos. Por supuesto que ella había oído hablar de mí. Sentados en un portal desde donde el paisaje es campo verde y puro, en lo que hacía digestión el quimbombó, ella disfrutó cada una de mis pajarerías.

Yo reconozco que mi suegra era un putón. La autora de los ojazos azules de mi proyecto de novio, en sus 40 y tantos años podía darse el lujo de echarse novios de menos de 30. Y se los echaba. El último de sus maridos había estudiado conmigo.

Desde ese primer día en el portal quedó coordinada una salida particular. Sentarnos a tomar cerveza en algún lugar muy céntrico y espectacular. Buscarnos unos pepillos del Vedado. Unos pepillos del Vedado o unos «tembas» con dinero. Más probablemente unos «tembas» con dinero. Ella no había tenido tiempo de percatarse de mi intención de ser su yerno o su nuera. De ser su familia política. Pero se percataría en cuestión de horas.

Ese primer día no conocí a la loca de mi «cuñada» porque andaba en alguna putería. No asuma usted ahora que el oficio de esta familia era cocinar malo y prostituirse. Era simplemente algo como un hobby, una tradición familiar que veneraban. Las mujeres eran satas y los hombres saliditos. O al revés. Una máxima filosófica se levantaba entre estas paredes sin terminar: «No se puede singar pasando hambre».

Al segundo día llegó la flaca loca y me fumó todos los cigarros. Ese día tuvo la pinta de ser mi tercer mes en la casa. Tanto así, que ninguna justificación me libró de quedarme a dormir allí esa noche. ¿Qué con quién dormí? Ahí viene la parte más morbosa de esta historia.

El pelo negro ondeado y largo, sucio y maltratado por el polvo y el descuido, era quizás el único recurso seductor de Gladys. Le he puesto Gladys, aunque así no se llama, para recordar el nombre ancestralmente común que tenía la poco agraciada. Esa campesina de los pies de hombre, estaba aún con Miguel, desde que lo conocí en el 2014. Vivía a pocas cuadras de la casa de su novio. Alternaba su estancia entre la casa de su madre y la de Miguel.

«¿Trajiste arroz? Aquí no hay ni pinga» fue el recibimiento que hizo la suegra a la nuera. Evidentemente nu-era la muchacha que ella quiso para Miguel y eso lo notaban hasta los perros.

La casa estaba estructurada caóticamente. Tras unas divisiones que simulaban un cuarto independiente, dormían habitualmente Miguel y la campesina. En su cama tres cuartos, instalación postmoderna que exhibía tantos hoyos como muelles, junto al insufrible matrimonio, esa noche dormí yo. 

A la derecha tenía el cuerpo del deseo, el Adonis que no acababa de conquistar. A la izquierda, la piedra en el camino de los mortales que corren en pos de sus sueños. Yo no abracé ni el recuerdo esa noche. Demasiada tensión para mí. Tragué en seco y espeté sonrisas falsas a cuanto chiste sin sentido posteó la campesina.

Miguel me miraba como estudiándome. Lo disfrutaba. Finalmente, después de las charlas sobre sus rutinas rurales y otras frustraciones pueblerinas, caí rendido. No pude ni pasar un brazo ni buscar una mina, ¡y mira que el terreno estaba minado!

En la mañana, tal como rogué, Miguel no pudo ocultar la inmensa insurrección, su inclinada y excelsa torre de Pisa. A primera hora del día se erigió ella majestuosa para las campesinas madrugadoras y los pájaros del alba. Todos veneramos la colosal estructura, algunos con el rabillo del ojo para evitarnos reprimendas.

Miguel trató de acomodar la arquitectura en su envoltorio textil para no matarme de una isquemia. Supongo que no miré ni el café que me sirvieron. Imagínate tú. Un vampiro en una manifestación. Un suicida en Hiroshima.

La campesina se puso sus botas y se fue a la zafra. La suegra vistió al hermanito pequeño de Miguel para llevarlo al círculo infantil. La puta flaca me picó un cigarro, cargó con su mocoso y se fue a casa del padre del chiquillo, a quitarle dinero probablemente.

Miguel sintió la incomodidad que se anunciaba. La casa se había quedado sola para nosotros dos. Yo estaba ansiosa como una parturienta. Pero ni hubo parto ni hubo nada. Miguel esquivó la intimidad e inventó un plan emergente. Me llevó a casa de otro campesino de la zona, a un mandado totalmente inútil.

Cuando regresamos a la casa, ya la suegra había regresado del círculo infantil. La imagen de la sagrada e inalcanzable torre de Pisa no salía de mi cabeza, pero me resigné a que hay productos que no están en venta.

Los días siguientes consolidaron la relación con mi suegra y le dieron un matiz raro a mi relación con Miguel. Yo necesité traductor en muchos momentos, pues el lenguaje de Miguel era angustiosamente confuso. De momento me elevaba hasta la estratósfera. «Pájara, quédate hoy de nuevo conmigo, ¿no ves lo bien que la pasamos?» Pero de momento me tiraba contra el fango del portal, esquivándome hasta la mirada. No me dejaba ni un cigarro.

Nos vestimos idénticos un día, ¡que show! Pantalón aguas claras, pulóver rojo, ambos con gorra. Una tarde le canté una canción vieja que a su nombre había compuesto. Casi llora. Pero nada, al otro día se amelcochaba con la guajira entre las sábanas perforadas, no me daba ni los buenos días y ocultaba la torre de Pisa.

De no ser por el putón de la suegra y los momentos esotéricos e histriónicos que vivimos, las semanas en ese campo lejano e indolente, hubieran causado una depresión en mí.

Yo estaba apático con el espiritismo, pues llevaba una racha en la que los muertos no me respondían ni un amén. En estas semanas retomé hasta mi fe. Eso se lo agradezco a la bruja de mi suegra postiza.

Había perdido hasta las ganas de prosperar económicamente, pero tantos días comiendo quimbombó mal cocido y compartiendo una caja de cigarros para tres, me devolvieron las ganas de levantar cabeza.

Me llevé la máxima filosófica de esta familia. Me di cuenta que no estaba siendo coherente conmigo mismo. Compartía la cama, sin segundas, con un hombre del que estaba caóticamente enamorado y con su insípida y rústica mujer.

Nunca pude coger al toro por los cuernos. Miguel sabía que esta convivencia me estaba haciendo más mal que bien. Mi suegra también lo sabía y me lo dejaba caer de vez en cuando, entre líneas y cafés. «Tienes que darte un lugar, mi chino, tú vales mucho». Por si todo esto fuera poco, la convivencia sacó a la luz otras aristas del bugarrón insigne. Aristas que propiciaron un desenlace trágico.

 De momento me sentí chupada, y no de la forma que quería. Ya no solo tenía que dar clases de guitarra. Miguel no compraba cigarros ni saldo para su teléfono. Algún que otro pulóver me tumbó. Se fue a mi peña en el Cerro, con su campesina, y tomaron cerveza como dos holandeses sin pagar un kilo. Le resolví trabajo y ni las gracias me dio. En una ocasión lo vi escondiendo un dinero que destinábamos a un proyecto común.

Cada vez que le hablé de la historia del verano del 2014 me esquivaba y mataba el tema violentamente. Presumió incluso no recordar ciertos detalles puntuales.

Así se me fue desarmando el maniquí. Él sabía lo enganchado que yo estaba y bailaba encima de eso. Se aprovechó de la bondad que yo derrochaba y fui tonta dos semanas. Ya.

Me sucede a veces como si me quedara dormida de momento y se me pasara la parada. De momento me percato y le meto un grito al chofer, me tiro por la ventanilla y viro corriendo pa’ la casa. Así me pasa también con las relaciones. De momento, viendo una película, acariciando a un perro sarnoso, o luego de una larga llorada, regresa el amor propio y me da una buena galleta.

Eso pasó un sábado en la mañana. Sabrá Dios los adjetivos que le escupí y la velocidad con que se los escupí. Miguel se sintió descubierto. Su plan había fracasado.

Si vino a mí por amor no lo sé, pero en estos 4 años, de tanto oír a su madre, de tanto ver a su hermana, se había convertido en una jinetera más. Y de las malas. Ni siquiera me había dado el culo y ya me estaba sacando la vida. Yo no soporté semejante descaro. Ámame como soy. Era mi máxima.

Miguel se escudaba en el heterosexual que quería ser, para que, por su inaccesibilidad, yo pagara caro el estreno de ese culo y ese rabo. Pero más sabe el diablo por viejo que por diablo. Yo reconocía a los macaos porque lo fui en su momento a voluntad propia, y a mí no me iba a quitar nada que yo no estuviera dispuesto a darle. De la cima de la idealización principesca lo tiré con un escándalo público.

Mis colapsos son desagradables. Son un show mediático de repercusión internacional. Cuando me posee Yemayá hablo el español con excelencia cervantina. Una palabra se monta encima de la otra y la engrandece y la engalana. Dicen por ahí que cuando escupo argumentos y trapos sucios, la gente se esconde y no objetan ni un «pero, mira».

La escena final fue lo más novelesco que se vivió en esa peluquería. Allí debíamos arreglarnos el pelo, que ya estaba pagado por mí, y luego saldríamos a dar un paseo importante. Él y yo solos.

Si fuera la nota escandalosa de un periódico viejo, diría así:

«La hermosa mañana de un sábado primaveral tuvo lugar la cita. Un joven caballero esperaba a su noble señorita en un lujoso salón donde se aplicarían costosos tratamientos de belleza en un acto de amor.

»El caballero, ofuscado por su afán material, se adelantó a su prometida, e hizo uso indiscriminado de las bondades de la dama. Cuando esta llegó al lugar, conoció la tamaña infamia. Indignada sobremanera, propinó insultos al caballero, acusándolo con detalles reveladores sobre su pasado delante de los honorables señores presentes.

»El caballero, avergonzado por la veracidad de las declaraciones, tomó su sombrero, pidió disculpas al auditorio, y se retiró ensimismado a su finca.

»Jamás se le volvió a ver por esta villa. La señorita, desahogada luego de su gustoso exabrupto, estiró de su bolsa un billete y se regaló un tratamiento más costoso que el acordado. Los presentes no añadieron nada por temor de ser también acusados por la alebrestada. “En estos lares nadie sabe quién es quién”, comentaron luego entre dientes».

Comments (1)

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    Samuel Mayans

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    Muy fuerte!

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