Después de los 30 años llega la «homosoledad»


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(Ilustración: Polari)

Sin las canciones de la Vargas, esa mañana él hubiese amanecido, como hace más de dos años, nuevamente solo. Rutinario, sonoro, soñador.

Extrañó aquellas frenéticas noches cuando se dejaba apretar por un hombre y sentía en su espalda el roce de una barba o se embriagaba con ese olor a macho que nacía en los cojones de su amante.

Desde que pasó a las tres décadas de vida se sintió más apartado del mundo, aniquilado. Poco sirvió «transformarse»: mudar de pueblo, cambiar casi toda su ropa, someterse a régimen alimenticio, cepillar los dientes religiosamente después de cada comida, disminuir el tabaco. Habitaba en él la rara virtud de morirse cuando quisiera sin levantar sospechas, pero sabía que fallecer en aquellas circunstancias sería como una ofensa al natural acto de sucumbir.

Es justo decir que nunca fue un pájaro feo, aunque no se ajustara a la estética gay impuesta por los burguesitos del culo: ser alto, musculoso, con una verga si no larga, al menos gorda, con unas nalgas impecables, unos labios carnosos aptos para lamer cualquier balano. Con unas manos, unos pies, un pelo. Con unos ojos. Por eso, hasta donde pudo, burló las reglas de esos maricones nazis, enemigos del vello y que entregan rasurados, en aparente higiene, unos cuerpos sin alma.

Si nunca fue una loca convencional entonces, todavía no comprende cómo pudo construir una volcánica relación con Alex o un idilio tan sano con Yerandy. Todos los que vinieron después se fueron como la espuma, y poco a poco se cansó de templar en las mismas posiciones, con gemidos sin nombre y por tres gotas viscosas en un paño sucio. Llegó a prohibirse las pajas con imágenes de gente desconocida y, sin saberlo, se secó.

«Para pájaros así no existe una ONG de Sexo sin Cariño o un escuadrón de hombres dispuestos a dar pinga a favor de la patria», cavila. «No tengo dinero, ni nada que dar», tararea nuestra Patty Diphusa mientras cierra la puerta de su cueva. Hoy está seguro de que encontrará el amor muy cerca del mercado o de la cafetería donde diariamente compra cinco panes con croquetas. O en la cola del pollo donde tantos muchachones se congregan.

Parece una niña con su mascarilla color aceituna. Sus ojitos de Faraona parecen cantar «Cómo me las maravillaría yo» mientras observan el caminar machango de sus ídolos. «Folle, folle, fólleme… Tim», gritan las pupilas de un maricón que, sólo le pide a Dios, un abrazo.

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