El CUC, el hermano bastardo del dólar, ha muerto


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(Foto: María Lucía Expósito)

Ha muerto el CUC y murió joven, como Amy Winehouse, Jimi Hendrix o Janis Joplin. Justo con 27 años.

En una puesta en escena el CUC, o peso cubano convertible, o el «chavito», como también se le ha llamado, vendría a ser el actor suplente de ese actor principal que es el dólar y que, a veces, ha ocupado el lugar de un extra o de un doble, pues ha entrado y ha salido a conveniencia del teatro económico de Cuba, digamos.

El CUC fue, además, una especie de hermano bastardo del dólar, que en ocasiones quiso asumir un nombre que no le tocaba.

Incluso sabiendo que se trataba del Peso Cubano Convertible, al CUC por años le seguimos llamando dólar, a las monedas le seguimos diciendo «kilitos en dólar», y abierta y chabacanamente también le nombrábamos los «fulas». 

Siempre cargó, el CUC, con esa falta de identidad. Siempre estuvo a la sombra del dólar y al final, él, el hermano legítimo, terminó imponiéndose sobre el bastardo.

El nacimiento

La moneda, emitida por el Banco Central de Cuba, comenzó a circular en 1994, poco después de que el país tocara fondo con la crisis amablemente llamada Periodo Especial, que hizo a los cubanos entender de qué se habla cuando se habla de hambre.

En diciembre de 1991 desapareció la Unión Soviética y los años que vinieron fueron particularmente duros para Cuba, cuando colapsaron importantes sectores económicos como la industria y la agricultura.

El Estado cubano siguió imprimiendo dinero para pagar salarios aunque muchos trabajadores dejaron de tener una actividad real que realizar. El resultado fue una inflación galopante, que alcanzó un 200 por ciento ese año y evaporó la capacidad de consumo de la población.

Como el peso, cada vez servía para comprar menos. Quienes pudieron dejaron de usarlo en favor del dólar, que alcanzó valores desorbitados en el mercado informal. Un dólar llegó  a costar 150 pesos cubanos, cuando antes se había cotizado en apenas cinco. Cinco pesos.

El gobierno decidió entonces legalizar el dólar y unos meses después, en 1994, inventaron una moneda nacional que tuviera paridad con la divisa estadounidense. Por cada dólar que entrara a la economía cubana, se emitiría un CUC y ambas monedas se utilizarían en la economía que comenzaba a emerger, dependiente del turismo, las remesas y la inversión extranjera.

De esta manera, el gobierno trataba de aislar las partes muertas de la antigua economía en las que se utilizaba el peso, de las nuevas actividades más lucrativas, dominadas por el dólar y su hermano bastardo: el CUC.

Ambas podían utilizarse en las nuevas Tiendas Recaudadoras de Divisas, en las que era posible encontrar todo lo inexistente en el resto de tiendas.

Pero fiel a su papel de actor secundario, en estos primeros años el CUC quedó relegado frente al dólar.

Los turistas, que comenzaron a llegar por millones, podían pagar con dólares. Las empresas estatales vinculadas al turismo o la inversión extranjera podían tener cuentas bancarias en dólares y utilizarlos para comprar insumos en el exterior.

El dólar se podía utilizar para comprar. El problema residía en la forma en que te podías agenciar los dólares trabajando.

Desde Estados Unidos, los emigrados tuvieron más facilidades para enviar divisas a sus familiares, gracias, en parte, al servicio de Western Union que comenzó a operar a finales de 1995.

Con el tiempo, las remesas se convertirían en uno de los ingresos más importantes para el país.

Estas medidas crearon un país más estable durante los años 90. Era un país en el que convivían tres monedas simultáneamente, aunque en realidad estaba dividido entre quienes tenían dólares y el resto.

 El auge

El CUC nació en un contexto de emergencia, pero con el nuevo siglo fue posicionándose dentro de la economía de la Isla.

El uso del dólar que hacían las empresas estatales cubanas no había pasado desapercibido para Estados Unidos que, en mayo de 2004, impuso una sanción de 100 millones de dólares a un banco suizo por operar transacciones en dólares para Cuba y otros países sancionados.

Fue una advertencia de la administración de George W. Bush que motivó a las autoridades cubanas a dar el siguiente paso: el dólar pasaría a un segundo plano, el CUC sería el protagonista.

Ya desde 2003, el CUC se había impuesto como la moneda con la que tenían que operar las empresas estatales. Pero en noviembre de 2004, se decidió que el dólar dejaría de circular como moneda con la que comprar bienes y, en adelante, solo podrían usarse CUC o pesos cubanos.

(Ilustración: Bals Mena)

No se prohibió la circulación del dólar en Cuba, aunque se desincentivó su uso, especialmente los pagos en efectivo al crear un impuesto del 10 por ciento al cambio. Las cuentas bancarias en dólares siguieron existiendo.

A partir de entonces, comenzó el reinado del CUC en el país y los cubanos se dividieron entre los que tenían pesos convertibles y el resto.

Con el peso cubano podías pagar en ciertos lugares, con el CUC en casi todos. Incluso si la venta no era en CUC el vendedor veía que tenías tal moneda y le brillaban los ojos y te vendía el producto, cobrando el peso convertible, por ejemplo, a 23 pesos, cuando la tasa oficial de cambio estaba a 25.

El ejemplo más palpable fueron los boteros de La Habana (taxistas privados de los automóviles estadounidenses de los 50 que se quedaron como detenidos en el tiempo). Quién no montó alguna vez en un almendrón, y cuando llegó al destino final, si pagó con CUC, le devolvieron (en pesos cubanos) siempre menos cantidad de lo que en realidad esperaba.

Si te atrevías a reclamar, el chofer seriamente respondía que ese era el tipo de cambio a como él aceptaba el CUC y si no estabas de acuerdo entonces la opción era pagar con el peso cubano que no llevabas encima. Luego no te quedaba más opción que tirar la puerta del carro del año 57 o del año 59, y dejar al chofer con su razón o su falta de ella.

Del CUC llegaron a haber monedas de 5, 10, 25, 50 centavos y de un peso convertible, equivalentes a 1, 2, 5, 10 y 24 pesos comunes y corrientes. Esas monedas eran los conocidos «kilitos en dólar» que cada niño cubano le pedía a su padre conservar. En cuanto a billetes, circularon de 1, 3, 5, 10, 20, 50 y 100 pesos convertibles, equivalentes al precio que el vendedor estimara conveniente hacer respecto al peso cubano.

El CUC, que nunca salió más allá de los límites de Cuba y nunca llegó a poder comprarse en el exterior, nos trajo no pocas alegrías y tristezas, como todo en la vida.

Si lograbas clasificar en uno de esos trabajos donde te pagaban 450 pesos cubanos y 10 CUC, seguías siendo un trabajador muy mal pagado y, aun así, eras uno de los trabajadores más afortunados de tu barrio, de tu municipio, incluso de tu provincia. El resto de los trabajadores cobraba su salario completo en pesos cubanos.

Apareció por esta época, además, el triste fenómeno de la reorientación laboral, según el cual si habías estudiado en la Universidad y tenías grados académicos, cobrabas menos que la persona que trabajaba en el sector gastronómico o que el chofer o el cocinero de una embajada, quienes, por lo general, tenían ganancias en el anhelado CUC.

Con el CUC nació, además, la figura del «revendedor», un oficio ilegal que se inventaron los cubanos para comprar y vender dólares indistintamente por CUC en el mercado negro, siempre a un mejor valor que el ofrecido por los bancos o las casas de cambio Cadeca, propiedad del Estado.

En Cuba llegaron a haber tiendas en las que todo valía un CUC; ponerse las uñas postizas costaba un CUC; las clases particulares de inglés costaban un CUC la hora; los carritos locos del parque de diversiones de Varadero costaban un CUC; el Día del Maestro, en cada aula se recogía un CUC para el regalo colectivo. Y así, nos adaptamos a hablar en el lenguaje de esa moneda.

El CUC era una especie de opio para el cubano: tenía la facilidad de abstraerte, de enajenarte con números aparentemente sencillos. Por ejemplo, no era lo mismo que te dijeran que el par de zapatos costaba 20 CUC a que costaba 500 pesos. Nos acostumbraron a cifras bajas, a colorearnos así el caos y la miseria.

No pocos turistas llegaban al país y no comprendían el porqué de tantas monedas y tantas tasas de cambio para cada una de ellas. ¿Cómo explicar todo este complejo sistema a los visitantes extranjeros, si apenas lo entendíamos nosotros mismos?

Un ciudadano común que recibiera un CUC o un dólar como remesa podía cambiarlo por 24 o 25 pesos. En cambio, para un trabajador de la Zona Especial de Desarrollo de Mariel cada CUC que, en teoría, ganaba, se convertía en 10 pesos. Y para las empresas estatales, a efectos contables dólar, CUC y peso eran equiparables.

El resultado de esto fue un país en el que se incentivaba importar todo para venderlo en CUC y seguir importando. Exportar o producir para el mercado local se hacía imposible. Y el problema de los salarios en el sector estatal no parecía tener solución. Con sueldos que se convertían en 20 o 30 CUC apenas se podían comprar esos mismos productos que se importaban.

El panorama fue moldeando la nueva economía, que poco a poco dejó de producir alimentos o productos industriales que el mercado interno necesitaba.

Estos siempre se podían importar, mientras el turismo siguiera fluyendo; mientras los cubanos siguieran emigrando al país donde sí podían ganar dólares; mientras Venezuela y otros países siguieran contratando los servicios médicos.

La caída

Que el CUC estaba destinado a morir comenzó a intuirse en 2011, cuando el Congreso del Partido Comunista aprobó los llamados «Lineamientos», donde se dictaminó que el país debía «concluir» la unificación monetaria y cambiaria.

Para entonces comenzaba a estar claro que los múltiples tipos de cambio eran un problema y la paridad entre el CUC y el dólar ya no era real. Desde hacía años cada CUC carecía del respaldo de un dólar detrás.

Las empresas estatales ya no podían convertirlos en dólares si no que dependían de documentos llamados Certificados de Liquidez que les otorgaba el gobierno y que definían cuáles CUC eran equivalentes a dólares y cuáles no.

(Foto: Laura Rodríguez Fuentes)

Pero en Cuba este tipo de cambios, si es que suceden, suelen ocurrir despacio. De hecho, se necesitaron casi diez años, el colapso de la economía venezolana y la llegada de una pandemia global que terminó (al menos temporalmente) con el turismo, para que «concluyera» la unificación.

La última década sería la de la decadencia del CUC. Como un paciente al que le diagnostican una enfermedad terminal, el CUC siguió vivo, sabiendo que tenía los días contados.

En 2014, el gobierno anunció que había creado un plan para unificar las dos monedas nacionales, algo que ocurriría en lo que se denominó «Día Cero». Esa sería la fecha de defunción del CUC y del nacimiento del peso como única moneda en circulación.

A partir de entonces, la supuesta e inminente llegada del «Día Cero» se convirtió en un rumor recurrente que pendía sobre la vida del CUC.

En 2016, los medios oficiales publicaron artículos en los que señalaban que la decisión era impostergable.

En 2017 Raúl Castro, primer secretario del Partido Comunista de Cuba y en ese momento presidente del país, dijo que la solución del problema «no puede dilatarse más».

Pero no solo se fue dilatando, sino que en octubre de 2019, las autoridades volvieron a vender productos en dólares. La historia, como dicen, es cíclica: el país de nuevo tenía tres monedas: peso cubano, CUC y dólar.

Quedó claro, entonces, que aunque se eliminara el CUC, en el país seguiría existiendo más de un moneda.

Al principio, solo se comercializaron en divisa extranjera electrodomésticos, repuestos para vehículos y otros productos que se definieron como de «alta gama». Después, en julio de 2020, se abrieron tiendas que vendían todo tipo de alimentos y productos de primera necesidad.

Estas tiendas, llamadas de Moneda Libremente Convertible (MLC), solo admiten pagos con tarjetas magnéticas vinculadas a una cuenta bancaria con dólares o euros. Para atraer los dólares a estas tiendas, las autoridades decidieron retirar el impuesto del 10 por ciento que había pesado sobre la divisa estadounidense.

Una vez abiertas las tiendas en MLC, quedaron completamente relegados los comercios en CUC, con sus estantes cada vez más vacíos y sus ofertas -ya escasas- aún más empobrecidas.

Al perder su utilidad para comprar bienes básicos, la salud del CUC entró en fase terminal. En los últimos meses que vivió, los cubanos ya no sabían qué hacer con sus cuentas, ahorros o tenencias en CUC.

Muchos comercios o ya no los aceptaban o devolvían el cambio en pesos. Como el dólar volvía a instalarse, el CUC perdía valor cada día. Al final de 2020, la moneda que un día había tenido paridad con el dólar, se llegó a cambiar en el mercado negro por medio dólar.

El 10 de diciembre de 2020 se anunció que el Día Cero sería, finalmente, el 1 de enero de 2021.

La muerte del CUC fue anunciada por el mandatario Miguel Díaz-Canel, con Raúl Castro a su lado, cuando dijo que por fin arrancaba lo que por años habían estado cocinando: la reunificación monetaria o la «tarea ordenamiento», como también ha sido llamado últimamente el proceso.

Ahora, para la población en general, incluyendo los trabajadores por cuenta propia, el peso convivirá con el MLC. Sus ingresos se recibirán en la primera moneda, aunque muchas de las cosas que necesitan comprar se venderán en la segunda, como sucedía en 1993.

Para la mayoría de las empresas estatales sólo existirá el peso. Y solo podrán acceder a dólares al mismo tipo de cambio que se aplica a los ciudadanos: 24 pesos por cada dólar.

Esto significará la ruina para muchas de ellas, que o bien desaparecerán o tendrán que ser rescatadas, han dicho las autoridades. Esto también producirá una inflación, que según algunos cálculos será de entre el 470 y el 900 por ciento, peor que la registrada en 1993, el año más duro del Periodo Especial.

El CUC quedará en las memorias del cubano, en las memorias de los últimos treinta años, que son las memorias de la escasez, del desabastecimiento. No obstante, nadie extrañará al CUC, que murió joven, pero dicen los expertos, los que saben, que debía de haber muerto antes.

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