El Afganistán talibán, último reino de la intolerancia homofóbica y transfóbica


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Najib Faizi, activista y drag queen en el exilio (Foto: Youtube)

Hace unos días una amiga me enviaba un fragmento de un video en que un talibán decía «con los homosexuales es lo mismo, por compasión hay que deshacernos de ellos porque están contaminando la sociedad».

El video muestra un fragmento de la conferencia que ofreciera el polémico doctor Farrohk Sekaleshfar en el 2013, en la Universidad de Michigan, sobre la homosexualidad desde la perspectiva del islam.

El retorno de los talibanes en Afganistán pone en crisis los derechos de las mujeres y las niñas, por supuesto, pero también, y con más fuerza, el reconocimiento y protección de los derechos de las personas LGBTIQ+. La toma de Kabul por los talibanes trajo la restitución de la Sharía o ley islámica y, por ende, una interpretación maniquea de las escrituras y de la vida.

Luego de veinte de años de presencia militar de los Estados Unidos (2001-2021), la vuelta de estos grupos armados supone un claro retroceso en los derechos humanos para colectivos históricamente invisibilizados.

Esto no quiere decir que durante la presencia de Estados Unidos en el país, y como parte de su lucha contra el terrorismo, la situación fuera propicia, sino que la «occidentalización» de una sociedad con una cultura milenaria, diversas lenguas, etnias (14 oficialmente reconocidas) y un sistema sociopolítico tribal, trajo al fin y al cabo alguna tolerancia formal para las mujeres y las personas LGBTIQ+.

Según Carolina Bracco en su texto «¿Tenemos que salvar a las afganas?», «los talibán nacieron atravesados por los proyectos imperiales y los resabios de la guerra fría. Esto forjó su particular carácter intolerante y segregacionista; se criaron en una sociedad completamente masculina, en un ambiente donde el dominio de las mujeres y su exclusión era un símbolo de virilidad y reafirmación de su compromiso con la yihad».

»No son producto de una cultura basada en el islam, sino de una cultura de la guerra que buscó “limpiar” a la sociedad y donde la discriminación de las mujeres [y la homosexualidad] se convirtió en un elemento de resistencia a los gobiernos occidentales», asegura.

Si la principal amenaza para la sociedad afgana, e islámica en general, ha sido la invasión cultural de los Estados Unidos, entonces los derechos humanos, como proyecto civilizatorio de Occidente, fueron comprendidos como un peligro para la destrucción de las naciones islámicas y árabes.

En este sentido, el filósofo Slavoj Zizek afirma que «en muchos países africanos y asiáticos, el movimiento gay es además percibido como una expresión del impacto cultural de la globalización capitalista y su socavamiento de las formas sociales y culturales tradicionales, por lo que, en consecuencia, la lucha contra los gays aparece como un aspecto de la lucha anticolonial».

La tensa situación recrudece la violencia homofóbica en contra de la comunidad LGBTIQ+, amparadas en una interpretación estricta de la Sharía por parte de los talibanes. El miedo a la lapidación o aplastamiento con un muro de tres metros ha obligado que muchas personas pidan asilo o se escondan en sus casas hasta que puedan dejar el país.

Si bien la pena de muerte se mantuvo durante las últimas décadas para quienes hacían pública su homosexualidad, durante el periodo de ocupación estadounidense no se aplicó ninguna sentencia. Incluso se podía disfrutar de relativa tolerancia en bares clandestinos de Kabul.

La lentitud de las peticiones de asilo, tanto a organismos internacionales como a países en concreto, ha hecho que activistas afganos como Nemat Sadat pidan que se agilicen la tramitación de acogida.

Sadat, un periodista, fue la primera persona afgana en reconocer públicamente, en 2013, su homosexualidad. En aquel entonces recibió amenazas de muerte. En la actualidad vive exiliado en Estados Unidos. En los últimos días se ha dedicado a viabilizar la evacuación de hombres gays. La situación se torna más compleja, pues los repatriados prefieren seguir en el closet por temor a represalias contra sus familiares.

Sin embargo el dilema que subyace de estas migraciones sexodisidentes es más complejo de lo que se supone, puesto que se establecen nuevas configuraciones del mapa global, en cuanto a la crisis de valores culturales.

Esto no sorprende. La caída de las Torres Gemelas y la guerra estadounidense «contra el terrorismo», como ideología belicista, reconectaron el racismo, la islamofobia y la homofobia, creando un fraccionamiento del mundo entre un Occidente civilizatorio democrático y un Medio Oriente primitivo y autoritario.

La emergencia es evitar, a corto plazo, que los talibanes masacren a las personas LGBTIQ+. Para intentarlo con un éxito aunque sea parcial, no solo hay que apoyar a las organizaciones que apoyan la diversidad sexual o trabajan para proteger la vida de las víctimas del conflicto. También es necesario contrarrestar la visión de un islam sexoterrorista, primitivo y homofóbico.

Del mismo modo en que algunas feministas se apegan a la Sharía como fuente de sus prácticas cotidianas, habrá que deconstruir la visión occidental del islam para comprender los entrecruzamientos étnicos, culturales, sexuales, de clase, de identidades, al margen de un conflicto político sin resolución aparente en los próximos meses.

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