«Caminé una cuadra con rabia»: El relato de un estudiante universitario que protestó el 11 de julio en Cuba


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Manifestación en La Habana Vieja (Foto: Cortesía del autor)

Esta historia comenzó en San Antonio de los Baños. El domingo 11 de julio las calles del pueblo despertaron con el grito de «Libertad». Días seguidos de apagones fueron la gota que colmó el vaso de los que salieron a protestar ante la precaria situación que vive el país. 

Los videos de las movilizaciones me hacían saltar por toda la casa. Yo quería estar allí, quería vivir algo asíLas réplicas en Palma Soriano, Alquízar y tantos otros pueblos del país, me hacían pensar que pronto La Habana también se levantaría. 

Esta vez tenía que estar a la altura de las circunstancias, no podía quedarme en casa como aquel 27 de noviembre. No me perdonaría si el miedo me volvía a vencer. «No tenemos miedo, no tenemos miedo». Me veía en cada una de las personas que salieron a protestar. 

En el momento exacto en que tuve confirmación de las movilizaciones en La Habana, me vestí y quería salir para allá, pero estaba mi madre para frenarme. Todavía recuerdo su llanto. «Disculpa, mamá».

Un carro y en poco tiempo estaba en La Habana Vieja. Ninguno de mis amigos se quiso unir: unos tenían miedo a la represión, otros no estaban dispuestos a pagar el precio de hacer sufrir a la familia. No los cuestiono, incluso los entiendo. Yo también tenía miedo en aquel momento y todavía lo tengo. 

En el trayecto vi camiones repletos de las tropas conocidas como «boinas negras». La ciudad en estado de sitio. No sabía muy bien por donde caminar, pero fui hacia abajo. Fui a parar al Hotel Packard. El Prado vacío. Una abuela le gritaba a su nieto que saliera de ahí, que fuera para la casa, que esos abusadores solo golpearían a los más jóvenes.

Cuatro jóvenes pasaban caminando en sentido contrario, sin decir ni una palabra, mientras ondeaban una bandera del M-26-7 a favor del gobierno. Ellos eran todo lo que no esperaba ver. A una la conocía, fuimos compañeros en el preuniversitario. Intercambiamos miradas durante unos segundos. Jamás pensé que Paseo del Prado pudiera ponerse tenebroso. 

En ese momento me llama una amiga para decirme que Díaz-Canel salió en la televisión nacional para convocar a sus seguidores a enfrentar las protestas y que estaba alentando una guerra civil. «Sal corriendo de ahí, vete para tu casa», me dijo.

Me fumé un cigarroNo podía creer que La Habana no fuera a movilizarse. Durante algunos minutos me sentía muy decepcionado. Caminé hacia atrás por una calle paralela. Apuré el paso y me encontré con una movilización impresionante de cubanos que, como en San Antonio de los Baños, gritaban «Libertad». 

Por primera vez en mi vida sentí que era libre. Aquí también gritaban que no teníamos miedo, ahora yo también lo podía decir. Hay algo que el 11 de julio me ha dejado muy claro: nunca más quiero sentir que no soy libre. Sin embargo, escribo esto usando un seudónimo. El camino de la libertad es difícil. 

El cuento deja de ser idílico. Queriendo llegar al Malecón, terminamos embotellados en el parque Máximo Gómez. Unos querían seguir por el Túnel de la Bahía, otros por el Malecón y algunos volver por Prado hasta el Capitolio. En esa indecisión la marcha dejó de ser un núcleo compacto. Muchos subieron a la fuente del parque, incluso se bañaron. El cordón policial empezaba a acercarse. Nos estaban rodeando. No dejo de pensar que fuimos hasta donde ellos querían. Estoy convencido que en nuestra movilización se colaron muchos policías vestidos de civiles. Sin darnos cuenta, nos llevaron a ese punto.

Las tropas especiales nos empezaron a ir arriba. Los manifestantes los enfrentaron y evitaron varias detenciones, pero la violencia iba en aumento. Hay un grito que se quedó en mi memoria: «Levanten las manos, los violentos son ellos». Casi todos estábamos con las manos arriba. No les importó, igual golpeaban y detenían.  

Cuando la masa se dispersó, me vi solo en el medio del parque entre policías, «avispas negras» y hombres con palos que daban golpes secos contra el piso. El uniforme negro de las tropas especiales siempre me provocó una imagen visual muy fuerte.

Un esbirro vino hacia mí. Empecé a correr. Casi choco con un boina negra, pero logré evitarlo, aunque me llevé un buen bastonazo en las costillas. Estoy muy orgulloso de mi moretón. Poco me pasó en comparación con los demás que fueron reprimidos.

Miré hacia la fuente. Los que estaban ahí no eran los mismos. Habían llegado las Brigadas de Respuesta Rápida. En pocos minutos, y a golpes, tomaron la fuente. Sigo sin entender por qué algo tan común como una fuente era un objetivo estratégico para ellos. 

El parque, de pronto, estaba lleno de banderitas. Nuestra manifestación se había convertido en un 1 de mayo, con las consignas de siempre, con los gritones de siempre, con las banderas de siempre. 

Me fui con los amigos que me quedaban. Distinguí entre los violentos a algunos compañeros de la facultad y a mi vecino de en frente. Mi vecino no, no podía ser. El día anterior habíamos coincidido en nuestos balcones y, mientras fumábamos, nos saludamos con el afecto de siempre. Lo miré fijo y giré la cabeza. Nunca más lo volveré a mirar. 

Caminé una cuadra con rabia. Me detuve, respiré profundo y encendí un cigarro. Un hombre, supongo que un manifestante, me pidió la fosforera. Encendió su cigarro y me dijo «¡Viva Cuba libre, hermano!». 

*El autor decidió proteger su identidad con un seudónimo para evitar represalias en la universidad

Lucas Sansón

Lucas Sansón

Estudiante

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