Disciplinar y obstruir: continuidad de las formas de represión aplicadas sobre el cuerpo social LGTBI+ en Cuba


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Policías vigilan la marcha independiente LGBTI+ en Cuba del 11 de mayo de 2019. Foto: Hamlet Lavastida.
Un policía “dialoga” con un activista LGBTI+ en Cuba el 11 de mayo de 2019 durantela marcha independiente. Foto: Hamlet Lavastida

El 11 de mayo de 2019, en La Habana, desde el Parque Central hasta la intersección de las calles Prado y San Lázaro, asistimos a dos aplicaciones distintas de coreografía social, es decir, dos maneras de asumir el uso y ejercicio del espacio público en una Cuba donde las manifestaciones populares son vistas como la más atrevida forma de reclamo cívico.

Finalmente, el método empleado por la comunidad LGTBI+ cubana terminó colisionando con otro método: el diseñado por el brazo represor del poder institucional, el cual frecuentemente ante acciones de este tipo despliega dentro de la esfera pública su extenso y explícito muestrario de prácticas policiales.

Ese día presenciamos, en apenas unos metros, la intervención del espacio público por una efímera microunidad policial despojada de cualquier simpatía hacia la comunidad civil que ahí se congregaba.  

Lo que ocurrió ese 11-M es la aplicación de las usuales tácticas punitivas y de escarmiento sobre todo grupo que pretenda reclamar dentro del contexto público sus demandas ciudadanas. Pero lo que sucedió allí fue también producto de una percepción prejuiciada sobre las demandas de la comunidad LGTBI+ no oficialista por tantos años. Aquí es donde se constata la perenne gravitación de ese relato homofóbico amparado y adoptado por las instituciones estatales de la Isla. Ese ha sido el proceder sistemático de los funcionarios y autoridades estatales: aplicar la coerción antes que el diálogo, la descalificación antes que el debate, el negacionismo antes que el revisionismo, la violencia física y simbólica antes que el respeto y la tolerancia;  en fin, toda una teleología represiva ensayada tanto en el espacio mediático como en el espacio público.

Ocurrió que una marcha cívica para reivindicar los derechos a la diversidad sexual quedó reducida por el esquema represivo de la policía. Todo concluyó con las detenciones de varios periodistas y activistas, y con el alegato del Segundo Jefe de la Dirección General de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), coronel Eddy Sierra Aria, quien sostenía que: «¡No podemos, ni vamos a permitir esta manifestación! ¡Ustedes violaron la ley…! ¡Por medidas de seguridad, no puede haber nadie en la vía!». 

Lo curioso era que, ya pasando la calle San Lázaro en dirección hacia Malecón, había un muy bien articulado cordón policial, así como agentes encubiertos sin identificación, con una enfática actitud de enfrentamiento hacia cualquiera que decidiese llegar hasta la avenida Malecón.

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Al parecer esta fue una operación premeditada, pues en el lugar había una gran cantidad de estos individuos sin identificación y algunos importantes oficiales del Ministerio del Interior quienes, junto a sus subordinados, improvisaban esquemas sobre la marcha mientras los manifestantes intentaban avanzar o retroceder. 

Quiere decir que ya desde un inicio el aparato policial conocía las estrategias de contención social sobre el grupo. Por eso cuesta imaginar que esto no había sido ya previamente ensayado. Todavía más teniendo en cuenta que desde la parte posterior del cordón policial se filmaba y documentaba minuciosamente a todo aquel que estaba en el núcleo manifestante.

Más llamativo aún, aunque no es nada nuevo, era el uso de vehículos del transporte público como unidades de transportación policial y parapolicial. Nuevamente, asistimos a los ya tradicionales modos operativos de la institucionalidad estatal cubana sobre las minorías civiles discrepantes: la aplicación una y otra vez del mismo arsenal discursivo y las mismas prácticas empleadas también a inicios de los años sesenta sobre estas subjetividades sexuales.

La utilización de autos de la policía, patrullas de tráfico, autobuses públicos, fue una de las tácticas instrumentadas para cercar y acordonar al grupo que marchaba ese 11 de mayo, y es que existen claros antecedentes en la historia institucional de la Revolución cubana de estos dispositivos policiales para disciplinar el cuerpo social homosexual.

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Policías vigilan la marcha independiente LGBTI+ en Cuba del 11 de mayo de 2019. Foto: Hamlet Lavastida.
Policías vigilan la marcha independiente LGBTI+ en Cuba del 11 de mayo de 2019. Foto: Hamlet Lavastida.

Ya desde la década de los sesenta estas estrategias de obstrucción y fragmentación del espacio público por parte de las autoridades eran aplicadas como una suerte de metodología de acordonamiento y sustracción de individuos socialmente peligrosos para el orden interno. Así lo documentan todas las crónicas y relatos sobre detenciones forzosas y traslados hacia las Unidades Militares de Ayuda a la Producción. O sea, existe aquí un patrón de conductas que lamentablemente tiene plena vigencia en la actualidad. Por ello, el argumento de «obstrucción» ofrecido por el coronel Eddy Sierra Aria carece de toda legitimidad, pues era la PNR, los órganos de Seguridad del Estado y los individuos sin identificación los que, efectivamente, interrumpían el flujo de tráfico, y no los marchantes que transitaban por el Paseo del Prado.

En general, las fuerzas policiales acudieron al recurso coreográfico intimidatorio para contener a quienes intentaran llegar a la avenida Malecón con una bandera arcoíris, o a quienes, en última instancia, se quedaran merodeando allí mismo en el Paseo del Prado. 

Las autoridades mostraron su reticencia al performance espontáneo de un grupo que festejaba una jornada legalmente constituida, aunque súbitamente suspendida por la dirección del Centro Nacional de Educación Sexual. 

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Llama la atención que era la PNR la que se atribuía el derecho de posponer una vez más el debate desde la esfera pública sobre conductas y dinámicas de las identidades de géneros. La estructura vertical de la policía parece ser el mejor recurso para establecer ese acostumbrado coloquio entre el poder institucional y el funcionarial. En tanto, no se excluyen los tradicionales hábitos discriminatorios hacia estas subjetividades, privándoles incluso de la legítima defensa a su visibilidad y aceptabilidad dentro del entorno social. Postura que retrasa la inclusión de estos grupos dentro del actual esquema legal y cívico cubano.

La severidad de esos funcionarios responde a una incapacidad de reconocer, desde su posición dentro de las instituciones estatales, la génesis de prácticas represivas sobre estas comunidades. Y de nada sirve instalar un debate desbalanceado sobre este fenómeno si por un lado se estimulan ideologías sesgadas de lo que son, sencillamente, derechos humanos fundamentales. Frecuentar el terreno de lo político sobre algo que es eminentemente un derecho natural desprovee de seriedad cualquier argumento erigido desde esta base. 

Mientras no se instale desde las instituciones públicas una revisión con plena responsabilidad histórica, y con pleno compromiso con la incorporación de la comunidad LGTBI+ como colectividad cívicamente activa, quedará pendiente cualquier narrativa que se postule «vocero» de estas subjetividades sociales.

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Hamlet Lavastida

Hamlet Lavastida

Hamlet Lavastida es un artista cubano que ha explorado en su trabajo temas relacionados con la política, el la propaganda revolucionaria y el totalitarismo.

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