Beso negro


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Ilustración: Eldy Ortiz

Recordando a Severo Sarduy

Contagiados de amor, neutralizados por la mortalidad de un virus y encerrados en esta casa que ayer mutó en cárcel. Con tantos dolores de cabeza por resolver… quiero el dolor que traes tú, animal guillotinado que encuentra oasis de calma en mi culo.

Hasta ayer me daba vergüenza hablarte así, aunque siempre he disfrutado que diez dedos masculinos aprieten mis nalgas como quien toma el poder entre sus manos y que el índice punzante dilate la cueva de este cuerpo.

Desde niño te enseñan a rechazar ese punto sui géneris, sólo si no padeces de hemorroides u otra enfermedad. Todos fueron responsables de la mala educación. ¿Quién inculca cómo amar a tu ano, sexualmente hablando, descubrirlo, dialogar con él como hacemos con la pinga?

En sociedades mojigatas ningún padre quiere que antes de los dieciocho años algún cabrón «perjudique» a su hija (celadores de la vulva, no del ojete ñoño). Sin embargo, a un maricón nadie le cuida el culo. Que se lo «bailen», tarde o temprano, será consecuencia de su «desviación». De su enfermedad, dicen.

Quizá por todo esto me convertí en una loca prejuiciosa, censurándome constantemente cualquier palabra de cuatro letras tan bella como pene, boca, amor, Cuba. Cuando asumí abiertamente el plumerío, empecé a manifestarlo con el culo. En apretadísimos pantalones, fui a menearme con garbo al estilo de José Pérez Ocaña por La Rambla de Barcelona, o Carmen de Mairena en El Raval, o aquella versión de Farah María que en sus tiempos escandalizó La Habana.

Aprendí a empinarlo como arma de combate, a reivindicar su derecho que va más allá de dos tapas macizas. Que miren y deseen este culo de leona es buena señal, porque allí recae todo el peso de la seducción. Tal magnetismo atrajo a príncipes y barrenderos, delincuentes e intelectuales.

Deberíamos rendirle culto al culo sin temerle a su nombre ni a su olor. Construirle un monumento o celebrar un festival al estilo del Kanamara Matsuri.

No somos maricones porque exclusivamente «damos» el culo, sino porque encontramos en él su valor oculto. Entre nosotros adquiere un significado especial: el conducto sucio se convierte en un instrumento de dominación por donde también entra el amor, no importa el tamaño.

Por eso, alma mía, agradezco cuando exhalas tus alabanzas, escupes y ensalivas el orificio onírico sin asco ni finuras. Hoy soy un esclavo del anilingus, un toxicómano del beso anal, de tus métodos de sometimiento que me dejan postrado y feliz.

Siendo tú el rey te inclinas ante el iris escondido entre mis nalgas y luego, en una descontrolada codicia, complaces a esa puta próstata con «la que no se nombra».

Por ti comprobé que lo escatológico es un vicio devorador, una obsesión excremental que me invita a cagar tu alargado bulto cada noche, sabiéndote complacido.

Un testigo fugaz y disfrazado / ensaliva y escruta la abertura / que el volumen dilata y que sutura / su propia lava.

Comments (2)

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    Leandro

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    Hotel maré? Hombre! Esta cosa escribe cada cosas y yo q no reviso!

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    Leandro

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    Te falto cubrir q aquellos q somos activos, no por complejo, si no porque no nos agrada dar el culo somos también maricones. No hay nada como el bolliculo peludo de un hotel maré. De un macho. Ahora crucifíquenme y tíldenme de acomplejada.

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