Bienvenido el gobierno a la lucha antirracista, ¿pero qué hará?


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Negritud en Cuba

La creación de un grupo gubernamental para erradicar el racismo, instituido en noviembre de 2019 por el presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, materializaba un viejo deseo de activistas y organizaciones antirracistas en Cuba. 

Algunos intelectuales como Víctor Fowler, Tomás Fernández y Roberto Zurbano se pronunciaron a favor de la medida. Este último reconoció que, aunque «tardíamente», la comisión deberá enfrentar una ardua tarea y ser «capaz de escuchar, acompañar y resolver, a quienes sufren (…) las leyes, los medios de difusión, los programas institucionales, los centros de trabajos, los informes diplomáticos y las mismas escuelas».  

Por su parte, la Mesa Redonda dedicada a la implementación del Programa Nacional contra el racismo y la discriminación dejó, al menos para mí, más dudas que respuestas. Reducir el problema del racismo a «lo cultural» trivializa la complejidad de un fenómeno que ha dado muestras de sobrevivir al margen de sistemas políticos e ideologías dominantes. Como diría el maestro Rogelio Martínez Furé, «el racismo se reinventa de forma permanente».

La tabla salvadora del «ajiaco» cubano —mencionado por todos los presentes en la Mesa— como complementación entre culturas, invisibiliza las múltiples maneras de sometimiento y discriminación por color de la piel, y soslaya los conflictos y violencias generadas por un sistema colonial y un capitalismo de plantación. No creo que el «ajiaco» de Fernando Ortiz sea la metáfora antropológica más adecuada para describir el desbalance entre grupos raciales y la pervivencia de una supremacía blanca en una sociedad socialista y con políticas sociales igualitarias. 

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Los obstáculos estructurales que enfrentan las personas negras durante su vida son, de acuerdo con un artículo de Víctor Fowler sobre Nicolás Guillén, «el dispositivo de control contra el subalterno [que] exige (…) y filtra para que solo destaque lo desmesurado y lo excepcional». Los ejemplos triunfalistas de estudiantes negros en el sistema de la enseñanza artística ocultan el reverso: las universidades cubanas son eminentemente «blancas». 

La actual rectora de la Universidad de La Habana, Miriam Nicado, cuestionó la baja matrícula de negros y mestizos en la institución, y fue refutada por un profesorado blanco en su mayoría, justificado en el anonimato de las pruebas de ingreso. Nicado (mujer negra, además) debió indagar en las causas que impiden el acceso a las personas no blancas, y en cómo impulsar una inclusión más heterogénea en la universidad.  

El ensayista y activista Alberto Abreu ha señalado la emergencia de actores sociales antirracistas, un movimiento afrocubano que no surge en la precariedad social y económica de los 90. Se trata de un proceso latente a lo largo de la historia de Cuba, desde la conspiración de Aponte hasta proyectos negros queer en la actualidad. Desconocer la emergencia de otros actores antirracistas, incluso con presupuestos políticos distantes a los del gobierno, sería negar la diversidad social y sus múltiples reclamos.

El programa no prevé, al menos a corto plazo, la conformación de políticas públicas y acciones afirmativas que empoderen a sectores donde germinan las desventajas sociales. La promoción «más allá del color» es reproducir desigualdades que colocan en una línea por debajo a los negros en relación con los blancos. El desafío estaría en desarticular 500 años de ideología racista de blanqueamiento, con una sociedad que para el censo de 2012 se consideraba de mayoría blanca o mestiza. 

La política de Estado debe cambiar según se inserta en las agendas de los organismos y desde una perspectiva interseccional, es decir, complementarlo con otras variables como género, orientación sexual, identidad de género, salud, pobreza, lugar de procedencia, entre otras.

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El racismo cultural es el sustento de una ideología blanca dominante que profundiza las desigualdades estructurales sedimentadas en la historia. Las personas negras necesitan más que un cambio de actitudes, urge una transformación política, una inserción real en la distribución de las riquezas y un mayor protagonismo en la economía nacional y local. 

Las experiencias de las cuotas en el parlamento, por color de la piel y de género, se quedan rezagadas en cuanto a las demandas de casi un 33 por ciento de negros y mestizos. La enunciación del programa viene a mostrar la falencia actual de una ley contra la discriminación y una problematización de las agendas de los negros en el discurso político. El racismo sigue siendo una asignatura pendiente para la sociedad y un examen engavetado para los decisores.

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