El George Floyd imposible de La Habana


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Imagen publicada en Twitter como parte de la campaña iniciada tras la muerte de Hansel Hernández Galiano
Imagen publicada en Twitter como parte de la campaña iniciada tras la muerte de Hansel Hernández Galiano

Por Darcy Borrero Batista

La muerte de Hansel Hernández a manos de la Policía Nacional Revolucionaria de Cuba provocó el rechazo social y las comparaciones con el crimen contra George Floyd que ocasionó disturbios en Estados Unidos.

Desde abajo, el mexicano espera el colchón que va a empujar arriba el colombiano, mientras el cubano acomoda el piano en la acera para hacerlo entrar por la puerta de un apartamento en la Florida, Estados Unidos. Los han contratado para una mudanza y cada uno saldrá con al menos 80 dólares por el trabajo terminado. Han descargado lo pesado: mesas, electrodomésticos; también algunas sábanas. De las casas aledañas salen mujeres con niños en brazos, descalzos todos.

Ellas muestran la carne bajo shorts «cacheteros» al tiempo que observan a los chicos del vecindario, algunos caminando en grupos, otros en motos aceleradas y uno montando bicicleta con una pistola en mano. Un hombre con aspecto de quien no tiene hogar enjuaga su cuerpo en la salida de agua de uno de los apartamentos vecinos. Observan con perplejidad a los nuevos. De momento llega la patrulla para exigir que quiten el camión de mudanza en medio de la calle porque obstaculiza el tráfico en más de una dirección. Uno de los policías pregunta si las ventanas de la casa son blindadas. A la respuesta afirmativa replica que las van a necesitar:

—Aquí hay disparos casi todos los días. Esta es una de las zonas más peligrosas de la ciudad —indica, y les aconseja que regresen por donde vinieron.

Cuando dice esto, ya casi está vacío el camión. Los colchones han llegado a los cuartos de arriba. El refrigerador a la cocina. No hay electricidad, pero el contrato está hecho. Los intermediarios de la mudanza nunca dijeron lo que el policía dejó claro: están mudándose a «un barrio de negros».

No imagino una forma de decir esa frase sin que suene racista. El policía que advirtió de la peligrosidad del barrio, un hombre blanco, ni siquiera lo dijo así. Pero no hay manera de convencerme de que la frase no sea despectiva y discriminatoria. Mientras pienso en esto, me miro los pies, sujetos por gravedad a la tierra estadounidense. Cuando aquí se dice «negro» y se califica con ese adjetivo cualquier cosa, es bastante literal.

La segregación no es una historieta, no es la serie de televisión Querida Gente Blanca ni la película romántica Guest Who, sino que las zonas suelen estar delimitadas por el color de la piel. Y quien dice color de piel está diciendo calidad del lugar. Nadie explica que todo proviene de una esclavización de negros traídos de África, y luego liberados en condición asimétrica respecto al poder blanco. Circunstancias sociales los obligaron a vivir en suburbios, los condicionaron a la vida tribal de las pandillas en algunos sitios como este, donde incluso las nuevas construcciones tienen una estructura de hacinamiento y falta de privacidad. Si algún audiovisual lo cuenta bien es La Criada.

En el balcón del apartamento contiguo un hombre se sienta en una silla y comienza a fumar. Se desprende hacia abajo un humillo que termina siendo de marihuana. No es negro el hombre, tampoco son negras las muchachas al costado ni el adulto que se baña en un portal ajeno. Son negros los jóvenes que pasan en grupo y ese de la bicicleta, el que lleva la pistola. Sin embargo, siguen llamándolo barrio de negros cuando, en realidad, es un barrio donde habitan personas históricamente marginadas y degradadas.

Lo anterior me lleva a pensar más allá del racismo estructural de la sociedad estadounidense, en muchos aspectos conservadora pero con una gran parte lo suficientemente cansada como para sacar mártires de la resistencia y movilizar a todo el país —y al mundo— en medio de una pandemia. Mártires que tienen rostro negro y son, en realidad, rostros de la pobreza, la discriminación, víctimas de la violencia policial. No ha sido una sociedad mezclada, entrecruzada, sino una con polos definidos y con cabida para frases del tipo «barrio de negros», que significan lo que enuncian literalmente por toda una serie de condicionantes históricas.

Hace pocos días Cuba quiso tener un George Floyd alimentado por la Policía Nacional Revolucionaria (PNR). Hansel Hernández, de 27 años, al que todos dan por negro y no viene al caso discutir su pertenencia racial ni lo que pone su carnet de identidad. El residente en un barrio de Guanabacoa fue perseguido y, aunque iba desarmado, terminó con pólvora en el cuerpo. Él había lanzado piedras a su perseguidor, que le respondió con balas.

La policía  lo contó así:

«[…] Fue sorprendido in fraganti mientras robaba piezas y accesorios de un paradero de ómnibus y se dio a la fuga cuando los agentes trataron de identificarlo. Como parte de las investigaciones realizadas, hasta el momento, se pudo establecer que durante la persecución —a la carrera, a lo largo de casi dos kilómetros— por un terreno irregular, el individuo para evitar ser detenido agredió con varias piedras a uno de los policías, una de las cuales lo golpea en la entrepierna, otra el lateral del torso y una tercera le disloca el hombro y lo lanza al piso […] En el intervalo en que el agresor lanza las piedras, el militar realizó dos disparos de advertencia. Acto seguido y debido al peligro para su vida por la magnitud de la agresión, el policía riposta desde el piso efectuando un disparo con su arma de reglamento que impacta al individuo y le provoca la muerte…»

Ante la falta de testigos, no sabremos si es cierto que el policía actuó en defensa propia pero nos quedará en la conciencia que el civil andaba desarmado. ¿Lo habría hecho si fuera legal en Cuba portar armas? Qué pasaría si en el país toda potencial víctima de violencia policial (racista o no) fuera también un potencial portador de armas de fuego con la posibilidad de disparar… Sería otra discusión a la que la Policía solo aporta lo siguiente: era un ciudadano con antecedentes penales que incluyen actos violentos. Casi lo mismo que dijo la policía estadounidense sobre Floyd, quien tampoco llevaba arma.

Sin embargo, dice el intelectual antirracista cubano Roberto Zurbano que «la muerte del joven Hansel Ernesto Hernández Galeano a manos de un policía en La Habana, Cuba, no es un crimen racista en sí mismo, pero es innegable la carga racial que acompaña el itinerario de carencias que accidentaron la malograda vida de su víctima, su entorno social y su bajo nivel de expectativas. Todo eso empujó la rabia ciega de un policía que disparó contra otra rabia que el disparo no mató. Al final, Hansel es una especie de arquetipo agónico en el actual drama cubano. Él no debió morir, pero su destino lo empujó a una muerte que ni siquiera le miró a los ojos».Aunque es común la mancha de la esclavitud, la liberación asimétrica en la que quedaron los negros con respecto a los esclavistas y la formación de suburbios resulta válida para explicar algunas condiciones sociales de los negros en la Isla. Ni los negros cubanos son enteramente negros, ni los blancos son enteramente blancos, aun cuando el predominio o no de melanina hale hacia la herencia africana o española o tímidamente indígena, china, japonesa, judía, y de otros grupos minoritarios. La Revolución cubana no fue capaz de eliminar el racismo. La Revolución ha sido en teoría antirracista pero, en esencia, ha lucido tremendamente blanca. Podría concedérsele el título de mestiza, aunque sería apagar un fuego con muy poca agua.

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La Policía Nacional Revolucionaria es racista. Que pregunten a cada uno de los ciudadanos negros que van por las calles o avenidas y son detenidos. Que les pregunten a los activistas golpeados, a las mujeres negras injuriadas en el transporte público y antes en espacios citadinos, a las que ni la Fiscalía toma en cuenta por denuncias, a no ser que alguna de ellas sea jurista con pleno conocimiento de sus derechos.

Donde gobierna el totalitarismo, la PNR es indisoluble de ese corpus al que llamamos Estado y tiene la facultad de ejercer violencia institucional en nombre de la Revolución. Pero al George Floyd cubano le falta mucho caldero social, mucha indignación canalizada y mucha respuesta organizada. Le falta mucha cuerda al reloj del cronograma legislativo, mucha división de poderes, mucho empoderamiento ciudadano.

En Cuba hay tanto por lo que indignarse que la muerte de un civil en un enfrentamiento policial no mueve a la sociedad auscultada y con la rodilla en el pecho. Es el pueblo cubano, tal vez, el verdadero Floyd. Que un negro haya muerto a manos de otro negro, que no haya sentido de hermandad por el color de piel con independencia del lado (policial o civil), que el racismo se oculte dentro de la raza, que se cree comunidad en redes sociales pero no en la vida real, dice mucho de esa víctima es el pueblo cubano y no un solo hombre, más allá de que sea negro o mestizo, afrodescendiente; de barrio marginal, cubano, y que haya muerto a manos de una Policía que ha dado muestras de su racismo en cada pedido del carnet de identidad a un negro y no a un blanco.

Importa que el blanco de la Policía haya sido un negro o que a este negro le haya disparado otro negro. Pero importa más que la versión oficial le haya tomado al Ministerio del Interior varios días o que hayan difundido una versión oficial antes, en la cual disculpan el racismo porque fue un negro disparándole a otro negro.

Importa más que con ese argumento las autoridades se cuiden de crear un George Floyd cubano que los deje como hipócritas, preocupados por el racismo estadounidense y solidario con los negros del Norte y no con los de Cuba. Importa más que la Policía no sea garante de la tranquilidad ciudadana sino un mecanismo de control político e ideológico que se acentúa durante una pandemia. Un mecanismo que, de ser vulnerado con el asesinato de uno de sus efectivos, el Estado protege con desigual vehemencia que la concedida a su pueblo.

 

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Comments (1)

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    Yuri

    |

    ¡Sublime!

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