Cómo conseguir el carnet de la «buena madre» y seguir tomando juntas el café


1,118 Vistas
(Foto: Hamed Toledo)

Hace 6 años yo vivía alquilada en Marianao con quien, en ese momento, era mi pareja. Cerca de aquel alquiler modesto, pero con una terraza divina en la que me tomaba el café todas las mañanas y hacía fiestas todas las noches, vivía una amiga con su pareja, alquilada también.

Mi amiga y yo nos conocimos en la universidad. Al principio no nos caímos muy bien. Un cliché. Por cosas de la vida, llamémosle inmadurez, yo repetí mi primer año y terminé, o empecé, en su aula.

Éramos un grupito de siete, aunque yo no nos recuerdo tan cercanas a Gaby y a mí. Pasamos para segundo año y repito el curso otra vez, porque sí, yo andaba «al berro». Ella se cambió de carrera y terminamos ambas fuera de aquel grupito. Ni siquiera recuerdo exactamente cómo fue que nos volvimos amigas o cuándo.

El tema es que, entre las coincidencias en el horario de clases, las fiestas de la facultad y los miércoles del Café Cantante, terminamos juntas hasta hoy.

Gaby y yo no solo coincidíamos en la vida social universitaria, también en el humor negro, el sarcasmo, las relaciones complicadas, las madres sobreprotectoras. Eso nos acercaba mucho más que «Qva Libre», aunque no lo supiéramos en aquel momento.

Gaby y yo hicimos la típica foto, título en mano junto al Alma Mater, en julio de 2016 y, unos meses más tarde, por razones diferentes, coincidimos en Marianao.

En 2017, Gaby ya estaba «lista» para ser madre. La recuerdo como obsesionada con bebés y embarazos. Yo no. Siempre dije que sería madre después de los 30 y recién había cumplido 25.

Un día de marzo, creo, suena mi teléfono y del otro lado está Gaby, feliz, anunciándome su embarazo. La idea de ser tía me hacía feliz a mí también. Un mes después se retrasó mi regla, y un test sumergido en la primera orina de la mañana me confirmó mi propio embarazo. Yo no estaba feliz como Gaby, aunque lo aparenté. Yo estaba preocupada.

En diciembre del año anterior me había hecho una interrupción que, si bien era lo que yo quería, fue una bomba emocional para mí. Por primera vez había sentido el duelo de perder un hijo. Yo no soy supersticiosa, o tal vez sí, pero de alguna manera justifiqué mi decisión con una señal divina porque «si la vida me puso esto de nuevo en el camino, por algo será». Al día de hoy, estoy convencida de que aquella decisión fue tomada por las ganas que yo tenía de reparar mi relación.

Entonces Gaby y yo coincidimos otra vez, ahora en la maternidad. Eso me emocionaba mucho y creo que a ella también, aunque no por las mismas razones.

En Gaby encontré mi tribu, un apoyo emocional que no tenía en mi pareja ni en mi familia. Me recuerdo sintiendo envidia, no de Gaby, sino de las condiciones que rodeaban su gestación: una familia que la apoyaba, una relación sana, una casa, un trabajo.

Yo, en cambio, tuve que mudarme para casa de mi exsuegra porque, como no trabajábamos, el poco dinero que teníamos había que reservarlo para el/la bebé. Mi relación era compleja. Tener descendencia no arregla una relación de mierda, al contrario.

Nueve largos meses pasamos Gaby yo planificando, debatiendo, soñando nuestra maternidad. Nueve largos e incómodos meses de dolores de espalda, ultrasonidos, consultas, dietas, ingresos. Nueve meses de dudas, largas conversaciones telefónicas, cambios de look, fotos barrigonas.

Una con hipertensión y otra con diabetes gestacional. Una en el sexto piso y otra en el segundo del «González Coro». Una gestando a Matteo con dos «t» y otra a Andrea. Una azul y otra rosa. Una, cesárea el 2 de diciembre, y otra, parto vaginal inducido el 18. Dos semanas nos separaron de coincidir en la lactancia y en el posparto. Aunque al final sucedió ese encuentro y, paradójicamente, dejamos de coincidir.

Gaby y yo comenzamos a tener conflictos por nuestras formas de maternar. Mientras yo me leía cada artículo sobre alimentación, sueño, horarios, de cuanto experto encontraba, e intentaba ser perfecta cumpliendo a rajatabla las recomendaciones, Gaby se dejaba guiar por su instinto, por su cuerpo, por los saberes de las mujeres que parieron antes que ella.

Sumergidas en una catarsis hormonal comenzamos a juzgarnos, a competir, a hacernos ojitos de desaprobación, a hablar bajito de la otra. Me recuerdo criticando a Gaby, como criticas en la secundaria a la que te quitó el novio.

De alguna manera, yo seguía envidiándola por maternar con libertad, sin horarios estrictos de sueño, con lactancia mixta y tiempo para ella. De alguna manera, a Gaby le molestaba que yo no fuera tan libre y que no coincidiéramos. Lo que un día nos había unido se fue diluyendo, y tomar distancia fue la única solución que encontramos. Aquella distancia me rompió. Supongo que a ella también.

Tal vez tenían razón quienes afirmaban que con la maternidad se va la amistad. Tal vez Gaby y yo habíamos cambiado mucho, y ya no teníamos cosas en común. Tal vez siempre fuimos así, pero antes de ser madres no lo veíamos. Tal vez no éramos tan amigas.

Pasaron meses hasta que descubrí, en Instagram ni más ni menos, que dos maternidades no tienen que ser iguales. Allí se hablaba de sororidad, de tribu y de cómo existe una guerra absurda entre las madres de la que nadie habla, pero que muchas sufren.

Competir, de eso se trata. Competir por el carnet de «la buena madre». Disfrazar de consejo a la invalidación. Creerse con la verdad en la mano y que la única experiencia o posicionamiento válido es el de una. Entre la teta y los purés, el porteo de frente o de espaldas, el colecho o la cuna, los azúcares y las frutas, las pantallas o el juego libre, se nos van la vida y la amistad.

Gaby y yo terminamos tomándonos un café para ponernos al día. Volvieron las quedadas para jugar de Andrea y Matteo. Volvimos.

Gaby y yo seguimos sin coincidir en muchas cosas alrededor de la maternidad, aunque ya no le prestamos atención a eso que nos separa. Maternamos juntas, pero diferente. 

Comments (1)

  • Avatar

    Naty

    |

    Bello. Son afortunadas al tenerse. Besos a ambas🥰😘

    Reply

Haz un comentario