Lucía Labastida, la última diva cubana


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Lucía Labastida durante una presentación en el centro cultural El Mejunje, en Santa Clara. (Foto: Laura Rodríguez Fuentes)

Lucía Labastida es una especie de cantante temperamental casi extinguida de los escenarios cubanos. Cuando canta es como si se abriera: no deja nada para sí misma. Aunque ha sido marginada por ser lesbiana, por su forma impulsiva de proyectarse en la escena, nadie podría separarla de la vida musical de Santa Clara.  

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Desde que Lucía Labastida se paró a cantar por primera vez en un escenario supo que debía hacer lo que le diera la gana. Entonces interpretó los boleros más desgarradores que conocía, se tragó un doble de ron bautizado con agua y se quitó los zapatos en un desborde de pasión.

Con 28 años, Lucila Oílzer Bastida Zamora tocó a las puertas de El Mejunje, las ruinas de un hotel devenido centro cultural, el sitio fundado por Ramón Silverio para acoger a la gente marginada, de bajo estatus económico, a los discriminados por su orientación sexual en Santa Clara. A principios de 2001, Lucía se convertiría en una voz icónica de ese patio, los promotores culturales la reclamarían en La Habana, los periodistas escribirían reseñas sobre una diva colérica y pasional surgida en los «arrabales». 

Para su debut Ramón Silverio, el fundador y director de El Mejunje, decidió cambiarle el nombre por uno más corto, más contundente. Sería desde ese momento la cantante turbulenta y temperamental, «La Bastida», a la usanza de aquellas otras divas como Celeste Mendoza (La guapachosa), Moraima Secada (La Mora), Merceditas Valdés (La Pequeña Aché), Blanca Rosa Gil (La muñequita que canta) o Guadalupe Victoria Yolí (La Lupe).

Hija de gato

A José Luis Bastida lo reconocían en los setenta por su voz rajada, por su inseparable sombrero oscuro, por su estrafalaria manera de proyectarse en la escena. Fue, durante casi una década, el vocalista principal de Los Fakires, un combo santaclareño que ambientaba las noches de clubes y bares nocturnos de la ciudad, y que llegó a ser una exitosa agrupación tras giras y presentaciones en los países del antiguo campo socialista. 

Al término de cada show el cantante y percusionista le sacaba la lengua al público, entraba sin pudor al camerino de las bailarinas, espetaba improperios y frases ininteligibles. Aunque siempre fue tildado de vulgar y excesivo, la gente de Santa Clara seguía asistiendo en masa a sus presentaciones. La crítica de la época lo encasilló dentro de la definición de «excéntrico musical».

Cuando Lucía se atrevió a confesar su afición por el canto, a los 11 años, Bastida le asestó un «tú no tienes temple para ser cantante». Al poco tiempo, el padre se fue de la casa y dejó solas a su esposa y a su única hija. «Se desentendió de mí», recuerda Lucía. «Me habían hecho una operación en las piernas, porque no podía caminar. Me llevaron hasta La Habana y estuve cuarenta y cinco días ingresada. En ese tiempo, mi padre no fue capaz ni de averiguar por mí».

José Luis no podía aceptar que su hija fuera lesbiana. «La cosa empeoró en ese momento», cuenta ella. «Yo era una arrabalera, me pasaba las 24 horas del día de bar en bar, de esquina en esquina dando descargas. Cuando encontré mi pareja decidí por fin dejar esa vida y establecerme. Ahí sí que mi papá me viró la espalda para siempre». 

Él la había escuchado cantar, la había visto besar a una mujer. «Si tú te lo propones puedes llegar tan lejos como él», le advirtieron como consuelo a Labastida. «No me volvió a mirar como hija, a pesar de que, a la vista de las personas, parecía un padre ejemplar. Siempre me vio como algo que no debía haber sucedido en su vida».

Rafael Díaz Contreras, conocido como El Diablo, un cantante de la Banda de Benny Moré que compartió escenario con el padre de Lucía, afirma que, aunque le gusta el estilo de la cantante, «se excede un poco en la dramaturgia. Ella copia las maneras de aquellas intérpretes y las incorpora a todas en el escenario». 

«Bastida era mi amigo, lo conocí bien. Dicen que hijo de gato, caza ratón», confirma El Diablo.

Lucía alega que es hija de las dos aguas en la religión yoruba. Que heredó la calidez de Oshún, la fiereza de Yemayá. Cuando canta, fuma tabaco, se golpea el pecho y la cabeza, se toca los genitales en un desborde de desacato, se enreda con el micrófono, vuelve a empinarse otro trago largo de ron para aclarar las cuerdas vocales. Le han gritado «tortillera», «machorra», «desafinada». Le han espetado que se calle, que no sabe cantar.

Lucía y su novia, Maribel Rodríguez, La Gallega, viven en la Base aérea, un reparto alejado del centro de Santa Clara. Juntas han criado y educado a los hijos y nietos de La Gallega, y se han encargado de la madre anciana de Lucía. «Se la pasa cuidándome, dándome consejos. Es bueno tener a una persona al lado que sea compañera, madre, hermana», dice la cantante.

  • Casi nunca las instituciones culturales pagan los servicios de Lucía en tiempo y forma. Para sobrevivir, la intérprete se presenta como invitada en peñas de otros vocalistas. (Fotos: Laura Rodríguez Fuentes)

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  • Casi nunca las instituciones culturales pagan los servicios de Lucía en tiempo y forma. Para sobrevivir, la intérprete se presenta como invitada en peñas de otros vocalistas. (Fotos: Laura Rodríguez Fuentes)

  • Casi nunca las instituciones culturales pagan los servicios de Lucía en tiempo y forma. Para sobrevivir, la intérprete se presenta como invitada en peñas de otros vocalistas. (Fotos: Laura Rodríguez Fuentes)

A lo largo de sus 45 años ha sentido el rechazo de su propia familia, el rechazo, a veces, de los decisores del Centro Provincial de la Música, la empresa comercializadora que representa a los artistas villaclareños. «Las malas lenguas han comentado que yo no tengo ética para proyectarme en un escenario, pero a palabras negras, oídos de apartheid», dice.

El día que asistió a la evaluación para ganar el estatus de «cantante comercial» de dicha empresa, en 2010, «hubo muchos de ahí mismo que apostaron a que yo no pasaría el examen que traían la gente de La Habana. Casi todos los artistas llevaron polvos de brujería para joder a los demás. Yo me aparecí con una Biblia –cuenta Lucía–. He seguido viviendo a pesar de todo lo que dicen de mí».

Luego de la evaluación técnica, el jurado que la audicionó, dictaminó que Lucía «en su proyección, muy peculiar y auténtica, defiende su estilo propio, en una muy personal interpretación. Muestra carácter y personalidad, recreando cada frase, cada palabra, jugando con el tiempo y el rubato».

Cuando Mariela Castro Espín, la directora del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) e hija del expresidente cubano Raúl Castro Ruz, visitó El Mejunje, a Lucía le pidieron que se comportara, que no se quitara los zapatos. 

«Me los quito y los tiro porque me molestan», advirtió esa vez. «Aunque vaya muy elegante, prefiero andar en chancletas».

«Si tuviera que definirme con una canción sería Como cualquiera», resume Lucía, «porque así he vivido, a mi medida y a mi manera. Me han dicho que soy la última de las divas pasionales, pero yo no me creo diva, ni que soy la última. Pueden venir y quitarme el título, pero lo temperamental no me lo quita nadie».

 

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Laura Rodríguez Fuentes

Laura Rodríguez Fuentes

Periodista guajira del centro de Cuba dedicada también a la santería y otras artes paganas. Bohemia, adicta a la vida cultural nocturna, defensora por siempre de todas las personas a quienes tratan de quitarles la voz.

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