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Cuando la asfixia es el límite

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Mientras el mundo celebraba el Día Internacional de África, en Mineápolis, Estados Unidos, un policía asesinaba a un negro sin conmoverse siquiera por las súplicas del sometido. «No puedo respirar», repitió George Floyd hasta quedar sin aliento.

En 2013 surgió el movimiento Black Lives Matter para luchar contra la violencia policial en el país norteño y como protesta ante el asesinato impune del adolescente negro Trayvon Martin. El movimiento se expandió un año más tarde con la muerte de Michael Brown y Eric Garner, este último también asfixiado por un policía, quien le aplicó una llave estranguladora hasta ahogarlo.

Se trata de las mismas injusticias que han sufrido varias generaciones de afrodescendientes dentro de un sistema social en cuya base subsiste el odio y la humillación a personas por su raza. Todo esto en un país que promulga una falsa igualdad cuando sobreexpone experiencias de éxito de algunas personas negras, mientras fustiga con látigo las desigualdades y estigmatiza sus prácticas sociales. 

En el país que inspiró al mundo con las luchas de Martin Luther King y Malcom X en las décadas del 60 y 70 del siglo pasado, las manifestaciones antirracistas resurgen por las mismas reivindicaciones de 50 años atrás. 

La crisis sanitaria actual acentuó las brechas sociales. Los recortes en educación, desaparición de miles de empleos y criminalización social destaparon la presión concentrada por las inequidades. 

Por su parte, el presidente Donald Trump encendió la pira supremacista cuando amenazó con desplegar el ejército para contener los disturbios. Su periplo de la Casa Blanca hasta la catedral St. John, con una Biblia en la mano, es consistente con la intolerancia y el racismo exhibido durante su campaña y actual presidencia. 

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Algunos posicionamientos en redes sociales erosionan la democracia liberal al negar la legitimidad de la lucha de clases. Emergen alianzas conservadoras y un racismo solapado en quienes tildan de vándalos, drogadictos, fanáticos, revoltosos a una comunidad con larga historia de opresión, como si el hambre, el desahucio o la pobreza no fueran formas de violencia y explotación. 

Hace 30 años el feminismo negro aportó la noción de «interseccionalidad» para abordar todas las variables relacionadas con en el concepto de racialidad. Por ende, junto al color de la piel, el estatus social y económico, procedencia y filiación política es necesario comprender que en todo movimiento revolucionario coexisten intereses políticos que desvían la atención de las demandas de la comunidad. 

Frantz Fanon entiende la relación entre colonialismo, poder y psicología en el sujeto subordinado por medio de la violencia racial. George Floyd solo fue el «canal, una puerta de salida» por donde se liberaron «las energías acumuladas en forma de agresividad», como explica Fanon en Piel negra, máscaras blancas. 

¿Qué revolución no lleva implícita la violencia, no comienza como un malestar hasta que fragua y consolida sus objetivos? Es de muchas maneras una performance política para reconstituir los derechos de los oprimidos.  

En Cuba, el 25 de mayo fue también un escenario en pugna por la representación de la negritud y su devolución de una África afectiva. El «challenge del turbante» realizado por algunos, no exento de frivolidad, develó el distanciamiento existente entre la celebración de un día y el racismo que sufren cotidianamente las personas negras en el país. 

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El racismo es parte consustancial de la nación cubana. La unidad soñada por Martí, quien reclamaba a la lucha independentista sin distinguir entre razas, ha sido, en el mejor de los casos, apenas una utopía política. 

El «ajiaco» de Fernando Ortiz o la noción de mestizaje cultural defendida por Nicolás Guillén como proyectos de nación han servido más para invisibilizar al negro, sus condiciones de vida y participación social, que para su propia emancipación. La historia de los negros en Cuba no se reduce a un pañuelo en la cabeza, lo cual es una deuda.  

La muerte de George Floyd expuso la fragilidad de las sociedades poscoloniales y la reproducción del racismo en sus instituciones. Seguir aceptando el desplazamiento de las personas negras hacia un no-lugar para mantener el supuesto orden social y económico no es sostenible por más tiempo. 

Este sistema de opresión en la vida de las personas, y al interior de las comunidades, naturaliza la violencia e impulsa el blanqueamiento del sujeto racializado. Ese blanqueamiento, que es también económico y político, constituye una maquinaria de producción-consumo-desecho, cuya voracidad arremete con más fuerza contra las personas negras. 

En un video Gianna, hija de George Floyd, dice con una sonrisa que enternece: «Mi papá cambió el mundo». Y es cierto. La esperanza de un cambio emerge, como en todas las revoluciones, de un quejido: «I can´t breathe».

En la asfixia está límite humano de la vida.

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La polémica sobre el racismo en Estados Unidos llega hasta Cuba

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Racismo en Estados Unidos
“Black and Brown Transgender Lives Matter- www.peoplespower.net” by @iamsdawson is licensed under CC BY-ND 2.0

Una carta abierta en solidaridad con los afrodescendientes fue suscrita esta semana por cientos de intelectuales, artistas y periodistas cubanos como reacción a la crisis provocada en Estados Unidos por el asesinato de Georges Floyd, ocurrido este 25 de mayo en Mineápolis.

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