Crónica errante de un periodista maldito


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Héctor Reyes
Héctor Reyes. Foto: Cortesía.

Alcohólico y nómada; un viajero incansable con 12 países recorridos durante cinco años de exilio mochilero. Tres personalidades y varios alter egos: en estas páginas grita y blasfema el periodista cubano Héctor Reyes.

A Héctor lo conocí durante mi adolescencia, en uno de esos días en que las clases aburren y te da por escaparte al “malecón” de Santa Clara, una acera sin mar frente al parque principal de la ciudad. Allí estaba este Tarzán tecnológico (como él mismo se define), a mansalva contra el mundo, con esa irreverencia que lo caracteriza, y la pluma y la palabra afiladas. 

Muchos años han transcurrido desde entonces. He aprendido a admirarlo, y me involucro en cada locura que emprende. Porque nunca teme expresar lo que piensa y su verdad la defiende a capa y espada. Héctor es como un Lohengrin de estos tiempos.

«Como creador soy un rústico, como escritor un cronista y como periodista un desastre. Sugerirme en la categoría de artista es algo que me provoca una carcajada o un verdadero cuestionamiento de tu salud mental» confiesa.

Héctor Reyes
Héctor Reyes. Cortesía

Preludio a esta historia

Héctor inició sus estudios de Periodismo en 2002, en la Universidad de La Habana (UH). Dice que en el primer semestre llegó a mundiales de Redacción, Gramática y Fotografía. 

«El caso es que estaba a punto de perder la carrera y pedí una licencia para largarme, viajar, volver a mis montañas del Escambray, y si empezaba de nuevo, agarrarme fuerte y no perder lo único que me interesaba. Volví, pero a la UCLV, que fue en cierta forma placentero, pero un error. Mientras más se aleja una institución de la capital, más recalcitrante se vuelve. La universidad de Marta [Abreu] no pierde el oportunismo comunístico en ninguna de sus facultades». 

Otra vez este Quijote errante pretende batirse contra los molinos de la institución; se nota el fuego en su mirada al encarar esos fantasmas.

«Fui, desde vicepresidente de la FEU hasta el contestatario que debieron expulsar con una estrategia tipo KGB, orquestada por un personaje que ahora vive en Miami. Claro, si estaba de acuerdo o era justo el tema, no creaba un debate. Pero si entraba en choque o notaba adoctrinamiento o mediocridad en los profesores, no tenía frenos. 

»Era mi hobby, lo hacía por joder. Así intenté convencer en una clase de Economía Política a una profesora muy mediocre y joven con la cual me encontraba de amante, de que el comunismo chino era un espejismo y que allí solo existía una dictadura capitalista y esclavizadora.

»Luego de aquella definición de los chinos comenzó el corto camino del plan de Evelio (ex vicedecano y ahora residente en Miami). El puntillazo lo dio una ingenuidad, debido a mis lagunas históricas, cuando presenté un proyecto de obra teatral para el festival universitario. [En la obra] ocurría una revolución hippie y sexual, nada menos que ¡un 20 de mayo! No se hizo esperar [la acusación por] un fraude que nunca cometí, porque estaba lo suficientemente resacoso después de una noche de farras, como para escribir Tom is a girl en el examen. Media aula de tercer año de Periodismo firmó que no me habían acusado de nada en el tiempo del examen. Permanecí separado dos años de la carrera, pero pedían expulsión definitiva».

Terminó de nómada una vez más, y volvió al inicio de la travesía… 

«Si la UCLV me expulsa inventando una infamia, y Santiago no me acepta, me tocó volver a los orígenes. Mejor malo conocido que bueno por conocer. De la UH recuerdo noches bohemias con escritores y periodistas, aprender más en el patio del Hurón Azul que en el aula. Mis mejores amigos estaban cerca y eso me mantenía tranquilo, aunque solitario y alcohólico como soy». 

Héctor recuerda algunas disputas contra el profesorado y el Departamento de Periodismo durante su estancia en la UH. 

«No olvidaré jamás que, con el preámbulo de que a uno de los mejores periodistas de mi generación le rechazaron la tesis, llegó una negrona con ínfulas de intelectual (a la cual no conocía) a decirme un par de días antes de discutir la mía, que también la rechazaban por falta de elementos teóricos. “Este… —contesté bajo la presión de tremenda resaca— ¿Usted sabe algo de teoría del Fotoperiodismo? ¿No? Entonces no se meta en temas que no domina y hable directamente con mis tutores, Maritin y Carlos Bastón”. Fin del cuento: discutí mi tesis con el decano de presidente del tribunal, los tutores, el oponente y cero público, porque a mí no se me da bien el ser payaso. Cinco con felicitaciones. ¡Y juro que nunca fui a la graduación ni a buscar el título!, porque andaba escalando mogotes en Viñales».

Luego comenzó la etapa del servicio social y llegaron nuevos problemas. 

«Vanguardia no fue mi primer medio de prensa oficial. Comencé en la AIN nacional, y me largué de allí porque mi responsabilidad era el canal de TV más malo que surca el éter cubano: La señal AIN. El director de la agencia, con sus ínfulas de Lindoro Incapaz, me exigía que yo hiciera todo, porque estaba graduado de cursos, talleres y diplomados de TV y cine. Repliqué que un equipo de producción audiovisual debía ser multidisciplinario. La segunda vez que me lo dijo en tono imperativo, lo mandé al demonio y me largué…

»De ahí pasé al Vanguardia, donde me percaté que los “Lindoros” pululan en la prensa cubana, y que los cabrones al poder eran un microCDR adjunto a la UPEC. En ese CDR estaba Arturo Chang, que se cansó de mi actitud de “no escribo eso porque es falso, y no lo publico si me lo floreas de comunismo”. Situaciones como esas eran diarias, como cuando investigué toda una semana restos del límite que separa dos períodos geológicos, el Cretácico y el Terciario, conocido en el argot científico como LKT, en la Loma del Capiro santaclareña. Y el “descendiente de Asia” me exigía que pusiera “escondite del Che Guevara”. Así, entre discusiones por no pagar el sindicato o porque nunca quise ser miembro de la UPEC, el chino olvidó su honor de hombre y me acusó de estar viendo porno en la redacción. ¡Por eso no se expulsa a nadie…! Solo sucede en Cuba. Separado de Vanguardia por pornofilia, me fui a dar clases de Literatura en un Pre».

Hablamos sobre la revista (in)dependiente Asterisco. Héctor confiesa que la publicación murió como todas las apuestas que uno hace sin presupuesto. Solo marcó una diferencia: no pidió un centavo a nadie. Fue un libelo que nació en un computador cuya pantalla era un TV, y se promovió en formato JPG para que todos lo vieran en sus televisores. 

«Ni las colaboraciones se pagaron nunca (te incluyo como colaboradora habitual e impulsadora). Pudo tener más fuerza si hubiera gozado de reconocimiento, pero en el país también eso depende del dinero, sea este del Congreso norteamericano, del PCC o de un reguetonero de turno. Si no hay presupuesto, no existes, aunque opines aquello que otros callan».

Héctor Reyes. Cortesía

Un reportero a la deriva 

«No, en Cuba no se hacen las cosas mal… Todo es a conveniencia del poder. Soy fanático de la contrainformación, y el periodismo cubano es un buen ejemplo. No se hace así porque esté errado, resulta de esa manera porque lo quiere el poder, porque los editores y directores de los medios son unos cobardes. Los que mandan, tachan, corrigen y publican lo que entiendan. Son los ineptos funcionarios del Partido que dirigen la oficinita de medios y comunicaciones».

A simple vista, Héctor puede parecer loco e inmaduro, pero cuando lo conoces, es inevitable admirar toda esa convicción y la furia con la que defiende su verdad. 

«En el periodismo la polémica debe ir a capa y espada, a diestra y siniestra, si no, dedícate a escribir poemas de amor. Yo polemizo hasta lo que me gusta. Soy punketa y critico a los que se paran crestas, usan chaquetas y huelen a vómito. Soy mochilero y jamás visto como uno; siempre voy correctamente aunque mi pantalón de pana esté gastado. Cuestiono por razones obvias, profesionales, y muchas veces por joder. Ahora el movimiento LGBTI está de moda, y lo bajo de su podio a razonazos. Al New Black Cuban Power le recuerdo que soy blanco, yo y la mitad de mi familia negra. Las feministas construyen casas y enseñan a madres solteras a edificar las suyas, no andan enseñando los senos pintados contra Dios y quemando iglesias».

Hace tiempo Héctor está marcado por la censura. Es consciente de que su realidad inmediata es buscarse problemas, aunque cree que la libertad de expresión existe. «Puedo maldecir a cualquiera, pero si no tengo tacto pierdo los dientes, mínimo.

»Pero la censura no viene desde arriba. Cada cubano es un censor. Mi primera censura fue por allá en 1997. Pertenecía de aficionado al Cine Club Cubanacán y escribí un guion que aún conservo y releo,  A la inversa del reloj, con una sinopsis de tres personajes rockeros y el llamado al Servicio Militar. Miguel Secades, por aquella época presidente del neófito club, leyó el argumento y dijo que no se podía filmar. Cuando pregunté el por qué, conocí el silencio como respuesta. Esta fue mi primera censura».

El viaje interminable

Han pasado años desde que Héctor no regresa a Cuba. Todavía va sin rumbo, dispuesto a la próxima aventura, o a encontrar su sitio. «No me fui del país por política ni economía, lo hice por el placer de viajar; curiosidad por conocer el mundo, imposibilidad real de volver. Exilio, y, sobre todo, porque en la Isla aún permanece la dictadura degenerada por la Revolución. Y mi abuelo no luchó por eso. 

»No me considero migrante sino nómada, viajero, mochilero. Pero sí he vivido de cerca la realidad del migrante —de cualquier país— y la nostalgia es una nota sostenida. Yo curo la nostalgia con paisajes, experiencias, apuros y, sobre todo, cervezas propias de cada región. Cuando me entra la añoranza pienso que en Santa Clara me aburría, que lo que yo veo diariamente no sale en los libros. Me abro un six pack de cerveza fuerte y listo». 

Cuando le pregunto por qué no logra publicar sus libros, me sorprende con una anécdota de su alter ego… 

—Una pregunta sí hice a Guanche:

»¿Por qué no publicaste todo en los tiempos en que vivías en la ciudad, antes de alejarte del mundo?

»Porque odio pertenecer a camarillas literarias, ni de ningún tipo —respondió por lo bajo.

Supe entonces por qué este hombre ahogado por el rencor prefirió no publicar, antes de ser parte de esas pandillas de intelectuales provincianos que se creen la «burguesía literaria regional». 

Héctor ha escrito varios libros y espera publicarlos alguna vez. Un caso curioso en su producción resulta Memorias de Guanche, un texto suyo muy popular en Amazon, y única obra en formato duro.

«Ese libro es el compendio de todas mis narraciones divididas en cuadernos que cada día se engrosan más, por lo tanto, ninguno está terminado. Un editor cubano que reside en Jaén, España, me convenció de dárselo para edición y publicación en Amazon. Salió con una portada mediocre realizada por su esposa y una falacia acerca de las ventas.  Nunca percibí un centavo del libro, y si fue de los 100 más vendidos, el tipo es un estafador; y si no lo fue, es un mentiroso que publica falso marketing. 

»Ahora Guanche Reyes reposa en espera. Ya tiene nueva portada y a cada cuaderno le adiciono un cuento más, cuando estos nacen. Pero Guanche no resulta mi libro favorito, sino un alter ego que inventé en la UH para escapar de una situación de examen».

En su muro de Facebook pueden verse imágenes de las travesías de Héctor; por medio de Crónicas errantes conocemos las divertidas y quijotescas aventuras de este hidalgo incansable. «Soy simplemente un cronista vivencial, y cada crónica me llega a los huesos».

Confiesa que Crónicas… nació con el viaje. La primera que escribió fue en España, sobre su llegada al aeropuerto y una rara detención del grupo de periodistas independientes cubanos. Luego vinieron una serie de anécdotas y situaciones que aparecieron en sus rutas y caminos. 

«Todas en primera persona. Paisajes, lugares; peleas, bares y cervezas complementan un compendio de unas 20 crónicas por cada país (12 en total) recorrido en unos cinco años de exilio mochilero. Las Crónicas errantes se escribieron solas. Solo relaté este viaje iniciado aquella mañana en que aterricé con un puñado de reporteros en el aeropuerto de Barajas, Madrid. O quizás comenzó unas horas antes, en La Habana, o muchos años atrás cuando me lancé en mi primer viaje solitario a explorar algunas cavernas de la Sierra del Escambray. La realidad es que, en Barajas, mientras nos interrogaban, despejaba mi vista con un avión que divisaba por la ventana de la comisaría aeroportuaria; y lo absurdo del tema me hizo escribir la primera crónica». 

Luego llegaron las demás: divertidas o peligrosas; cada anécdota, una crónica. 

«Creo que si no hubiese sucedido aquel arresto arbitrario, la incredibilidad en los ojos de la bella agente aeroportuaria española, y aquel avión reconocido, nunca se me hubiese ocurrido escribir las etapas del viaje. Etapas divididas en semblanzas, personajes del camino; países, ciudades. España, Rusia, Camboya; Madrid, Moscú y Lima… 

»Por último, las series que atienden a algunas situaciones que siempre me persiguen y suelen ser repetitivas en los acontecimientos, cada cual tan distinto y excitante como la primera vez.  Las mujeres, los errores, los bares y prostíbulos, los cuchillos… Y por supuesto, la cerveza que siempre me acompaña y ha sido mi reclutadora de musas para estas crónicas errantes, conflictivas, románticas y filosas como hoja de facón». 

Me cuenta de un río caudaloso, un campo minado, una montaña helada; 12 países, tres continentes. Marcas de algunos accidentes y peleas, un buen par de cicatrices; algunos axiomas aprendidos a la fuerza. Pero viajar —dice— es algo que está sobrevalorado, y la industria turística lo explota como quien te vende una cerveza.

«Hay personas que viajan como yo bebo. Y hay personas no aptas para viajar que deberían ver el mundo por Discovery. Y yo que viajo, bebo y veo Discovery, continúo viajando porque soy un nómada. Hasta que me asiente…».

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Comments (1)

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    Arides Bermudez

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    Lo conocí a el de niño, cuando su hermana Yoanka pescaba sub, viste su casa unas cuantas veces, siempre fue igual directo y genuino, por eso aún polemizamos algunos temas y sigue siendo mi amigo.

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