El Baúl de...

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Brevísima relación del testimonio proyectado sobre la verdadera y soñada historia de la Conga que sería Marcha

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Policías contra manifestantes LGBTIQ
Marcha comunidad LGTBIQ en La Habana, Cuba
Felices las aves, el estiércol, las piedras.Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
devorados por amores calcinantes.
“Felices los normales”, Roberto Fernández Retamar

Estaba vestida de verde la primera vez que fui a la Marcha del Orgullo LGBTI+ en La Habana, en 2009. Vestía de blanco, morado y negro la última vez, en 2016. Supongo que se puede construir una metáfora de eso. No recuerdo qué llevaba el 11 de mayo de 2019, cuando el décimo año de mi relación con el evento de repente devino un episodio de horror psicológico. 

No importa ese detalle (mi ropa), porque poco valen las metáforas inventadas frente a desapariciones forzosas, gente golpeada en la calle, detenciones arbitrarias. Como profesional de la palabra, pienso a menudo en las limitaciones del idioma, pero pocas veces la he confrontado. Eso me pasará/pasa/pasó el 11 de mayo de 2019. 

No hay metáfora o recuento que explique qué se siente cuando un pedazo de tu país soñado se muere ante las cámaras y otro nace. Ambas experiencias dan asco —nadie les haga creer que nacer es «bonito»—, y toman por sorpresa. Lo vi a través de una pantalla; las ondas de radio borran/resaltan los más de dos mil kilómetros de distancia física entre el hecho y yo. 

Importa, en cambio, tratar de dar sentido a los recuerdos, ordenarlos de modo que revelen cierto orden —no hay un orden, esa es una ilusión que el marxismo me dio y me quitó a su debido tiempo—. Importa, en cambio, preservar la memoria. No. Es imprescindible preservar la memoria. 

Si es cierto que una comunidad se distingue por el modo en que se la imagina, entonces la comunidad LGBTI+ cubana solo puede existir realmente de dos modos simultáneos: en las personas que la forman y en la narración que hacemos de nuestras vidas, en los testimonios directos u oblicuos de esas vidas común/individual/colectiva. Si solo otras miradas (hetero, masculinas, blancas, capitalistas) nos narran, nos explican, nos sitúan dentro del orden social, entonces siempre seremos adjetivos; somos ejemplos, seríamos casos de estudio. 

El lenguaje no me permite (todavía) explicar cómo se siente/sintió/sentía/sentirá ver los hechos sin poder tocarlos. Mi lenguaje se inventó antes que la radio y la televisión, antes de cualquier tecnología que permitiese doblar el espacio y anular/unir el tiempo entre las personas. La Revolución se transmite en vivo, y la pueden ver por todo el planeta (o las pocas personas con banda ancha), y no le pertenece a nadie (¿a quién le puede pertenecer una Revolución?), y no puedo defenderla (o sí, la internet es para eso). 

Mientras los hechos transcurren en la pantalla sin que puedas tocarlos, el deseo de participar se retuerce, se reajusta para reflejar/usar/comprender la circunstancia tecnológica. ¿Así se siente ser parte de la Historia? Estábamos/estamos/estaremos inventando la acción política, el lenguaje político, la organización política en modo asincrónico y transnacional. Qué bárbaro, ¿no? Yo solo sentía impotencia, ganas de llorar y falta de concentración. 

La impotencia te hace preguntarte sobre las caras de la cobardía potencial: ¿Habrías estado allí si pudieras? ¿Por qué ya no estás? ¿Todavía eres de allá si estás acá? ¿Es lucha política dar «click»? 

Luego gritas que dónde están tus amigos desaparecidos a coro con mil perfiles digitales. Recibes consuelo desde mil 300 kilómetros al oeste: «Vete a dormir. Nada más puedes hacer. Ese país no hay quien lo arregle». Despertar, tratar de seguir los hechos, las versiones, el llanto de una amiga a través de mensajes de WhatsApp, las mentiras piadosas, las mentiras descaradas, la buena y la mala TV. 

Porque es imprescindible preservar la memoria. Porque la comunidad solo puede existir cuando hay personas y narraciones, cuando es real e imaginada. 

Reto: para parecerse a la realidad, una narración necesita contener muchas memorias, y hay poco tiempo —en lengua marxista, muy poco dinero— para narrar memorias antes que se desvanezcan en el aire. Enumero ejemplos: ser y contar(nos) —el Censo Nacional. Existir y narrar(te)— la literatura. Actuar y defender(me) —la ley. ¿Vivir para dar testimonio permanente de nuestra propia vida? Camarada, ¡llevarás la Buena Nueva Queer con tu ejemplo! (eso me suena).

Felices los normales, que se creen que el mundo tiene un orden, que el mundo funciona. Yo aprendí dialéctica de la lucha de clases a mandarriazos: el gobierno solo intenta preservarse, las jerarquías son menos malas entre pares; son buenas cuando están prohibidas. 

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