Díaz-Canel, la epidemia de covid-19 y la lucha por el poder


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Plaza de la Revolución (Foto: Tremenda Nota)

El pasado 6 de abril, el presidente cubano Miguel Díaz-Canel informó en Twitter que «en próximas horas habrá medidas de cierre más drásticas, ante el primer rebrote de Covid-19». Aunque el anuncio molestó a algunos, lo cierto es que el aumento del coronavirus obliga, al menos, un cierre del transporte público en la capital. El toque de queda en La Habana solo ha servido para evitar cualquier suceso similar a la noche del 27N.

Típico de la pésima política comunicacional del gobierno, se informó ambiguamente que las medidas serían dadas a conocer durante la semana. El retraso de la información no asombró a nadie. Ya sucedió de manera similar cuando el gobernador de La Habana anunció una serie de regulaciones sanitarias, esencialmente el cierre del transporte público. Pocas horas después fueron revocadas.

A cinco días del anuncio presidencial, Díaz-Canel publicó en su cuenta de Twitter que «se mantienen idénticas demandas: elevar responsabilidad e higiene personal, distanciamiento físico y uso obligatorio de mascarillas». No hubo explicación de por qué no se aplicaron las «medidas de cierre más drásticas». Si algo queda claro, es que no fue por el descenso de los contagios. Se reportan diariamente alrededor de 1000 nuevos positivos.

A los ojos de la sociedad cubana, acostumbrada al mal funcionamiento de las instituciones, esta ambivalencia no pasó de ser otro ejemplo de la mala gestión gubernamental. Sin embargo, hay algo que ignoran las mayorías: la lucha de facciones en la alta dirección del país.

La paulatina y creciente ausencia de Raúl Castro en la escena pública evidencia que el General de Ejército se ha ido alejando cada vez más del poder. El debilitamiento de Raúl, quien funcionaba como un elemento aglutinador, ha provocado un quiebre en el consenso político que unía a la máxima dirección del país.

Las medidas de contención para la epidemia no escapan de esta circunstancia. Cabe preguntarse entonces, ¿por qué la toma decisiones el coronavirus es también un campo de batalla política? Esto se debe exclusivamente al impacto económico que representan las medidas, no solo en el sector estatal, sino también en el privado.

La primera flexibilización de las restricciones sanitarias comenzó a aplicarse en julio de 2020. En los medios de prensa oficiales, sutilmente, se ventilaba que el sector de la economía privada, mal llamado «cuentapropista», estaba sufriendo graves pérdidas, principalmente el vinculado a la gastronomía.

Es un rumor general que altas figuras políticas del país o sus familiares, son propietarios de importantes negocios en el sector de los servicios. Aunque desgraciadamente esta información no es pública, existen testimonios contrastados que afirman el vínculo directo de la nomenklatura con la burguesía.

El sector burocracia-burguesía está protegido por una de las facciones más importantes en la lucha por el poder: la troika liberal Murillo-Malmierca-Marrero, que tiene como vocero al ministro de Economía, Alejandro Gil. Esta troika, donde Murillo detenta una evidente hegemonía, ha insistido en la necesidad de limitar al máximo las medidas sanitarias con tal de relanzar la economía nacional. Sin embargo, cabe preguntarse, ¿a quién beneficiaba directamente la reapertura de bares, cafeterías y restaurantes de lujo? Al sector de la economía privada.

Paralelo a ello, obviada por completo en los análisis oficiales, los medios estatales y privados, las polémicas de las redes sociales, existe una franja de la clase trabajadora cubana que ha sufrido con fuerza el impacto económico de la epidemia: las trabajadoras y trabajadores contratados en el sector de la economía privada.

Sin ningún apoyo estatal, muchas veces empleados mediante un contrato verbal, miles de personas quedaron al pairo tras el cierre de bares, cafeterías y restaurantes. Ante su desprotección, el gobierno cubano no tomó ninguna medida. A duras penas, se aligeró la política de impuestos. Sin embargo, el pragmatismo de la troika liberal a la hora de decidir sobre el coronavirus, está inspirado por las pérdidas que sufre la burocracia-burguesía. No por los miles de trabajadores desempleados.

No sobra recordar que la flexibilización de las medidas vinieron acompañadas del anuncio de un nuevo rumbo económico para el país. El pasado 16 de julio, el presidente cubano daría un engolado discurso en la televisión. La intervención sería magnificada por los influencers oficialistas, mientras se ocultaba en los medios estatales lo que pudiéramos llamar el prólogo de la «Tarea Reordenamiento».

La aplicación de las nuevas políticas sanitarias pasó del discurso y accionar del Estado comprometido con el bienestar social, «socialista», al discurso liberal del Estado que deja la suerte de sus ciudadanos a la responsabilidad individual.

Se despejaba así el camino para que el 1 de enero de 2021, el paquete de medidas liberales se aplicara sin trabas. Las fiestas de diciembre y la resaca de año nuevo fueron beneficiosas para el plan económico de gobierno, pero se han traducido en miles de persona contagiadas con covid-19 y en decenas de fallecidos. Este miércoles ya ascendían a 9 en una sola jornada.

Ante este escenario crítico, la cada vez más debilitada facción fidelista pugna en la alta dirección del país por imponer medidas de protección social. Dos veces ha intentado cerrar, al menos, el transporte público en la capital. Dos veces se ha impuesto la política del pragmatismo económico.

En esta ocasión, Díaz-Canel, quien funciona como presidente «tapón» entre ambas facciones, se precipitó al anunciar una serie de medidas que representaban la política de bienestar social desarrollada con efectividad en los primeros meses de la pandemia. Que Díaz-Canel haya tenido que retractarse sin dar explicaciones habla de dos situaciones. Primero, la troika acumula cada vez más fuerzas. Segundo, el presidente tiene una muy limitada capacidad de decisión.

Sin embargo, algo pudo haber reconciliado a ambas facciones: el Congreso del Partido. Sería un exceso realizar el concilio partidista donde se anunciará al nuevo «papa rojo» en una Habana paralizada por medidas contra epidemia. Aunque, de repente, a algún decisor se le puede ocurrir que es buena idea tener paralizada la capital durante el primer sábado sin Castros.  

Olimpo Fonseca

Olimpo Fonseca

Un comunista

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