«Deambulantes»: Las mujeres escondidas de La Habana


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Ilustración: Rafael Alejandro García

Una guagua que recorre y expurga La Habana alguna vez capturó a Moraima Bello e Isabel Cuéllar, dos «deambulantes» que no deben salir en la foto colectiva de la capital cubana. A ellas no deben verlas turistas ni presidentes, primeros ministros ni visitantes oficiales.

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Se arrastra de rodillas, avanza con dos brazos y ninguna pierna, dos manos y ningún pie. Moraima Bello Valdés, de 54 años, nacida en La Habana, comienza su recorrido en algún punto de la ciudad y termina, en contra de su voluntad, a 22 kilómetros de distancia, en otro punto donde pastan las vacas y hacen fiesta las moscas. 

Cuando sea que las autoridades la conduzcan al Centro de Protección Social de La Habana, Moraima irá acompañada por varias decenas de «deambulantes». Cuando llegue al antiguo campamento del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) que ahora funciona como centro de acogida de personas sin hogar, menesterosos o mendigos, se topará con «viejos conocidos». 

Otra vez Moraima tendrá que encontrarse con Isabel Cuéllar, una colega que renunció a escaparse y ahora se encarga de asegurar el orden en la sección de mujeres. La sección de mujeres no es otra cosa que un cuarto amueblado con literas y taquillas metálicas. Podría llamarse «albergue» si esto fuera una residencia estudiantil, o «galera de celdas» si fuera una prisión.

Aquí, en 20 metros cuadrados, conviven 28 mujeres. Algunas entran y salen, otras se quedan como si estuvieran adaptándose a una vida que consiste en respirar, comerse un pan si se lo dan, dejarse bañar. Y dormir. Y despertar al día siguiente para repetir las mismas actividades. 

Moraima, en cambio, no está interesada en ese modo de vida. Puede repetir la misma rutina siempre que no tenga que estar sembrada en un sitio. No puede renunciar al movimiento aunque no tenga piernas. Cuando escapa del Centro suele estar en la calle 23 del Vedado: va de arriba abajo con una bolsa en la que no faltan un peine, algunas mudas de ropa, algún trozo de pan, un pomo de agua y, lo más importante, un jabón y una colonia.

Cuando la noche da paso a la madrugada, Moraima busca en su bolsa una sábana y la tiende en alguna esquina. Esa esquina debe tener al menos dos características: ser menos fría que la calle y servir como urinario de urgencia. Esa esquina debe ser, además, patrimonio exclusivo de Moraima. Si ella aceptara compartir «cama», estaría con alguno de sus hijos o con su hermana en Marianao, en vez de desplazarse por la ciudad. 

Moraima es lo que trabajadores sociales y sociólogos cubanos definen como «deambulante», una derivación del adjetivo «ambulante»: «Que se traslada de un lado a otro sin establecerse en un punto fijo», según los diccionarios canónicos.

Moraima es lo que los ciudadanos califican, más allá de categorías oficiales, como mendigos. Ella es, precisamente lo que no deben ver los turistas y mucho menos los Papas. A Moraima hay que esconderla de presidentes y de primeros ministros. De visitantes oficiales y de cruceristas.

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La guagua entra a las 11:10 p.m. proveniente de Plaza y a las 2:00 a.m. proveniente de Centro Habana ―confirma Ernesto Tor Segura, uno de los jefes de turno de la institución―. «Ayer entraron treinta y pico de personas. Cuando llevas un tiempo de trabajo con ellos ya los conoces. Pero también entre ellos se conocen, como se conocen los médicos entre sí, los periodistas, o los masones. Aquí sucede lo mismo». 

Es de noche; por la Calzada de Diez de Octubre va la guagua otra vez. Un tornado generó caos en cinco municipios de La Habana, pero el ómnibus no interrumpe sus servicios. Hasta ahora ha capturado a una decena de deambulantes, hombres y mujeres. Moraima logra escaparse.  

Lo primero que sugiere que no se trata de un transporte de pasajeros es el insolente olor a orine. Y luego un policía, y una señora con cara de burócrata que dice, condescendiente: «No te sientes allá, mira, ponte aquí». En el fondo, separados por una vara de aluminio, los rostros de los «pasajeros» interpelan a quienes suben al ómnibus. La mujer con aspecto de burócrata aclara que ellos no son locos sino «deambulantes» encontrados en varios puntos de la ciudad, y que van en camino al Centro de Protección Social de La Habana, en Managua, a las afueras de la ciudad. 

Si alguno no quiere subir a la guagua, dice la mujer, entonces el policía juega su papel.

Según un reciente reportaje de Cubadebate «diariamente a las nueve de la mañana sale una guagua, presupuestada por la dirección de trabajo, para recoger a esas personas. En ella van tres trabajadores sociales y oficiales de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR)». Foto: Roberto Suárez Piñón / Tomada del periódico Juventud Rebelde (2015).

La institución no lleva, a diferencia de la mayoría de los espacios fundados por el socialismo cubano, ningún nombre de mártir. Tras la reja, debajo del cartel que anuncia que una ha llegado al Centro Provincial de Protección Social, se lee, clarísimo, que no se permiten cámaras ni teléfonos móviles.

Enseguida el jefe de turno dice que «aquí» todo se hace mediante el convencimiento. La persuasión a través de la palabra, asegura, resulta fundamental. Lo mismo para que los «deambulantes» ingresen al Centro que para su retirada. «No les podemos exigir que se queden o se vayan, pero aquí vienen personas que no clasifican. Vienen enfermos de VIH, vienen homosexuales, personas con lepra, otros que no tienen casa».

Los trabajadores sociales llevan registro de todos los que ingresan en el centro. Transitados los 22 kilómetros desde la ciudad hasta aquí, Las Guásimas, un punto intermedio entre San José de las Lajas y el Cotorro, no pueden retener a los recién llegados. «Los convenzo bajo palabra. Hay que hacer un papeleo grande para retenerlos y para expulsarlos. Yo me preocupo por hacer bien mi trabajo, siguiendo un manual, cumpliendo con lo que está establecido», dice.

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Una mujer está al lado del camino, quieta, sentada en la posición de una muñeca. No responde a las preguntas, levanta y baja la cabeza. Nadie la ha expulsado pero, tampoco, nadie la ha retenido. A 200 metros de la institución no parece un problema. A 22 kilómetros, en el centro de la ciudad, sí.

 

Foto: Darcy Borrero Batista

El Centro de Protección Social de La Habana no está cerca de ninguna carretera principal. Llegar hasta allí, si una no se embarca en la guagua de los «deambulantes», obliga a tomar varios ómnibus urbanos y semiurbanos: La línea P6 o P8 hasta (el barrio) El Eléctrico y luego otra ruta casi extinguida: la A-18 o la A-19. De la Calzada de Managua habrá que escabullirse por una vereda hasta las Seis Vías, pasando por una unidad de Almacenes Universales que advierte «No Pasar. Respuesta Armada». Al cruzar las Seis Vías, una guardarraya. 

«Ayudar al que lo necesita no solo es parte del deber, sino de la felicidad», dice en mayúsculas el cartel de bienvenida.

El custodio de la garita, quien se encarga de velar por que no pase nadie ajeno al Centro, comenta que «a ellos [los deambulantes] los traen para acá, los bañan. Hay quienes trabajan afuera, entran, salen, van para su trabajo. Hay muchos que no tienen casa y se quedan aquí. Aquí hay trabajadores sociales que los atienden, los registran, llevan el control de ellos, los caracterizan».

Aunque es exclusivamente para «deambulantes» ―que en muchos casos padecen demencia o alcoholismo―, han admitido a personas por el solo hecho de no tener casa.

«Me conviene estar aquí porque después de que me operaron me quedé sin trabajo. Aquí estoy tranquila, me dan mi comida y tengo un techo», comenta Isabel una vez que pasó la cuchilla de afeitar de arriba abajo. 

Los domingos, sentada sobre el colchón de tres centímetros de grosor, Isabel mete la máquina de afeitar en un jarro y, con la otra mano, se enjabona la cara. Puede rasurarse sin mucho esfuerzo: mantiene tensa su única pierna sobre una silla y usa las manos con destreza. 

«Ella se afeita igual que un hombre porque cree que es un hombre. Quizás otros no lo entiendan, pero yo pasé mi servicio social en un centro de personas con VIH en San José de las Lajas y allí la mayoría eran homosexuales y te das cuenta de que eso no es un defecto, es una proyección», dice Ernesto.

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«Aquí no podemos admitir a todo el mundo porque si dejamos ingresar a alguien con lepra, por ejemplo, al día siguiente se nos contagia todo el mundo. Han tratado de entrar personas con VIH, pero no, eso no es así. No se puede entrar con enfermedades contagiosas. Las salas son pequeñas, tienen condiciones de vida, pero es complicado. Esto es muy pequeño».

Isabel agradece que el Centro de Protección Social exista: come gratis, vive gratis. Sin embargo, Moraima lo repudia. Es como el mecanismo que debe activarse para corregir los defectos de una propia máquina. En un sistema social que genera «casos sociales», un Centro de Protección Social representa ese mecanismo. 

A Moraima le diagnosticaron artritis en la adolescencia. En las actividades agrícolas de la Escuela al Campo no rendía: se cansaba demasiado rápido. Desfallecía. Poco tiempo después se casó. Casi no podía caminar. Cuando nacieron sus hijos, murieron sus piernas. Entre el 99 y el 2000, se las amputaron. Al principio hubo prótesis, pero no las aguantó. Más tarde, silla de ruedas. Tampoco le fue bien: la chocó un carro, sobrevivió. La chocó otro carro, sobrevivió. Pero ya no quiso volver a la silla de ruedas. 

Los papeles que lleva consigo avalan su condición de discapacitada, miembro de la Asociación Cubana de Limitados Físico-Motores (Aclifim) y beneficiaria de una pensión que no sobrepasa los 400 pesos cubanos, es decir, 16 dólares. Pero en la calle, asegura, le regalan cosas. Cuando tiene dinero entra a las tiendas de ropa reciclada, dice. Y se compra una saya o una blusa. Si se le pregunta por qué no vive con alguno de sus hijos, Ahmed o María Caridad Wong, responde que no le gusta estorbar, prefiere andar por las calles antes que vivir en su propia casa.

Lo que a todas luces parece una solución mesiánica (sacar a los «deambulantes» de las calles y llevarlos a un sitio seguro), solo confirma la teoría del mecanismo de seguridad: si el sistema genera pobreza, luego tiene que medicarla con seguridad social.

 

Un grupo de mujeres internadas en el Centro de Protección Social de La Habana. La foto fue publicada por el diario Juventud Rebelde en noviembre de 2015.

―Aquí hay personas de una cierta edad y no hay ambulancias ―añade Ernesto, el jefe de turno del Centro―. A veces tú te cansas de llamar y nada. Cuando dices que llamas del Centro de Deambulantes se demoran el triple o no mandan nada. Saben que si les pasa algo a los deambulantes, nadie pedirá cuentas».

La socióloga Massiel Rodríguez Núñez, que ha estudiado la categoría de «deambulante» como parte de sus investigaciones sociológicas, considera que este tipo de trato es asistencialista y plagado de maltratos. Su investigación en torno a las prácticas de este tipo de centros concluyó que «la recogida de los deambulantes por medio de la guagua no es más que un método de saneamiento social».

La abogada Deyni Terry Abreu confirmó que este método de saneamiento, típico de la Cuba colonial lleva más de cinco años de aplicación en la Cuba revolucionaria. 

«Los llevan para ese Centro y muchos se evaden. Si no están identificados, ¿por qué no les toman las huellas dactilares, que son únicas, y los identifican? Así pueden localizar familiares y entregarlos con documentos de responsabilidad. Pero no ―se queja la abogada―. Es más fácil gastar combustible y decir que se preocupan».

«Es para que no anden por ahí deambulando, una forma de limpiar aquello allá [la ciudad]. Los traen para que no desanden. Aquí no hay turistas», dice uno de los custodios luego de relatar cómo recogen a los «deambulantes» todos los días, excepto los domingos. «Aquí el que tiene situaciones se queda si quiere quedarse; si no, se puede ir. El que tiene casa, no puede quedarse, tiene que irse. Y el que no quiera estar aquí, se puede ir».

Comments (1)

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    Alfredo Martínez Ramirez

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    Muchas gracias a tremenda nota por contar siempre la verdad, desde el fondo, gracias maykel y todo colectivo

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