Date un trago por La Güinera, un barrio de pistoleros en Cuba


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Hoy la gente no quiere comprar nada de esto, hoy lo que compran es carne. Foto: Darcy Borrero.

«Hay ron», se lee al mediodía del 24 de diciembre de 2019 en un cartel adornado con estrellas y caras felices a la entrada de la unidad de comercio No. 1174, consejo popular La Güinera. Eso es para llamarlas, a las dos, por sus nombres oficiales, porque en realidad esto es una bodega de zona marginada en una callejuela más de esta Habana periférica que no sale en revistas y solo es trascendente por sus historias de machetes y pistolas criollas. Especialmente si es diciembre, cuando la gente del barrio toma (más) ron y se pone demasiado contenta.

¿Hay ron? ¿Solo ron o hay más cosas? ¿O hay más cosas, pero lo que importa es el ron? El administrador no sabe qué contestar y termina por soltar una frase: «este es el producto que dispara las ventas, se vende más que todo lo otro junto».

Hay ron. En este barrio ese producto es demandado en casi todas las esquinas. Pero Hernando, chofer de un rutero de una empresa estatal, no va a comprarlo. Hoy lo único que va a llevarse a casa es arroz. Todo el arroz «liberado-controlado» que pueda, a cuatro pesos la libra.

«Ahora dicen que es argentino», apunta el hombre como quien recuerda todas las nacionalidades del arroz que llega a Cuba. Ese, sin embargo, no es su problema hoy. Sucede que cobró este mes 230 pesos en moneda nacional, debido a «un incumplimiento de la empresa de taxis» para la que trabaja. Y aunque pudiera extenderse para explicar este problema, el de verdad importante para él es que con ese dinero lo único que puede comprar es arroz.

«¡Qué navidad va a celebrar el cubano!» Hernando Lescay se lo pregunta en voz alta. «¿El cubano qué es lo que tiene pensado para esperar navidad? La carne, la cerveza con la familia. Pero ya la Cristal ni la Bucanero existen. Ni eso, ahora toda es cerveza importada».

Hernando forma parte de una pintura que siempre será parcial. Cuando él dice «el cubano» hay pensar en el cubano que es él, en el cubano residente en un barrio marginal y marginado, un taxista estatal, un negro de cuarenta y pico de años, padre de familia.

Yanelis Gutierrez una campesina de Cuba vendiendo productos en la Güinera. Foto por Darcy Borrero.

 

 

 

 

 

 

 

 

Yanelis Gutiérrez, campesina. Foto: Darcy Borrero.

Aunque quizás cuando él habla del cubano habla también de la cubana. Yanelis Gutiérrez, por ejemplo, de treinta y pico, agricultora, madre de dos hijos, residente en la Calzada, pero trabajadora de una finca. La cubana que es Yanelis, en bicicleta y con una bandeja de marquesitas compradas en un puesto estatal, pasará la nochebuena en familia, con su madre, esposo e hijos. Antes debe llevar estos dulces a casa de su suegra, doctora de un hospital psiquiátrico que quiere hacer una fiesta para los pacientes ingresados en ese centro sin familiares con quienes pasar estos días.

Yanelis, cuando entregue las marquesitas, regresará a su casa cargada con lechugas y acelgas de las que cultiva hace ocho años. De esta forma espera su navidad, mientras se conservan en un refrigerador las marquesitas que venden Eric Méndez y Daniel Díaz como «oferta especial».

«La marquesita es un dulce que se hace poco», dice Eric. «No es como la tortica, el panquecito, la panetela borracha».

Algunos vecinos han reclamado a una empresa local que no cierre la dulcería, a pesar de su poca oferta. Se ha hablado de cerrarla quizás porque escasean los ingredientes de repostería.

Daniel escucha el reguetón de la bocina, pero está ensimismado.

«El dependiente es el que está jodido», interviene.

Antonio Echevarría Casanueva, de ochenta años, fue al Cotorro por la mañana para ver a su hija y recoger la mensualidad que le manda su hijo de Hialeah, unos cincuenta pesos convertibles con los que comprará «algunas cositas». Carne.

«He ido dos veces a Estados Unidos, pero no me gustó para vivir. Es arena y a mí no me gusta nada la arena». Pero tampoco se iría al Cotorro. Su problema no es con Hialeah ni con el Cotorro, sino con que prefiere vivir en La Güinera. ¿A la gente de La Güinera le gusta La Güinera?

«Aquí se resuelve», se le escucha decir a muchos a cada tanto. «Aparece de todo».

Vendedora de ropa en la Güinera. Foto por Darcy Borrero

Vendedora de ropa en la Güinera. Foto por Darcy Borrero

«¿Pero tú sabes lo que es quitar el agua un 24 de diciembre?», se pregunta la vecina del frente de Antonio, agita los brazos. Tiene ropa colgada en el portal, no porque haya lavado, sino porque la vende. Vende casi todo lo que le caiga en las manos. «Pero hoy la gente no quiere comprar nada de esto, hoy lo que compran es carne».

Un cerdo abierto cuelga de un gancho, atravesado por una vara. Los dueños de la casa hablan con total indiferencia ante el cerdo. Los dueños no mencionan el precio ni tampoco la significación de este cerdo para su nochebuena.

***

La cola en el banco, en la cuadra de Antonio, es larga. Pasan las horas y la cola permanece igual. No deja de haber personas ahí hasta entradas las tres de la tarde. Una señora llega hasta la esquina y, al ver la cola, empieza a hablar consigo misma. «¡Qué va, no puedo esperar, ya tengo dos meses acumulados, pero como está la cola, qué va!». Camina en dirección contraria.

Aparece un muchacho con una ristra de ajos en cada hombro. «Me das treinta por cada una y ya», ofrece a la vendedora de ropa. Son las dos últimas. «Están verdes», contesta ella.

En la calle paralela, que es la Avenida Güinera y la más céntrica de las calles de este barrio periférico, la policía detiene a un vendedor de ajos. No es el mismo. ¿Cuál será su historia? Si bajas hasta el banco, vuelves a subir, no encontrarás ya al vendedor ni a la patrulla. ¿Qué habrá sido de ambos? ¿Cómo pasarán el fin de año?

Eso no les importa, al parecer, a los vendedores de la Lomita. Viandas, hortalizas, flores, velas, peluches, frituras y fritanga, enlatados, aceitunas, embutidos y ahumados. Sal de nitro y grasas a pulso.

«Dame dos paquetes de perrito (salchichas)», pide un cliente a los hermanos William y Wilmer, carniceros.

William y Wilmer empezaron este 24 de diciembre con la carne (de cerdo) a 35 pesos la libra. «Queda costilla, lomo, y esta paletica», señala un pedazo que estaba congelado y ahora cuelga de un gancho de metal.

William y Wilmer van a querer venderle una jaba de a peso a todo el que les compra. Un nylon. La misma bolsa plástica da a sus clientes el vendedor de dulces. A La Güinera no ha llegado la idea de la reducción del plástico ni parece que vaya a llegar por ahora. En La Güinera se reproduce plástico a montones: pozuelos, palanganas, cubos, pellizcos para el pelo.

«La gente hace lo que puede para no pasarlo por alto, pero no es como años atrás, la Navidad en La Güinera no es como Dios manda», sentencia William.

No hay muchas respuestas en este barrio ni se suele hacer demasiadas preguntas. Solo la básica cuando alguien está averiguando de más: «¿Tú eres policía?».

La policía siempre tiene trabajo en La Güinera. Si es diciembre, más. Era así cuando el reparto surgió, según cuentan los más viejos. Ahora, sin embargo, la policía entra al reparto para detener a vendedores ambulantes sin licencias. Y los vendedores corren cuando se pasa la voz de «Aguaaaa». De todas formas, mientras pueden vender, lo hacen. Otros, aunque no pueden comprar, toman ron.

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