Cuando un pájaro quiere morirse, pero la vida no lo deja


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(Ilustración: Polari)

Cansado de tantos sufrimientos económicos, consumido por una soledad crónica desde que Santi decidió romper el amor, sin ningún interés por el mundo, quiso finalizar aquella amargura.

No escribiría una carta pendeja a esa hora, ni desaprovecharía el tiempo revisando fotos o enviando trágicos mensajes a las amigas locas que le quedaban. Sus últimos minutos, pensó, los emplearía como siempre hizo en los momentos de mayor estrés: pajeándose compulsivamente, una y otra vez, hasta reventar, con la boca seca, palpitaciones cardíacas y maniáticos deseos de fumar.

Obseso, empezó a buscar rostros de machos y escenas trascendentales de su pasado pájaro: aquellos golpecitos en el rostro con el pingón casi rosado de Abel. O cuando se atragantaba con una picha cimarrona en medio del monte y nunca antes las arcadas fueron más sabrosas.

Solo, sola, en aquel cuarto piso, de repente empezó a caminar en cueros, con el culo al aire, por todo el apartamento segurísima de que eso era lo último descomedido que haría en su puñetera vida.

Del primer cuarto al comedor fue Bibiana Fernández: glamurosa, esquelética y tertuliana. Del comedor al segundo dormitorio empezó a estirar los brazos como quien se libera del infierno. Rompió búcaros y adornos caros, convencida de que la atmósfera constante de lujo «nos lleva a la neurastenia». Auténtico era el mensaje de aquella Isadora Duncan tropical.

En medio del salón, la rumba empezó a llamarla. «Bongó dile que ya voy», gritó. En grotesco desorden, sin ritmo y con rabia, frotaba sus nalgas en las paredes, embadurnaba con baba caliente el glande godo y riéndose estremecedoramente nombró a los santos maricones que siempre idolatró: Constantino, Federico, Virgilio, Delfín, Reinaldo, Pedro. Con todos ellos rendiría culto a Min y Príapo, allá en la gloria mariquita donde el alma no duele y se tiempla incasablemente, sin esconderse ni pedir permiso.

En el balcón, a punto de su última lechada, miró con odio a las personas que desde abajo, espantadas, observan el show sucio.

«Por favor, ¡cómo son los maricones!», exclamó una escuálida cuarentona mientras nuestro Joker se venía a chorros en un estilo que nunca se conoció en aquel pueblo de mala muerte. Dos exactos minutos bañando de semen al vecindario. Lluvia blanca y espesa para impuros, pajuzos y niñatos en el clóset.

Al mirar las últimas tres tristes gotas entendió que no era momento de brincar a ningún barranco y que cambiaría definitivamente aquella vida monótona y recatada.

―La gente con amigos no tiene por qué morirse ―dijo―, ni por la tambaleante economía y mucho menos por el rabo de Santi.

Con su peculiar alarde de gallina clueca y como quien escupe sobre la tumba de su adversario, vociferó: «¡Hay mucha pinga que dar todavía!»

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