Cuba, no me vas a engañar con tus próximas «revoluciones»


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(Fotos: María Lucía Expósito)

Así será en Cuba con todo lo que se haga para reconocer a otros grupos de la ciudadanía y otorgar garantías. Hay deudas históricas que nadie quiere pagar.

Ayer el malestar de algunos fue por el Decreto Ley de Bienestar Animal, pero perfectamente puede serlo mañana por la Ley contra la Violencia de Género, por la demanda de refugios para mujeres víctimas de ese tipo de violencias ―esas mismas que después de haber ido a poner la denuncia tienen que volver a casa con el agresor que acaban de denunciar―, por el Código de las Familias y el matrimonio igualitario. Ni hablar de cuando se trate de una ley trans o de identidad de género.

Cada una de esas demandas, como tantas otras que se me olvidan, son vistas por un importante sector de los «revolucionarios», y también de la oposición, como innecesarias. Para unos porque ya la Revolución lo ha resuelto casi todo, y para otros porque pedirle derechos al régimen es legitimarlo, empoderarlo, fortalecerlo. Y en medio de todo esto, hay quien se queda en tierra de nadie.

Ambas partes te niegan el racismo, por ejemplo, o no entienden por qué hablar tanto de homofobia, de transfobia y de género. «Sean felices y ya», te dicen, como si ser feliz y ya fuera tan fácil. Como si fuera posible «ser feliz y ya» en el país que nos imaginan. No ven que el racismo, el género, la orientación sexual, la identidad de género, así como las opciones políticas, marcan los destinos de las personas en cualquier lugar y en cualquier sistema. Y eso que, como dicen, hablamos de estas cosas todo el tiempo. Imagínense si no lo habláramos.

También está el otro tipo de combatiente que va por las redes preguntándote cómo es que le pides al Gobierno/Estado/Régimen/Dictadura (cualquiera de esas cuatro opciones) ley para tal cosa si no tenemos libertad de expresión, lo básico. Si el limón fue «la base de todo» en algún momento para el gobierno, pareciera que para los otros todo se resuelve con la libertad de expresión.

Este tipo de presupuesto me recuerda a los marxistas, por ejemplo, que también pensaron que, una vez lograda la «revolución del proletariado», se daría la liberación de la mujer. Y entonces la «cuestión de la mujer» pasó a ser una causa secundaria, aplazada.

Fidel también creyó que con la Revolución se resolverían aquellos seis problemas que él detectó como fundamentales. Y aquí estamos con los mismos: la tierra, la industrialización, la salud, la educación, el desempleo. Ni hablar de la vivienda. Vivimos con mil problemas más.

Una revolución o un cambio de régimen no asegura que, por obra y gracia de ella, así, por el mero hecho de darse o ser provocada, esas cuestiones se resuelvan. A menos que esa revolución o ese cambio se piense desde la raíz, contra todas las opresiones, desigualdades y falta de libertades, y no acabe cambiando un grillete por otro.

Si desde ahora no se hace el trabajo de sentar las bases y definir lo que queremos, poner todos los problemas sobre la mesa de debate, ir hasta la raíz y arrancarla de cuajo, estamos destinados a volver al mismo punto una y otra vez, a ser «continuidad».

Con ese mismo espíritu de sintetizar, ahora se cree que con libertad de expresión y democracia resolveremos el problema Cuba. Puede ser. No soy politóloga ni historiadora, y puedo estar metiendo unas cuantas pifias. Me responsabilizo con todas. No sé nada de esas cosas y, sin embargo, tengo la sospecha de que podemos tener toda la democracia del mundo, toda la libertad de expresión, vivir empachados de democracia, de «patria y libertad», de «patria y vida», de «patria o muerte», y seguir siendo un país tan triste y tan preso de sus horrores y prejuicios, de su orgullo rancio y de su prepotencia.

Para rematar, con una agenda ultraderechista que no está tocando las puertas, ya está colada aquí dentro. Y eso da miedo. Eso debería dar miedo y preocupar no solamente, como se cree, a los pájaros, las tuercas, las personas trans y negras, ni a la gente con más carencias económicas. Una agenda de ese tipo es un peligro para todas las personas. Aunque ni tanto. Si existe es porque a alguien debe beneficiar.

Lo cierto es que unos te piden que «pienses como país», pero cuando piensas y te expresas puede que te conviertas en una escoria para tu país, para el mismo que te mandaron a pensar. Porque no fue que te mandaron a pensar como país, te ordenaron un pensamiento específico sobre ese país.

Otros te piden que abraces sus proyectos de nación, el de la libertad de expresión, y que te olvides de tus luchas porque son secundarias. Te hablan muy bonito de la unidad, pero es que la unidad entendida y exigida de ese modo, me da coriza. Con esa excesiva demanda de unidad para un mismo fin, para el bien común ―bien que comúnmente es para los mismos de siempre―, he aprendido que se encubren otras injusticias, se marcan jerarquías de demandas y personas. Se invisibilizan las diferencias, se ocultan o se pretenden borrar, se dejan para después, y ya sabemos lo que pasa: nos relajamos y empezamos a producir consignas para creer que algo todavía vive y tiene «continuidad».

Si exigirle derechos y garantías al Estado cubano es darle legitimidad a un Régimen/Dictadura, entonces deberíamos replantearnos algunas cosas: no estaría mal, por ejemplo, dejar de acudir a las escuelas y universidades que son de la dictadura, ni a sus hospitales, ni a sus museos, ni a sus discotecas, ni a sus instituciones para hacer algún trámite. Si nos roban, nos asaltan, nos agreden, si violan o matan a una niña o a una mujer, no pongamos la denuncia si total, la policía y la fiscalía son de la dictadura. Estaríamos dándole legitimidad y colaborando con su establecimiento, fortalecimiento, credibilidad y expansión, ¿no?

No deberíamos ni comer. Es más, ni morirnos. Antes de morirnos, si no hay más remedio que morirse, dejar dicho a nuestros familiares que nos entierren en el patio porque las funerarias y los cementerios son del Régimen/Dictadura. Y de ahí en adelante que el último apague la luz.

Si en eso consiste, pues a un extremista, otro.

Lo llamativo es que casi siempre te lo dice el que no le afecta la violencia de género, la homofobia, el racismo, la transfobia. El que tiene poco amor a los animales, el especista.

Eso sí, son luchas que instrumentalizan bastante cuando les conviene. Se las apropian, las raptan, invisibilizan las voces y el trabajo de activistas y proyectos a los que sí les interesan estos derechos.

En cuanto foro o informe internacional aparece, denuncian que al Régimen/Dictadura no le importa la violencia de género ni la agenda LGBTIQ, y una se cree que han asumido estas luchas como propias y que a ellos sí les importan, pero luego entiendes que todo forma parte de una estrategia. Luego que se acaba el foro, las desechan como se desecha un condón recién usado. Denuncian la ausencia de derechos, pero te recuerdan que no puedes pedir al Estado que la llene.

Pienso que a los regímenes también se les va quitando poder mientras la ciudadanía gana terrenos que antes no tenía. No considero que pidiéndole al Estado protección para mujeres y niñas, para la comunidad LGBTIQ, para las disidencias ya sean políticas y sexuales (que las disidencias sexuales también son políticas, pero esa es otra conversación), se le esté empoderando. Pienso todo lo contrario. Es la ciudadanía la que, arrebatándole ese poder a quien siempre lo ha controlado, se empodera.

Celebrar un decreto en favor de los animales no cambia en nada la rabia que nos provocan los allanamientos, las citaciones, interrogatorios y arrestos arbitrarios, el hostigamiento policial a quienes disienten, el odio político, los desalojos, los actos de repudio, la homofobia, el racismo y el clasismo de Estado, la violencia contra mujeres activistas, periodistas y opositoras. No suavizará nuestras denuncias ante injusticias de este tipo, ni nos relajaremos. Un decreto no da para tanto.

He leído a gente con cierto malestar porque «ahora los animales tienen más garantías que los humanos». Y es válido que lo expresen. A mí, en cambio, me enseñaron que la alegría y la prosperidad de mi vecino no debe darme envidia, y que, si quiero ser tan alegre y próspera como él, pues que al menos lo intente, que siga insistiendo. El logro de mi vecino casi siempre también es mío, y lo celebro.

Quizás en estos momentos un Decreto Ley de Bienestar Animal no tiene la complejidad de otras leyes para «humanos». No sé. Lo digo yo, la primera que me quejo de la demora de algunos derechos que me harían vivir y desenvolverme un poco mejor. Es irónico, lo sé. Al menos así suena. Pero yo no podría sentir disgusto por este decreto ni hablar despectivamente de él, porque detrás hay un trabajo de hace años y una lucha que tampoco ha sido fácil. Ya por eso lo respeto y lo celebro.

Pero hay «revolucionarios» que perdieron el sentido de lo revolucionario, de la fuerza que puede generarse a partir de un mísero cambio, y por eso se preguntan cómo es que los animales primero, señor presidente. Me entiendo a mí misma, que también he llegado a pensar lo mismo, como también entiendo a los que preguntan cómo primero los animales y no la libertad de expresión, la democracia, que en vez de pedir tantos derechos para las mascotas los animalistas deberían apoyarlos en tumbar la dictadura. No ven en el bienestar animal una lucha política. Y es que hay zonas de la oposición que también son «continuidad».

No puedo empatizar con otras agendas que en el futuro pudieran terminar creando otras manifestaciones de odio y discriminación, otros actos de repudio, otras Unidades Militares de Ayuda a la Producción (Umap). Y en cambiar una Umap socialista por una capitalista no veo la diferencia. Que me disculpe esa oposición ciega, esa oposición tan machista, violenta, antiderechos LGBTIQ y racista como cualquier funcionario del Partido Comunista de Cuba (PCC). En resumen, esa zona de la oposición que también debería dimitir como los ministros, como algunos diputados y como le exigen a Díaz-Canel que haga.

Así que ya saben. Cuando me pregunten por qué no me motivan ningunas de esas patrias y proyectos de nación que se inventan, les mandaré este texto. ¿Cuál es el cambio? ¿El mismo cambio trillado e inoperante que se quedó atascado en el concepto de Revolución? ¿Un cambio llamado a ser cómplice de otras injusticias y opresiones? ¿Cambio para quiénes? ¿Cuál patria? Yo, como en el amor, lo quiero todo o no quiero nada.

Mel Herrera

Mel Herrera

Escritora y activista

Comments (3)

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    Julio

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    Por tu vida Dios, te la comiste, me has puesto a pensar seriamente….

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    Santiago

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    Las cosas como son. Muy buena reflexión

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    Poli

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    Normal que cerró y botó la llave

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