El Día Mundial del Perro y mi experiencia en cuatro patas


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(Foto: María Lucía Expósito)

Cuando niño, mi adrenalina corría «cutú-cutú» al acercárseme un perro. No importaba que fuera un bichón habanero o un perro chino.

Dice mi madre que con 4 años, en casa de unas amistades, yo estaba cerca de la puerta sacándome los mocos, seguro, tocaron el timbre y el perro de la casa, un pastor alemán, se mandó a correr hacia mí. El esfínter se me abrió como la puerta del infierno, lloré como una marquesita y mi padre le gritó «singao» y «coño ‘e tu madre» al perro «hijoeputa».

Desde ese día le tuve pánico a los perros. Sin embargo, en la casa de mis padres hubo un salchicha que vivió 17 años y era el consentido de mis abuelos. Se llamaba Roco y era epiléptico. Una vez saltó desde el balcón de la casa, cuando no tenía rejas. La gente pensó que se había «ñampiao», pero no. Salió cojeando de una pata, con unos rasponazos y ladrando por comida. Eso también me lo cuentan ellos. No tengo recuerdo de esos tiempos. Roco murió cuando yo tenía como 10 años.

Nunca pensé tener una mascota. Yo soy un aprendiz del reguero y la circunstancia. Tener mascota, un perro, es algo serio.

Hace un tiempo yo vivía con una muchacha que era perrera, gatera y directora de un zoológico virtual destrozado por la guerra de las leyes de protección animal. Entonces adoptamos uno. Me hice la paja mental de ponerle un nombre rimbombante, de enseñarle dónde mear y cagar, de poder sacarlo a la calle sin correa. Pero Geómetro ha resultado ser un paraíso fiscal con pelos. Es ingobernable.

Según sus papeles, nació el 18 de octubre de 2019 en una camada de 5, donde fue el único macho. Llegó a la casa con menos de 45 días. Con más hambre que vida, meándose y cagándose donde le saliera de su cojón. Geometro padece de criptorquidia. Se enfermaba con mucha frecuencia. Parecía que hasta el aire que respiraba le hacía daño. Se le empelotaba la cara y se tiraba a morir. Solo lo salvaban la benadrilina y los esteroides.

Geómetro es maricón a mí. No hay quien se me acerque y él no le aplique ladridos y saltos de ninja. Donde sea que me mueva dentro de casa, se me planta debajo y al más mínimo ruido o raro proceder, levanta el güiro y saca la guapería que tienen los satos.

Siempre que llega alguien a casa, marca territorio y aclara que solo será bienvenido una vez que le ladre, le zigzaguee, se le suba encima y le vuelva a ladrar con solo un movimiento en falso que haga. Aunque con los amigos de siempre y con mi familia, se le sale el creyón o se orina de felicidad y éxtasis.

Hace días que no saco a mi perro a la calle. No tengo ganas de salir a ningún lado. El balcón está lleno de cuanto se imaginan. Llevo días muy tristes con la represión a los manifestantes en toda Cuba y Geómetro no ha hecho más que tirarse a mi lado. A veces pareciera que mi tristeza es capaz de contaminarlo. ¡Y pensar que estuve a punto de darlo en adopción hace un par de meses!

Algo curioso me sucedió el domingo 11 de Julio. Estaba tirado en el piso, viendo en el celular algunas imágenes de lo que ocurría en San Antonio de los Baños. Geómetro estaba mi lado, como siempre. No se movía, no pestañaba. Estaba sentado en sus cuatro patas y mi reacción fue poner el celular de forma que los dos pudiéramos ver lo mismo. De repente salió una mujer adulta, gritando «no tenemos miedo» y Geómetro comenzó a aullar. Volví sobre el video y en el mismo segundo donde había aullado, lo hizo otra vez. Mi perro había identificado, no sé cómo, porque la imagen no era del todo nítida, a un chihuahua que la señora alzaba en una de sus manos mientras gritaba «no tenemos miedo». El perrito de bolsillo también ladraba junto a la gente.

Yo también estuve frente a esa turba de revolucionarios, literalmente armados hasta los dientes, y le zafé la correa a Geómetro para que les destrozara la vergüenza de un salto ninja de los que acostumbra o le orinara la cara a uno de ellos mientras se abrochaba las botas. Y lo vi ladrándole a la tonfa y a las sirenas de las patrullas. El tronco erizado, las orejas firmes. Yo, gritando de todo y marchando con la gente.

Geómetro estaba dando el «berro» hasta que tres Avispas Negras lo neutralizaron y lo montaron en un carro de Zoonosis. Le pusieron una multaza por andar sin bozal y sin hebilla de identificación. Las cámaras lo captaron cagando encima de la gorra que perdió algún policía en la calle y lo pusieron a decir ladridos en cadena nacional. Geómetro volvió a aullar y estas son las santas horas en que no sé dónde está.

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